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Mawlana Yalal al-Din Rumi

Escrito por Fethullah Gülen on . Publicado en El Lenguaje y el Poder de la Expresión

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A lo largo de la historia se han dado algunas personalidades importantes que siempre conservan su frescura y permanecen vivas durante siglos con la ayuda de su voz y aliento, con su amor, entusiasmo y su promesa hacia la humanidad. El tiempo evidentemente fracasa en su intento de hacer obsoletos a estos individuos. Sus pensamientos, sus análisis, sus explicaciones y sus mensajes espirituales que nunca se perderán, representan soluciones y prescripciones alternativas para los problemas sociales de hoy en día, en una amplia variedad y diversidad.

Rumi es una de estas personalidades. Pese a los siglos que separan su vida de la nuestra, él sigue oyendo y escuchándonos, compartiendo nuestros sentimientos y presentando soluciones a nuestros problemas con una voz sin par. Aunque su existencia se desarrollara hace siglos, permanece vivo entre nosotros sin duda alguna; es un hombre de luz que recibe su luz del espíritu del Maestro de la Humanidad (el profeta Muhammad, que la paz y las bendiciones sean con él), distribuyéndola de diferentes maneras por todas partes. Él fue escogido para llegar a ser uno de los hombres más santos de este mundo y ser así puro de corazón; una bendita persona cuyas palabras son excepcionales entre los héroes de amor y pasión. Él cumplía y sigue cumpliendo la misma labor que desempeña Israfil (Rafael), insuflar vida a los espíritus muertos. Sigue proporcionando el agua de la vida a los corazones estériles de muchos individuos, una irrigación espiritual. Sigue suministrando luz a los viajeros en su camino. Él era y sigue siendo el perfecto heredero del Profeta.

Yalal al-Din Rumi, un hombre de Dios, se apresuró hacia Su Divina Presencia en su propio viaje espiritual; pero además de eso evocó viajes similares en otros creyentes innumerables veces, travesías espirituales marcadas por unos esfuerzos apasionados en pos de Dios. Él era un hombre equilibrado, en permanente estado de éxtasis con Dios, que transmitió vida mediante su amor y entusiasmo; lo hizo hasta tal punto que inspiraba sentimientos trascendentales en los demás y sigue haciéndolo. Además de su pasión hacia Dios, junto con su conocimiento y amor por parte de Él, Rumi es conocido como un héroe debido a su respeto y temor a Dios. Él era y continúa siendo una persona cuya poderosa voz invita a cada uno a la verdad y a la última realidad bendita. Rumi era un maestro global cuya alegría era consecuencia de Su felicidad, cuyo amor y pasión eran el resultado de Sus favores especiales hacia sí mismo. Su vida proporciona verdaderas pruebas de la Verdad. A la misma vez que dialogó con sus coetáneos de manera efectiva, Rumi fue también influyente y lo sigue siendo con el paso de los siglos, gracias a su manera de reflejar la voz y el aliento espiritual del profeta Muhammad, que la paz y las bendiciones sean con él; conversaba con una voz tan encantadora que era capaz de dirigirse no sólo a sus benditos coetáneos sino también a la gente de nuestra época, siglos después de su existencia física. Dios le encargó esa importante misión y por lo tanto lo dotó de impecables do tes internas y externas de modo que tuviera éxito. Su corazón se hallaba lleno de la luz Divina. Como tal, su esencia está marcada por su sabiduría, la cual brilla como una luz reflejada a través de una gema preciosa. Su fuero interno fue envuelto con Misterios Divinos; y su perspicacia fue iluminada por dicha luz especial.

En esta perspectiva, Yalal al-Din Rumi representa la Estrella Polar, el núcleo del círculo de la guía y la orientación de su tiempo. Él encarna las características de la luz de santidad, tomando dicha luz a partir del fulgor de la verdad del Profeta. A la mayoría de las benditas criaturas de Dios le atrae instintivamente la luz del mismo modo que la irradiación de Rumi ha atraído a miles de mariposas espirituales. Él re presenta una guía para la búsqueda de la perfección de la humanidad. Rumi era un prudente exegeta de las verdades presentadas en el Corán. Como intérprete de gran fluidez del amor y el entusiasmo del profeta Muhammad, Rumi era capaz de emplear un lenguaje mágico que hacía que Dios fuese amado por todo el mundo. Aquellos que ingresan en su esfera alcanzan la paz infinita y los que estudian el Corán desde su punto de vista cambian como si hubiesen contemplado en primera persona la época del Profeta. Cuando los versículos del Corán eran interpretados por aquellos más cercanos a Rumi, todos los corazones disfrutaban de la iluminación proporcionada por su sabiduría; era como si todos los misterios del Cielo fueran revelados por su recitación entusiasta de una sola palabra, Dios.

El amor de Rumi por Dios era apasionado y ardiente, dotado de un constante sollozo y un vivo deseo por alcanzar los misterios de Dios. Él experimentó tal amor y tal pasión tanto en su ascetismo solitario como en sus actividades comunitarias. Fue en su soledad cuando pasó a ser más abierto ante la verdadera unión con Dios, y fue en di cha separación de todo lo que le rodeaba —excepto de Dios— en la que su corazón se inundó de ardor y pasión. Mientras que dicho ardor le quemaba por dentro, él nunca mostró señal alguna de descontento. Este fuego se consideraba como una exigencia para la pasión, y abstenerse de las quejas se veía como una continuación de la tradición relativa a la lealtad. Según Rumi, aquellos que expresan su amor por Dios deben acompañar necesariamente su declaración de amor con un sentimiento de ardor furioso, este es el precio que esa persona debe pagar voluntariamente para hallarse próxima a Dios o en unión con Él. Además, hay que centrar la atención en el comportamiento que es en gran medida ascético, como comer, beber y dormir moderadamente así como un conocimiento constante y una orientación hacia Dios en nuestro discurso, y debemos experimentar inevitablemente la perplejidad cuando se nos dota con las generosidades de Dios.

Rumi no puede entender cómo un amante puede dormir de un modo desmedido, ya que esto sustrae aquellos momentos que pueden ser compartidos con el Amado. Según él, dormir en exceso ofende al Amado. Como Dios instruyó a David diciendo: «¡Oh David! Aquellos que se abandonan al sueño sin contemplarme y después reclaman su amor son mentirosos» del mismo modo Rumi dice: «Cuando cae la oscuridad, los amantes se hacen apasionados». Rumi recomendaba esto no sólo con las palabras, sino también con sus acciones.

La siguiente cita recogida de su Diván-i Kabir representa de la mejor manera pequeñas gotas de mar en el océano de sus sentimientos y entusiasmo, tal y como la erupción de un volcán:

Soy como Maynun en mi pobre corazón, que se encuentra sin extremidades, ya que no tengo fuerzas para resistirme al amor de Dios. Cada día y noche hago grandes esfuerzos para romper las cadenas de amor que me tienen capturado. Cuando aparece la imaginación del Amado me encuentro en la sangre. Como no estoy totalmente consciente, temo pintarlo con la sangre de mi corazón. En realidad, Tú, Oh Amado, debes preguntar a las hadas; Ellas saben cómo inflamé mi interior durante noches. Todo el mundo ha ido a dormir. Pero yo, quien Te dio el corazón, no conozco el sueño como ellos. A lo largo de la noche, mis ojos miran al cielo contando las estrellas. Tu amor tan profundamente tomó mi sueño el cual no creo que vuelva otra vez.

Si el espíritu de la antología de los poemas de Rumi, que son la esencia del amor, la pasión, la Presencia Divina y el entusiasmo, se ex trajera, lo que resultaría serían las exclamaciones de amor, de añoranzas así como melodías de esperanza. A lo largo de su vida Rumi expresó amor, y así mismo creyó que fue querido debido a eso. En consecuencia, mencionaba su amor y relación con Él. Cuando lo hacía, no estaba solo —llevó consigo a muchos individuos benditos que formaban su audiencia—. Él lo asumió como requisito de lealtad ofreciendo taza por taza las bebidas presentadas a él sobre la Mesa Divina a otros que se encontraban en su círculo de luz.

De ese modo, la siguiente cita representa la ambigua salmodia que se refleja en sus viajes divinos:

El Buraq[1] de amor se ha llevado mi mente
así como mi corazón, no me preguntes adónde.
He alcanzado un reino tal en el que no hay Luna, ni día.
He alcanzado un mundo donde el mundo ya no es mundo.

Este viaje espiritual de Rumi era una ascensión a la sombra de la Ascensión del Profeta, que es descrita por Süleyman Çelebi (el autor del Mevlid turco —recitado en conmemoración del nacimiento del Profeta—) con estas palabras: «No había espacio, ni Tierra ni Cielos». Lo que oyó y vio su alma era una reflexión especial de Su cortesía, que no puede ser contemplada por los ojos, ni ser oída por los oídos ni ser entendida por la mente de cualquiera. Tales reflexiones no son asequibles por cualquier persona. Rumi espiritualmente ascendió, contempló, probó y supo todo aquello que era posible para un ser mortal. Aquellos que no ven no pueden saber; aquellos que no saben no pueden sentir; aquellos que son capaces de sentir de esta manera generalmente no divulgan los secretos que consiguieron; y los que revelan es tos secretos a menudo los encuentran más allá del umbral de comprensión de la mayor parte de las personas. Como el famoso poeta turco Sheij Galib señaló, «El candil del Amado posee una maravillosa luz, una luz tal que no cabe en la lámpara de cristal del Cielo».

El amor, el cariño y la sinceridad en su relación con la gente son una proyección de un Amor Divino profundamente arraigado. Rumi, cuya naturaleza fue embriagada por la copa del amor, abrazó toda la creación con una proyección de este amor. Él se hallaba involucrado en un diálogo con cada criatura, y todo esto no era nada más que el resultado de su profundo amor por Dios y su relación con el Amado.

Soy consciente de que estas explicaciones desordenadas y algo confusas están lejos de describir adecuadamente a Rumi. Este desorden es un resultado inevitable de mi búsqueda en pos de establecer una relación con él. Una gotita de mar no puede describir el océano, ni tampoco un átomo puede describir el Sol. Sin embargo, para que su luz se proyecte sobre esta Tierra, me gustaría decir algunas palabras sobre Yalal al-Din Rumi.

Rumi nació en la ciudad de Balj en 1207, en una época en la que toda Asia sufría problemas sociales, políticos y militares. Su padre, Muhammad Bahauddin as-Siddiqi, pertenecía a la décima generación de los descendientes del Califa Abu Bakr, el primer califa del Islam. Según Tahir al-Mevlevi, los orígenes de la madre de Rumi también se remontaban a los descendientes del Profeta. Él era la fruta bendita de un santo árbol genealógico. Conocido como el Sultán al-Ulama (el Líder de los Eruditos), su padre era un hombre de Verdad y un heredero del Profeta. Como muchos hombres de Dios, fue perseguido y finalmente obligado a emigrar. Por lo tanto, dejó la tierra de Jawarzm, donde nació, y emprendió un largo viaje que se desarrolló en varios destinos y etapas. Primero, su familia y él visitaron Hiyaz —las ciudades de La Meca y Medina—. De ahí marchó a Damasco y permaneció en dicha ciudad por un tiempo, donde conoció a mucha gente piadosa, como Ibn Arabi, e intercambió iluminación e información espiritual con ellos. Acompañando a su padre, el joven Muhammad, a sus seis o siete años, fue testigo de estos y otros acontecimientos; sus sentidos inquisitivos le permitieron experimentar todo esto con una claridad notable. El joven Rumi era capaz de comprender su entorno incluso a esa tierna edad y penetrar en el mundo secreto de Ibn Arabi. En su estancia con Ibn Arabi, el niño recibió en contrapartida bondad y favores. A pesar de las circunstancias desafortunadas que rodean su éxodo y las numerosas dificultades que los acompañaron, el viaje de la familia los proveyó de una variedad de favores e inspiración. Como Abraham, Moisés y el Profeta del Islam, que las bendiciones de Dios sean con todos ellos, Rumi fue capaz de encontrar continuamente estas bendiciones y favores. Aceptando todo lo que el destino le dio, se convirtió en un receptor de las numerosas generosidades proporciona das por Dios.

El viaje llevó a esta familia bendita a la ciudad de Erzincan, y más tarde a Karaman. Fue en esta última ciudad en donde Rumi estudió durante un período breve en la Madraza Halawiyye. Además de dicha institución, estudió ciencias islámicas en varias madrazas de Damasco y Alepo. Después de graduarse, regresó a la ciudad de Konya, que consideraba su ciudad natal y un lugar de respeto especial. Fue allí donde se casó con Gevher Hatun, la hija de Shamsaddin Samarqandi. Después de algún tiempo el padre de Rumi, Sultán al-Ulama, murió, regresando a la vera de Dios. Bajo la supervisión de Burhanaddin Tirmizi, Rumi comenzó su largo viaje espiritual. Tras varios años, a sugerencia de Ruknaddin Zarqubi, conoció a Shams-i Tabrizi que estaba entonces de visita en Konya. Fue a raíz de su encuentro con Shams que comenzó su viaje espiritual y finalmente se convirtió en la persona que es ahora conocida en todo el mundo por su profunda espiritualidad. De hecho, todo lo que ha sido mencionado hasta ahora es un intento de ex poner la vida de una personalidad excepcional en esta creación cuya capacidad está abierta al mundo elevado. Esto también es un intento de presentar la vida de un representante importante del espíritu Muhammadiano (es decir la práctica de la Sunna) y mostrar varias instantáneas de un hombre elegido para dedicar su existencia a la vida en el Más Allá.

Mi intención no es remover las aguas que componen las vidas de tales notables y puras personalidades con debates y preguntas que a la larga sólo causarán inquietud y oscuridad. Sin embargo, se puede preguntar si fue Rumi quien mostró el horizonte de Shams o fue Shams quien llevó a Rumi hacia el mundo de lo invisible. ¿Quién llevó a quién a la realidad de las realidades —a la cima del amor y la alegría—? ¿Quién dirigió a quién al verdadero Venerado y Amado? La respuesta a estas preguntas está más allá de la capacidad de la mayoría de la gente sencilla. Se puede decir, al menos, lo siguiente: durante este período de tiempo, dos hábiles y perspicaces espíritus se reunieron, como dos océanos que se fusionan. Compartiendo las bondades y regalos divinos que reciben de su Señor, ambos alcanzaron tal apogeo que la mayor parte de las personas no serían capaces de alcanzarlo fácilmente de motu propio. A través de su cooperación espiritual, hacen cumbre en las cimas del conocimiento, el amor, la compasión y alegría hacia Dios. Además de iluminar a las personas de su época, también influyeron en las generaciones posteriores, un efecto que todavía está presente hoy en día. La fuente de agua dulce que representan sigue alimentando a los sedientos. Han sido continuamente recordados durante siglos por sus hermosas contribuciones a innumerables vidas. Aquí es importan te señalar que Rumi fue informado por numerosas fuentes en el flujo de ideas, incluyendo a su padre, el gran maestro de eruditos. Durante su viaje, daba la impresión de que había dejado atrás a muchos de sus coetáneos. Su amor y compasión fluían como las aguas de los océanos del mundo; hasta tal punto que mientras seguía viviendo físicamente entre la gente, logró hacerse más cercano a Dios; nunca se contempló superior frente a los demás salvo a través de sus escrituras, tanto en vida como después de su muerte, con las que proveyó una estrella de orientación que era el nítido eco de la vida espiritual del profeta Muhammad. En consecuencia, él está entre las pocas personas que han ejercido una gran influencia tanto en el espacio como en el tiempo.

Rumi, el Maestro, no era un discípulo, un derviche, un representante o un maestro como es conocido entre el sufismo tradicional. Desarrolló un nuevo método que fue adornado con un movimiento re novador de la fe y un razonamiento personal independiente tomando el Corán, la Sunna y la piedad islámica como su punto de referencia. Con una voz y un aliento nuevos, unió con éxito en una nueva mesa divina a los de su generación con los miembros de las generaciones posteriores. En lo que respecta a su relación con Dios, era un hombre de amor y pasión. En cuanto a aquellos que se dirigen a él en pos del amor de Dios, él representa a un compasivo portador de la copa divina del amor de Dios. Sí, como las lluvias de piedad caen de las nubes del cielo, si las colecciones de sus poemas debieran ser destiladas, el amor de Dios y de Su Mensajero saldría a borbotones. Su «Mesnevi», eufórico con su espíritu, una obra que es en parte didáctica y que su discípulo Husamaddin Çelebi le dio forma de libro, representa su presente más grande y monumental. Mientras esto se deriva de su participación con inundaciones de un amor y pasión del más alto nivel, fue presentado en ondas más pequeñas de modo que su esencia pudiera ser entendida por la mayor parte de la humanidad que no comparten la misma capacidad. Otra obra suya, «Diván-i Kabir», presenta a un nivel más elevado el amor y la pasión, y representa mejor sus propias capacidades.

En el «Mesnevi», los sentimientos y los pensamientos son ubicados de una manera que no aturden nuestra inteligencia y en este estilo no supera nuestro entendimiento. En cuanto al «Diván-i Kabir», todo se asemeja a un volcán en erupción. La mayor parte de la gente no puede entenderlo con facilidad. Una investigación en detalle mostrará que este gran libro del pensamiento de Rumi explicará tales conceptos como baqa billah-maallah (para vivir por Dios y con Dios) y fana fillah (aniquilación en Dios) dentro del contexto de un entendimiento mayor del mundo de lo invisible. Aquellos que son capaces de prender este entusiasmo en el Diván de Rumi se hallarán en el aturdimiento extremo anterior a una inundación de amor y éxtasis que es comparable con un volcán en erupción. En estos poemas del maestro, que no son de fácil acceso para la mayoría de las personas, los límites de la razón son superados, los significados de los poemas son elevados por encima de las normas de la humanidad, y la naturaleza eterna del mundo de lo invisible ensombrece los colores efímeros y formas que una persona encuentra en su ser físico.

Rumi, el Maestro, por una parte tenía una relación particularmente íntima con el mundo de lo invisible, pero por otra, especialmente en lo que atañía a su relación con la gente, nunca fomentó ni mostró sentimiento alguno de que era enormemente diferente de ellos; esto se debía a su sinceridad y humildad extremas. Vivió entre la gente como si de uno de ellos se tratara. Les escuchaba, comía, y bebía con ellos; no revelaba nunca los secretos entre él y Dios a aquellos que no podían apreciar realmente su valor. Siendo un guía, un mentor, vivió por aquello en lo que creía y siempre trataba de encontrar un modo de penetrar en los corazones de aquellos alrededor suyo. Llamaría sus reuniones «Conversaciones sobre el Amado», haciendo así un esfuerzo para llamar constantemente la atención acerca de Él. Diría, «Amor», «Vehemente Deseo», «Éxtasis», y «Atracción» para tratar de compartir con los demás los efusivos sentimientos y el entusiasmo que eran inherentes a su espíritu. Mostraba a cada uno de los que disfrutaron de su clima intelectual el horizonte de verdadera humanidad. Él nunca permitió que sus ojos fijaran la vista en las posesiones terrenales, sino que, lo que es más, prefirió distribuir cualquier posesión o dinero atesorado que estaba más allá de sus propias necesidades entre aquellos que más lo necesitaban. Cuando el alimento era escaso en su casa, diría, «Gracias a Dios, ya que hoy nuestra casa se parece a la casa del Profeta». En consecuencia, fue mediante la gratitud y paciencia por las que él realizó sus vuelos espirituales en el mundo del Más Allá. Rumi no aceptó caridad o limosnas, de esta manera fue capaz de evitar un sentimiento de estar en deuda —sufrió de hambre, vivió de manera modesta, y aún así no dejaría nunca que los demás fueran conscientes de tales situaciones—. No quiso mancillar la prestación de su servicio en pos del camino hacia Dios aceptando obsequios o presentes.

Además de su vida ascética, su temor a Dios, su castidad, su protección divina frente a la pecaminosidad, su autosuficiencia, y su pura vida que fue dirigida hacia el mundo de lo invisible, el conocimiento de Rumi acerca de Dios, su amor a Dios, y su sumo deseo para y por Dios lo mantuvo, a lo largo de toda su vida, elevándose como una de las estrellas que iluminan el cielo de la santidad.

Su amor por Dios llegó a tal extremo que sobrepasó los límites normales —fue un amor trascendental—. Creyó con toda su alma que Él también le amó. Esta seguridad no resultó, para él, en mermas ni en una carencia de miedo a Dios, ni en una pérdida de respeto a Dios. Este era el horizonte de fe y responsabilidad, y Rumi dará a entender este equilibrio, entre miedo y esperanza, como una señal de las generosidades ofrecidas por Dios. Podemos llamar de manera apropiada este sentido del equilibrio «Aquel que manifiesta las Dádivas del Eterno Sultán».

En su mundo interior, varias cascadas de amor fluyen en una variedad de volúmenes y distancias. Su sincero acercamiento hacia el Divino así como su fidelidad fueron recompensados con el éxtasis y los alicientes divinos. Él fue privilegiado con la más estrecha relación con Dios y con frecuencia bebía a sorbos de la copa del Amor Divino, uno tras otro, embriagándose, obnubilándose en sus delicias. Tan sólo ansiaba ver, saber, sentir y hablar acerca de Él y relacionaba todo su trabajo y todas sus palabras exclusivamente con su persona. Era tan ferviente en su deseo que en cuanto sus ojos se fijaban en algún forastero durante un breve instante, se sentaba y derramaba profusamente lágrimas de arrepentimiento. Deseó con todas sus fuerzas vivir en el espacioso ambiente de la unión con Él. Convulsivamente luchó para ser tan querido como un amante y franqueó su vida en una embriaguez que emanó de ambos.

Había muchos amantes que sintieron estas alegrías, dichas, júbilos espirituales de un modo similar y que precedieron a Rumi en vida y le sucedieron a su muerte. Aún así, la superioridad de Rumi es revelada por la manera en la que él se expresó tan valientemente sobre sus sentimientos y pensamientos en su obra «Diván-i Kabir». De hecho, desde los tiempos del Profeta y durante los períodos que le siguieron, hubo numerosos héroes grandiosos que han sido superiores a Rumi por consenso común. Sin embargo, la superioridad de Rumi radica en un mérito especial, mientras que la de éstos radica en méritos más generales. Por lo tanto, en cuanto a este aspecto, podemos percibir a Rumi como el adalid de este campo, el más brillante de entre todos. Rumi es un excepcional guía dirigiendo a la gente al Más Bello entre los bellos en el camino del amor.

Es un rango elevado para un humano ser capaz de amar a Dios desde lo más hondo de su corazón y recordarlo siempre con amor profundo y pasión. Si hay un nivel más elevado que este, éste sería tener conciencia del hecho de que todo el amor, el vivo deseo, el éxtasis y la atracción en los seres humanos son el resultado de Su tratamiento amable y Su favor. Rumi respiraba los Hermosos Nombres y Atributos de Dios cada vez que inhalaba y exhalaba. Era consciente que sumo do de ser, su predisposición eran resultado directo de la gracia y el favor otorgados sobre él por Dios. Aquellos cuyas perspectivas no llegan a buen término al intentar conseguir este único nivel pueden no ser capaces de entenderlo. Según el siguiente poema anónimo, no cabe duda de que tal como las palabras representan los caparazones de los significados que se encuentran en su interior, las capacidades y las habilidades de la gente son simplemente factores y condiciones que son, a su vez, invitaciones para la recepción de regalos divinos y:

Los trabajos de Su gracia están basados en la capacidad de las criaturas. De la lluvia de abril una serpiente produce el veneno mientras que una ostra crea una perla.

Algunas personas no consideran apropiado usar la frase «amor de Dios» en la tradición islámica. Como muchos de los amantes de Dios, Rumi, en un modo que es apropiado a la santidad y la exaltación de Dios, valerosamente defendió que el concepto de amor por Dios debería estar por encima de todos los conceptos humanos acerca del amor y las relaciones. Él dejó una herencia del ambiguo Amor Divino que estaba abierto a la interpretación para las generaciones que le siguieron. Algunos sufíes y eruditos de la ley islámica cuestionaron el uso de instrumentos musicales, como el ney (un tipo de flauta tradicional turca), y la música realizada en los salones, debido a esta ambigüedad. Estos grupos de personas criticaban con frecuencia las interpretaciones de los derviches giróvagos. Sin embargo, Rumi, el Maestro, no tenía duda alguna acerca de la veracidad de sus interpretaciones. Si él la hubiera tenido, habría roto los instrumentos y seguramente habría abandonado tales actividades. De hecho, pienso que las relaciones sentidas y sinceras de Rumi con el espíritu de religión y consigo mismo siendo un representante intachable así como la interpretación viva de la senda y el protocolo de Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, no puede permitir que otros digan algo en contra de él. Además, estos dos conceptos han sido más que suficientes para la mayoría de la gente a la hora de aceptar sus caminos.

Él era un hombre de sinceridad y lealtad absolutas. Vivió de acuerdo a lo que sentía en su corazón, si esto no contradecía las enseñanzas y las leyes de su religión. Mientras hacía de la religión el leitmotiv de su vida, mientras dirigía a los demás a este modo de vida, a la vez que tocaba el ney o danzaba como una mariposa, su corazón se quemaba con el amor y el vehemente deseo y siempre suspiraba de dolor y gemía como el monótono ney. Aquellos que no sintieron dolor no podían entenderlo. Aquellos que eran groseros e indiscretos no podían sentir lo que él sintió. Él decía, «quiero un corazón que esté seccionado, en cámaras, por el dolor de la separación de Dios, de modo que yo pudiera explicarle mis deseos y anhelos». Tras decirlo, buscó a amigos que habían experimentado deseos y lamentos similares.

[1] Es el nombre de la montura que transportó al profeta Muhammad durante su Ascensión.
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