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Los Años de Alienación de Una Región Bendecida

Escrito por Fethullah Gülen on . Publicado en El Lenguaje y el Poder de la Expresión

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Estamos atravesando un periodo extraño. La luz y la oscuridad están entremezcladas, la noche y el día van una junto a la otra. En un lado están los que van en masa hacia la muerte, y en el otro los que reviven como si les despertase la Trompeta del Arcángel Israfil. En un lado flota en el aire la brisa de la primavera, en el otro resoplan con cólera las tormentas de la destrucción total… Podemos ver grandes espinas entre las rosas y las flores y oír el graznar de los cuervos que predominan sobre las melodías de los ruiseñores. O puede que sólo veamos rosas que florecen y ruiseñores que cantan posados sobre ellas. Delirios de descreimiento acompañan a hálitos de fe, los aullidos de los que niegan se mezclan con las afirmaciones de la fe. A veces nos molestan los gruñidos con forma de palabras y a veces nos relajan sonidos dorados que llegan a nuestros corazones como si fueran canciones de cuna. Los que diseminan las semillas de arbustos espinosos son innumerables. Y sin embargo, tampoco son menos los que agasajan con frutas del Paraíso a los demás. Tengo la impresión de que, en el pasado, nunca han estado tan cerca tantos opuestos.

Durante años hemos llegado a las mañanas y a las tardes como supervivientes de la Atlántida, con la nostalgia por esa tierra perdida y los ojos en las infortunadas puestas de sol de nuestros horizontes. Hay ocasiones en las que nos sentimos estremecidos y otras en las que nos anima la esperanza del regreso al hogar de los valores perdidos. Y, ahora también, hay bellezas que emergen y susurran cosas a nuestras esperanzas, a lo que luego sigue un vendaval como los periodos de frío a mediados de marzo. Hay momentos en los que se destruye lo que ha sido construido y lo que se mantiene en pie sufre tremendas convulsiones. En este patrón incesante, los que corren llenos de ánimo sustituyen a los que, por desgracia, caen.

Hay ocasiones en las que experimentamos alegría al atribuir los sucesos afortunados a las bendiciones extraordinarias y las gratificaciones especiales de Dios Todopoderoso. Otras veces sentimos amargura y nos retorcemos con frustración cuando nos enfrentamos a los problemas y vemos la conducta obscena de personas a las que suponíamos maduras. Lo mismo ocurre cuando pensamos en la tosquedad y el fanatismo de las personas obsesionadas con la negación y la incredulidad, en la deslealtad de los amigos, en las actitudes ambiguas de los que están cerca pero parecen distantes y en la constante falta de lógica de los que titubean. ¡Cómo es posible que una gente de pasado firme y espléndidas raíces espirituales se haya convertido en una sociedad tan llena de contradicciones y con pensamientos tan distorsionados! ¡Cómo es posible que no lo hayamos comprendido y luego vendido nuestra alma a Mefistófeles, y sacrificado nuestro corazón a la lujuria! ¡Cómo hemos permitido que, al ponerle la brida al espíritu, dejáramos que nuestra parte física se comporte de manera salvaje! ¡Cómo hemos sido capaces de desobedecer a Dios y tener impreso el sello de la rebelión en nuestras frentes!

Sufríamos por desgracia una ofuscación incompatible con nuestro carácter y que nos impedía ver lo que pasaba. Cada día transcurrido nos encorvábamos y degradábamos cada vez más, sufriendo frustraciones sucesivas que afectaban al tono y al patrón de nuestro espíritu colectivo. Así, nuestros horizontes se estrecharon, nuestros rostros se oscurecieron, nuestros pensamientos se distorsionaron y nuestras palabras se convirtieron en un puro desvarío. A pesar de todo, no éramos conscientes de este cambio tan estremecedor.

Luego vino una época en la que todas estas desgracias alteraron nuestra postura por completo. Aparecieron fisuras en el espíritu de compañerismo y unidad. Los individuos estaban dispersos en la sociedad como las cuentas de un collar roto. La gente fue manipulada hasta el extremo de polarizar la sociedad. El rencor y el odio se repartieron entre facciones y las personas empezaron a acosarse unas a otras. Con el paso del tiempo, la sociedad llegó a ser de una fealdad extrema y los rostros oscuros sustituyeron a los resplandecientes. Voces sombrías surgían por doquier. Grupos antagónicos empezaron a atacarse mutua-mente, mientras el sistema comenzaba a aplastarlos y destruirlos a todos. Lo único que se oía eran los gruñidos de los opresores y los lamentos de los oprimidos. Esto es lo que ocurrió, lo que sigue sucediendo y parece probable que siga sucediendo en el futuro. Es una imagen muy triste y muy amarga. Y, sin embargo, lo peor fue que se amordazó a esas grandes almas generosas dispuestas a sacrificarse a sí mismas y en las que confiábamos para encontrar la solución.

Lo cierto es que no tenemos derecho a quejarnos. Por otra parte, para los creyentes que se preocupan por la sociedad es imposible desentenderse de lo que está sucediendo. Por desgracia, y por culpa de una comprensión deformada que hunde sus raíces en un pasado muy lejano, hemos corrompido la vida religiosa igual que lo hemos hecho con nosotros. Y con nuestros caprichos hemos sacrificado el espíritu de la unidad. En vez de dejar a la razón las cuestiones de la lógica, para luego hacer que ésta se vuelva hacia las nociones sublimes gracias al auxilio de nuestro corazón y de nuestro espíritu, hemos dado la espalda a capacidades tales como la perspicacia (basira), la voluntad (irada), la consciencia, los sentimientos, la cognición y el intelecto espiritual (latifa ar-Rabbaniya)[1], oscureciendo así los mundos espiritual y corpóreo. Y ahora, cada día nos volvemos hacia una dirección diferente, aumentando nuestra confusión. Cada día quedamos de nuevo atrapados en distintas fantasías y corremos de un altar a otro. Cometemos errores sin cesar cuando tratamos de explicar algo o cuando permanecemos en silencio mordiéndonos la lengua, causando con ello nuevos problemas. Y esto lo hacemos una y otra vez. No somos capaces de organizarnos, de concentrarnos en un solo objetivo para, en caso de lograrlo, volvernos hacia Dios sin ningún tipo de reserva.

No somos conscientes de que hemos caído, y lo cierto es que nunca lo hemos sido. Nuestra decisión de levantarnos no dura mucho tiempo. Nuestros pensamientos están tergiversados, nuestra voluntad resquebrajada, nuestras decisiones carecen de consistencia y no podemos desprendernos de la ofuscación que mata nuestras almas. En ocasiones recorremos caminos que contradicen nuestras creencias e ideales, en otras nos vemos desbordados por corrientes contrarias a nuestra propia forma de pensar y vamos a la deriva hacia terrenos desconocidos. Y hay veces en las que nos apuñalan por la espalda los mismos a los que estábamos siguiendo.

Estas extrañas aventuras han sido nuestro destino durante años. Hemos recorrido valles áridos buscando agua. Hemos hecho descender cubos a pozos secos. A veces hemos buscado azúcar en cañas salvajes y a veces hemos desperdiciado nuestras vidas cultivando espinos. Y a pesar de que con nuestro rico legado cultural podríamos satisfacer mundos enteros, no hemos podido evitar inclinarnos y humillarnos ante los demás. En vez de pasearnos por las suaves colinas de nuestra historia, que siempre se han parecido a jardines llenos de rosas, nos hemos visto atrapados y arañados por espinas ajenas. Y a pesar del canto de los ruiseñores en nuestros jardines, hemos estado escuchando los aburridos graznidos de los cuervos.

En años recientes, nuestro carácter y nuestra conciencia colectiva parecen haberse deformado de tal manera, que incluso nos avergonzamos de ser lo que somos. Hemos dado la espalda a los valores que habíamos defendido durante miles de años, además de negar –aunque no todos lo hacemos– nuestras raíces espirituales y la dinámica de nuestra historia. En vez de proclamar por todas partes nuestro imperecedero y magnífico legado histórico, y dar a conocer su profundidad al mundo, nos limitamos a escuchar los molestos gruñidos de una serie de poderes y a sufrir una especie de enfermedad interna.

Desde el día en que perdimos nuestro magnífico lugar en el equilibrio internacional de las naciones, el mundo ha sido dirigido por los más disipados. El destino de la humanidad ha sido confiado a los que no tienen escrúpulos. Por todas partes hay salteadores que buscan nuevos objetivos que rapiñar. Las bendiciones de este planeta están en manos de los desagradecidos. La idea del bien y las reflexiones sobre la ecuanimidad y la justicia se reducen a gritos de socorro pronunciados por los agraviados. Los sentimientos de misericordia y compasión han desaparecido de los corazones. Los sentimientos relacionados con la fe, la lealtad y la confianza han sido embotados. Y parece que el honor, la dignidad y el respetarse a sí mismo, han sido olvidados.

Durante varios siglos hemos dejado de lado nuestros valores más fundamentales y hemos apartado la mirada de nuestro centenario legado cultural. Por si fuera poco, hemos corrompido las mentes de los jóvenes con puntos de vista ajenos, que no nos corresponden en absoluto, pero que recogimos por diversos lugares del mundo intentando utilizarlos como sustitutos de nuestros valores culturales y religiosos. Y ahora estos jóvenes, la mayoría de los cuales carece de objetivos, rechazan sus propios valores e insultan el espíritu y el pensamiento nacional, tratando de destruir todas y cada una de las partes de su antiguo legado, al tiempo que se dirigen hacia una profusión de «naderías» que los dividen en facciones. A pesar de todo, no es pequeño el número de los que entienden e interpretan correctamente lo que está pasando. No obstante, la mayor parte de ellos se muerden la lengua, como si estuviesen amordazados, y permanecen en una especie de contemplación silenciosa. Y aunque en algunas ocasiones se atreven a hablar y dar un paso adelante, cuando se enfrentan a una mínima presión o a una amenaza nimia, se retraen aún más y se quedan esperando a que un milagro se produzca. Al actuar de esta manera, confunden la confianza en Dios con el esperar de forma pasiva a que Él haga que las cosas sucedan. O bien se enzarzan en sus propias contradicciones, o bien contaminan sus relaciones con Dios al no asumir la postura correcta, o bien fracasan a la hora de cumplir con sus obligaciones. Con esto, lo que hacen es afianzar a los enemigos de nuestro pueblo. En vez de cumplir con el propósito para el que les ha sido dado el libre albedrío, y así desarrollarse, se convierten en víctimas de su propia debilidad y se hacen vulnerables a que otros los controlen.

Durante años, desatendiendo lo válido de su pasado, la sociedad ha sido abandonada, con el corazón y la mente divididos. Es incapaz de producir una interpretación razonable del universo y de lo que en éste ocurre, ni tampoco de hacer una valoración acertada de los procesos sociales. Lo único que hace es quedarse con la boca abierta, mientras es llevada de acá para allá según soplen los vientos. En honor a la verdad, esta falta de dirección continuará hasta el momento en que recobremos el sentido e interpretemos de nuevo y de forma correcta la existencia, los acontecimientos y a nosotros mismos, y logremos expresarnos una vez más con un nuevo análisis y una nueva síntesis. ¡Quisiera que hubiésemos podido cambiar este devenir trastocado del destino! Cómo deseo haber defendido una postura firme, como corresponde al lugar que nos ha otorgado la Providencia, y haber satisfecho la misión con la que se nos había bendecido. Es triste haber fracasado. Me atrevo incluso a decir que a veces nos estremecemos llevados por la impotencia y quedamos paralizados ante los acontecimientos. Hay ocasiones en las que enterramos en nuestros regazos el sufrimiento y la amargura que luego nos tragamos. Y hay ocasiones en las que estallamos en lágrimas. Sufrimos una aflicción desgarradora. En estas circunstancias no puede decirse que hayamos satisfecho nuestra responsabilidad con Dios Todopoderoso o con nuestra propia gente.

Hubiese deseado que hubiésemos sido leales por lo menos en este punto. Me hubiese gustado que nos hubiésemos abierto a Dios y haber llorado. Hemos fracasado a la hora de hacerlo y a la hora de preservar los pensamientos que nos pertenecen. Hemos fracasado a la hora de volvernos hacia Dios con todo nuestro ser y abrirle nuestros corazones. Durante años, las vidas que hemos vivido han carecido de sentimientos. Si tenemos en cuenta la posición de nuestra gente, deberíamos tener algunas historias del corazón que contar al resto del mundo. En el mundo del futuro, tendrá que haber colores que procedan de los telares de nuestro pensamiento. No debemos rendirnos a la desolación, provocada por la sensación de soledad e inadaptabilidad a este mundo. Tenemos que encontrar a otros con los que compartir nuestra aflicción y sufrimiento, y caminar con ellos cogidos de la mano, para llegar a ser lo que realmente somos.

No es demasiado tarde; nos espera un mundo lleno de oportunidades. El número de los devotos a Dios no es pequeño. Yo creo que lo único que hay que hacer es asir las riendas con firmeza para salir con amor y entusiasmo, confiar en Dios, llamar a Su puerta, derramar lágrimas y decir «Estamos aquí». Y ahora, para compensar en parte el tiempo malgastado riéndonos en una situación tan miserable, expresémonos con las emociones de nuestro corazón y de nuestras lágrimas.

[1] Estos conceptos sufíes se explican con todo detalle en la serie del autor «Key Concepts in the Practice of Sufism» («Conceptos Clave en la Práctica del Sufismo»).
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