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Gülen y Mill sobre la Libertad

Escrito por B. Jill Carroll on . Publicado en Diálogo de Civilizaciones

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El pensamiento humanístico sitúa a la libertad de pensamiento y expresión de las ideas como puntal fundamental de su plataforma, tanto filosóficamente como socio-políticamente. La prensa libre, las protestas públicas pacíficas y libres, la libertad de culto, el derecho de reunión y otras instituciones occidentales son el resultado de la idea de libertad articulada por los humanistas modernos, mientras que en otras partes del mundo, incluyendo el mundo musulmán, estas libertades surgen de otras fuentes. Filosóficamente, el ideal de libertad se remonta al mundo antiguo, cuando los filósofos se desafiaban los unos a los otros con todo tipo de ideas y se sentaban debatiéndolas en los foros con cualquiera que quisiera escuchar. Algunas de las grandes ideas del saber clásico provienen de dichos filósofos, los cuales, a pesar de haber sido ejecutados o exiliados por sus ideas finalmente, se permitían a sí mismos pensar y hablar con libertad, negándose a coartar sus mentes y voces cuando el estado se lo ordenaba.

En el mundo moderno occidental, varios filósofos y escritores expresan de forma convincente este ideal de libertad. Desde mi punto de vista, sin embargo, nadie expresa este ideal de modo más exhaustivo y radical que el teórico social y político británico del siglo XIX John Stuart Mill. En este capítulo, sitúo a Mill en un diálogo con Gülen sobre el ideal de libertad de pensamiento. Mill y Gülen son enormemente diferentes el uno del otro en modos significativos y obvios. A pesar de sus diferentes contextos y cosmovisiones, ambos articulan visiones específicas de la sociedad que al menos teóricamente serían tolerantes en materias de creencia religiosa y práctica y permitirían debates e investigaciones enérgicos sobre temas relacionados con la verdad en la mayoría de dominios o en todos ellos. Estas similitudes entre sus respectivas «sociedades» existen por su dedicación común al ideal de libertad, especialmente en asuntos de pensamiento y conciencia.

Mill es tal vez famoso por su obra de filosofía ética El Utilitarismo. Haré referencia a esta obra suya más adelante en este capítulo. En primer lugar, sin embargo, querría centrarme en otra de sus importantes obras, Sobre la Libertad, publicada en 1859. En esta obra, Mill establece su proyecto como expresión de la libertad social o civil, es decir, «la naturaleza y los límites del poder que puede ser legítimamente ejercido por la sociedad sobre los individuos»1. Explica que una generación anterior en occidente se ocupó de la tiranía de los magistrados y, por lo tanto, desarrolló formas de gobierno representativas que expulsaron los poderes despóticos de monarcas de derecho divino y semejantes. Él y su generación son los beneficiarios de dicha lucha y, en general, ya no han de luchar contra dicho tipo de tiranía.

Más bien, Mill afirma que la generación actual, es decir su generación en la Gran Bretaña del siglo XIX, debe luchar contra otro tipo de tiranía, la tiranía de la mayoría. Mill dice:

No basta la protección contra la tiranía del magistrado. Se necesita también protección contra la tiranía de la opinión y sentimiento prevalecientes; contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintos de las penas civiles, sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a aquellos que disientan de ellas; a ahogar el desenvolvimiento y, si posible fuera, a impedir la formación de individualidades originales y a obligar a todos los caracteres a moldearse sobre el suyo propio. Hay un límite a la intervención legítima de la opinión colectiva en la independencia individual; encontrarle y defenderle contra toda invasión es tan indispensable a una buena condición de los asuntos humanos, como la protección contra el despotismo político2.

En otras palabras, Mill detecta una tiranía sutil que existe en la sociedad incluso cuando el gobierno representativo toma lugar. Esta tiranía es una tiranía social o civil, una presión que la sociedad ejerce sobre sus miembros para que se amolden a las creencias y las prácticas «normales» en todos los asuntos de la vida, simplemente porque son las «normas» y son practicadas por la mayoría de la gente en la sociedad. Por lo tanto, según la lógica de la mayoría, cada uno ha de «acatar las normas» o será forzado a que lo haga. Mill rechaza esta tiranía y busca determinar el principio por el cual se puede establecer cuál es la interferencia legítima que el estado o los agentes sociales pueden tener respecto a la libertad individual, ya que la mayor parte de dichas determinaciones están basadas puramente en la preferencia personal o la costumbre. Mill establece su principio de libertad cívica al principio de su disertación:

El único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entrometa en la libertad de acción de uno cualquiera de sus miembros, es la propia protección. Que la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente… Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano3.

Este es un principio radical de libertad, el cual, probablemente, ninguna sociedad contemporánea aplica consecuentemente. Hace que el daño directo y perceptible a los demás sea, prácticamente, el único fundamento legítimo sobre el cual el estado o las autoridades civiles pueden interferir en las acciones de un individuo. Este principio es probablemente demasiado liberal para Gülen. Por ejemplo, el Islam, en general, prohíbe suicidarse. Por lo tanto, el principio de libertad de Mill limitado única y exclusivamente al daño infligido a los demás, no es en sí mismo suficiente. Gülen, siguiendo las enseñanzas islámicas, probablemente diría que la gente no tiene libertad para dañarse a sí misma suicidándose. Sin embargo, existe una semejanza entre Gülen y Mill respecto a esta idea de libertad, particularmente en el dominio del pensamiento y el debate, al cual Mill dedica un capítulo entero en su obra.

Mill, inequívocamente, apoya la libertad de pensamiento y debate incluso si las ideas expresadas y debatidas en sociedad acaban siendo falsas. Dice que una afirmación hecha a la comunidad para su consideración existe ya sea verdadera, falsa o algo intermedio, una verdad o una mentira parcial. Sobre esto, en caso de que las ideas sean expresadas y discutidas libremente, él no tiene en cuenta si éstas velan por los mejores intereses de las sociedades. Si la idea es verdadera, la gente obtendrá una nueva apreciación de su verdad debatiéndola, reconsiderando los argumentos de su verdad y defendiéndola contra sus detractores. De esta manera, las ideas verdaderas permanecen vivas y animadas entre la gente en vez de convertirse en marchitas y latentes simplemente por ser aceptadas como verdad a lo largo de generaciones. Si la idea es falsa, la sociedad obtiene el beneficio del debate público. La evidencia de su falsedad es revisada o aclarada para todo el mundo involucrado, y, como resultado, la gente puede ahora abrazar la verdad de modo más pleno que antes por su reciente convicción. Lo más probable, dice Mill, la idea expresada será una mezcla de verdad y falsedad. Verdaderamente nadie tiene toda la verdad sobre nada; las mentes humanas no pueden concebir la verdad en su integridad sobre nada y ciertamente tampoco sobre Dios o el Infinito, porque no conocemos las cosas en sí mismas, sino nuestras percepciones posicionales sobre las mismas. Además, las mentes finitas no pueden concebir lo infinito. Por lo tanto, todas las ideas deben de ser expresadas libremente en la sociedad para que las ideas parciales puedan ser reforzadas constituyéndose en verdades plenas a través del mecanismo del compromiso civil y el debate.

Los beneficios sociales del pensamiento y el debate libres son suficientemente claros; pero Mill profundiza sobre el impacto que el pensamiento libre tiene sobre los individuos que constituyen una sociedad. Las sociedades, especialmente con respecto a la religión, frecuentemente prohíben el pensamiento y el debate libres en un esfuerzo para detener la herejía; pero dichas prohibiciones no tienen tanto impacto en los herejes como lo tienen en los demás. Mill indica:

Los que primeramente sufren sus resultados son los no herejes, cuyo desarrollo intelectual se agota y cuya razón llega a sentirse dominada por el temor a la herejía. ¿Quién puede calcular todo lo que el mundo pierde en esa multitud de inteligencias vigorosas unidas a caracteres tímidos, que no osan llegar a una manera de pensar valiente, independiente, audaz, por miedo a caer en una conclusión antirreligiosa o inmoral a los ojos de otro?4.

El argumento de Mill aquí es que los desmesurados temores a la herejía erradican no solamente a los heréticos, sino a aquellos que tienen nuevas e intrépidas ideas sobre cualquier cosa, incluidas las tradiciones recibidas, incluso aquellas consideradas sagradas. Cuando la amenaza del castigo por herejía es muy enérgica en una sociedad, o cuando una sociedad amenaza con penas civiles a aquellos que expresan ideas diferentes a las claramente permitidas por las «autoridades» civiles, toda la sociedad sufre. La fuerza mental surge con la práctica y el desafío. Una sociedad que toma fuertes medidas contra el pensamiento y el debate se convierte en débil y atrofiada. Mill continúa:

Nadie puede ser un gran pensador si no considera como su primordial deber, en calidad de pensador se entiende, el seguir a su inteligencia adondequiera que ella pueda llevarle. Gana más la sociedad con los errores de un hombre que, después de estudio y preparación, piensa por sí mismo, que con las opiniones justas de los que las profesan solamente porque no se permiten el lujo de pensar5.

Una vez más, las verdaderas ideas se anquilosan y debilitan cuando no son regularmente desafiadas en el debate y la discusión. Los que adoptan las verdaderas ideas no las detentan con honestidad si no se permiten a sí mismos pensar con libertad, lo cual puede significar incluso cuestionarse verdades durante mucho tiempo mantenidas. Mill pretende, sin embargo, que el asunto no es meramente crear pensadores individuales. Afirma que:

No queremos decir con esto, que la libertad de pensamiento sea necesaria, única o principal, para formar grandes pensadores. Muy al contrario, es incluso más indispensable para hacer que el común de los hombres sea capaz de vislumbrar la estatura mental que pueden alcanzar. Han existido, y pueden volver a existir, grandes pensadores individuales en una atmósfera general de esclavitud mental. Pero nunca existió, ni jamás existirá en una atmósfera tal, un pueblo intelectualmente activo6.

Aquí vemos a Mill expresando una idea sobre la libertad por las razones más humanísticas, además de las utilitarias. Implícita es en este pasaje una convicción de que los seres humanos son seres que piensan, quienes buscan la verdad sobre una miríada de cosas, desde lo más mundano hasta lo más sublime, quienes crean conocimiento, y esa actividad es parte de lo que significa ser humano. La libertad de pensamiento, expresión y de investigación es vital no solamente para los genios, los cuales nunca podrían compartir su genialidad para beneficiar a la sociedad sin libertad de trabajo. La libertad es vital, posiblemente más para la gente normal y corriente que vive sus vidas, gente de inteligencia común, para poder ser intelectualmente activos y sociables. Por supuesto, esto proporciona un beneficio a la sociedad, y, por lo tanto, se trata de una pretensión utilitarista y funcional; además es una pretensión humanística por lo que proporciona a la gente común. La gente en general debe ser libre para pensar, investigar y para expresarse, porque hacerlo así es lo que significa ser humano, y sólo cuando se nos permite ser plenamente humanos podemos crear una sociedad orientada hacia el ser humano, tanto un fin como un medio.

Aquí también podemos introducir a Gülen en el debate, ya que él habla de la idea de libertad tanto desde el punto de vista humanístico como utilitarista. Gülen habla a menudo en su obra sobre la liberación de la tiranía. En muchos contextos, se refiere a las tiranías que varios grupos de musulmanes han tenido que soportar en años recientes bajo los poderes del secularismo y el colonialismo. En otros contextos, sin embargo, habla en términos más universales sobre la libertad que cada individuo tiene en virtud de ser humano. Sus opiniones se asemejan al principio expresado por Mill sobre la libertad, cuando afirma que «la libertad permite a la gente hacer lo que quiere, siempre y cuando no dañe a los demás y permanezcan totalmente dedicados a la verdad»7. La última frase «siempre y cuando permanezcan totalmente dedicados a la verdad», tal vez haga a Mill que se detenga en principio, pero éste argumentaría que incluso aquellos que están perdidos en la mentira o comprometidos con la misma también están totalmente dedicados a la verdad, simplemente que se han equivocado sobre la misma. Hablar o actuar de una manera sin estar «totalmente dedicados a la verdad» puede incluir, tanto para Mill como para Gülen, elementos tales como la calumnia, la difamación o gritar «¡Fuego!», en un teatro abarrotado cuando realmente no hay fuego alguno.

La defensa de la tolerancia por parte de Gülen es inconcebible sin una dedicación a la libertad de pensamiento y debate. Esto es así principalmente porque la tolerancia es innecesaria si la libertad de pensamiento, debate y libre elección no están permitidas. La tolerancia es una virtud principalmente porque la gente es libre y elegirá diferentes creencias, religiones e intereses. Gülen hace hincapié en esto varias veces, frecuentemente abordando tanto la democracia en solitario como la democracia y el Islam, entre los cuales no aprecia incompatibilidad alguna. En un pasaje sobre el perdón, Gülen relaciona la tolerancia y la democracia a través del concepto de libertad. «La democracia es un sistema», señala, «que da a cada uno “bajo su ala” la oportunidad de vivir y de expresar sus propios sentimientos y pensamientos. La tolerancia contiene una dimensión importante de ello. De hecho se puede decir que la democracia es imposible en un lugar donde la tolerancia no existe»8.

Dichas afirmaciones, sin embargo, no llevan consigo el marco radical de las afirmaciones de Mill sobre la necesidad de libertad y de protección de la gente ante la tiranía social. Sólo cuando Gülen expone sus nociones sobre los seres humanos ideales o «herederos de la Tierra», tal y como él les llama en una de sus obras, podemos ver no sólo una profunda dedicación a la libertad, sino también la razón de dicha dedicación: una razón verdaderamente humanística. En su obra The Statue of Our Souls («La Estatua de Nuestras Almas»), expone una amplia visión de una sociedad y de un mundo guiado por individuos de excelencia espiritual, moral e intelectual. Llama a esta gente «herederos de la Tierra»9 y profundiza en la descripción de sus caracteres y atributos*. En su enumeración de sus rasgos principales, el quinto rasgo lo identifica con «ser capaz de pensar libremente y ser respetuoso con la libertad de pensamiento»10. Continúa así:

Ser libre y disfrutar de libertad son una profundidad importante de la fuerza de voluntad humana y una puerta misteriosa a través de la cual el ser humano puede penetrar en los secretos del yo carnal. Aquel que no pueda penetrar en dicha profundidad y no pueda pasar por dicha puerta apenas merece ser llamado ser humano11.

Por lo tanto, la libertad de pensamiento es fundamental para el ser humano, para la humanidad misma. Sin libertad de pensamiento, no sólo como principio social y político sino también como habilidad personal, uno no se puede llamar realmente ser humano. En otras palabras, uno no puede alcanzar la capacidad humana sin libertad de pensamiento. Gülen continúa reflexionando:

En situaciones en las que se han impuesto restricciones a la lectura, al pensamiento, al sentimiento y a la vida, es imposible retener las facultades humanas, y aún menos alcanzar la renovación y el progreso. En dichas situaciones, es bastante difícil mantener el nivel de un hombre normal y corriente, y aún menos crear grandes personalidades que se alcen con espíritu de renovación y reforma y cuyos ojos están fijos en el infinito. Bajo dichas condiciones, sólo existen caracteres débiles que sufren desviaciones en sus personalidades y hombres de espíritu abúlico y sentidos paralizados12.

El desarrollo humano, y por extensión, el desarrollo y el crecimiento social —toda reforma y progreso—, depende de la libertad de pensamiento y de vida. Una sociedad sin dicha libertad no puede cultivar a la gente de espíritu y de visión que la lidera hacia nuevas dimensiones. Peor aún, quizás, dicha sociedad no puede cultivar a la gente común para que alcancen sus más plenas capacidades humanas. Aquí, las ideas de Gülen se asemejan a las de Mill al defender la libertad por su utilidad para la sociedad y por su valor humanístico. De hecho, la anterior se basa en la posterior; es decir, la libertad es beneficiosa para la sociedad por la «función» que proporciona creando y desarrollando a los seres humanos como individuos. Tal y como vimos en la sección anterior, los seres humanos son de la valía más elevada. De ahí se desprende que desarrollar la capacidad humana o la «humanidad» es también la valía más elevada.

Gülen se lamenta de la historia reciente de Turquía y de otras regiones islámicas donde las poblaciones han sufrido, y a veces continúan sufriendo, sistemas sociales en los que la libertad de pensamiento y de aprendizaje están prohibidas, ya sea por censura categórica o a través de las ideologías dominantes del estado. Respecto al mundo del aprendizaje islámico en particular, habla de un pasado vibrante de erudición y aprendizaje abierto a los distintos campos del conocimiento y de la investigación científica. En dicha civilización, las decisiones respecto a los límites apropiados de la libertad estaban basadas en la Sunna* del profeta Muhammad y en otras fuentes islámicas que, a su vez, otorgaban gran valor a la libertad humana. Dicho espíritu de erudición, sin embargo, dio paso a la estrechez de miras y la memorización de obras admitidas a fuerza de repetirlas. En este momento, todo el potencial humano empezó a decaer lentamente, presa fácil de tiranos oportunistas, ideólogos y colonialistas.

Gülen añora una renovación entre los musulmanes para que la civilización islámica pueda otra vez estar al timón del liderazgo global tal y como hizo en siglos pasados, cuando gran parte de lo que constituía «civilización» provenía del mundo islámico. Para que esto ocurra, señala:

Necesitamos aquellos vastos corazones que puedan abarcar un pensamiento libre e imparcial, abiertos al conocimiento, las ciencias, la investigación científica y que puedan percibir la armonía entre el Corán y la Sunnatullah** en el amplio espectro que se prolonga desde el Universo hasta la vida13.

Sin renovar una capacidad para la libertad de pensamiento, tanto individual como colectiva, la civilización islámica, y de hecho toda la civilización, está perdida. No hay posibilidad de que una humanidad auténtica y firme exista sin libertad de pensamiento. No hay posibilidad de que se dé grandeza en una civilización sin una auténtica humanidad.

Por lo tanto, Gülen y Mill se asemejan mutuamente en muchos aspectos sobre el papel vital que desempeña la libertad en la sociedad, tanto en términos de su propio funcionamiento como en términos de su dedicación humanística general. Una sociedad que oprime el pensamiento libre no es una sociedad próspera ni activa, ni es una sociedad que valora al ser humano por mucho que intente defender su opresión apelando al interés humano.

Ahora, sin embargo, querría tratar el concepto de la libertad tanto de Mill como de Gülen, desde un ángulo ligeramente diferente. Esto tiene que ver con la calidad de libertad que ambos tienen en cuenta en sus respectivas obras. Veremos que la calidad de libertad que cada uno afirma para los seres humanos es una tal que tan sólo los seres humanos poseen y que, por lo tanto, confirma la dignidad especial que éstos poseen, lo cual queda reflejado en el discurso humanístico.

Respecto al tema de la libertad, Mill es ampliamente conocido por su tratado Sobre la Libertad, que es en el que me he centrado en este capítulo. Otra obra suya principal es Utilitarismo, una obra de filosofía ética que rechaza la ética kantiana e intenta expresar una filosofía ética enraizada en la felicidad y el placer. El utilitarismo como filosofía, por supuesto, precede a Mill y ha adquirido distintos nombres a lo largo de la historia, incluyendo al epicureísmo. El nombre más común para esta filosofía durante la época de Mill era «el principio de mayor felicidad». Mill define el utilitarismo en su libro de la siguiente manera:

El credo que acepta como fundamento de la moral la utilidad, o el principio de mayor felicidad, mantiene que las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, incorrectas en cuanto tienden a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad, dolor y la falta de placer. (...) a saber, que el placer y la exención del sufrimiento son las únicas cosas deseables como fines, (que son tan numerosas en el proyecto utilitarista como en cualquier otro) son deseables ya sea bien por el placer inherente a ellas mismas, o bien como medios para la promoción del placer y la evitación del dolor14.

En el utilitarismo, tal y como en el antiguo epicureísmo, el placer y el dolor se convierten en las piedras de toque de aquello que es bueno, digno de ser deseado y, en última instancia, correcto o incorrecto. Mill define aquí el utilitarismo de un modo completamente consecuente con el de la filosofía griega clásica. Continúa explicando que, del mismo modo que los antiguos seguidores de Epicuro, él y otros pensadores utilitaristas son acusados por sus detractores de albergar una filosofía digna solo del cerdo, única y exclusivamente porque no tienen ninguna búsqueda mejor y más noble que el placer, y esto parece «mezquino y vil, y una doctrina digna del cerdo»15. Mill responde a esta acusación del mismo modo que los antiguos epicúreos respondieron, a saber, diciendo que no son los utilitaristas sino sus detractores los que otorgan un nivel «cerduno» a los seres humanos, porque asumen que los seres humanos sólo son capaces de placeres similares que los del cerdo. En otras palabras, la gente rechaza el epicureísmo (frecuentemente llamado hedonismo ético) o el principio de mayor felicidad porque, en sus mentes, palabras tales como «placer» y «felicidad» evocan imágenes de libertinaje, sensualidad y disipación. Si eso es lo que «placer» significa, entonces es normal que la gente la rechace como paradigma ético. Sin embargo, Mill, al igual que hicieron los epicúreos, rechaza este criticismo fundamentalmente por su visión de los seres humanos como seres con una capacidad más elevada que la de los animales y, por consiguiente, capaces y más «aptos» para alcanzar placeres superiores. Él lo explica de la siguiente manera:

La comparación de la vida epicúrea con la de las bestias se considera degradante precisamente porque los placeres de una bestia no satisfacen la concepción de la felicidad de un ser humano. Los seres humanos tienen facultades más elevadas que los apetitos animales y, una vez que se han hecho conscientes de ellas, no consideran como felicidad nada que no incluya su satisfacción… Pero no se conoce ninguna teoría epicúrea de la vida que no asigne a los placeres del intelecto, de los sentimientos y de la imaginación, un valor mucho más alto en cuanto placeres, que a los de la mera sensación16.

Por lo tanto, apreciamos aquí una gran distinción entre los placeres humanos y los animales, y una declaración sobre las facultades y capacidades humanas elevadas que encuentran inherentemente placer en las cosas más nobles. Estas cosas más nobles están dentro del reino de la mente, los sentimientos y la consciencia, en vez de lo corporal y la sensación. Mill no niega de ninguna manera a los humanos la capacidad para los placeres sensoriales y corporales. Simplemente se está defendiendo contra la acusación de exponer una ética que hace de los placeres sensuales su piedra angular. Los seres humanos, los únicos seres que tienen capacidad moral y que desarrollan filosofías morales, tienen capacidades de placer más elevadas que las de los animales y, por lo tanto, los placeres establecidos como piedra angular de dicha filosofía serán de una naturaleza más noble.

Mill continúa diciendo que la gente que tiene una amplia experiencia tanto con los placeres superiores como con los placeres inferiores, otorgan mayor preferencia a los primeros, y prefieren un modo de existencia que da prioridad a los placeres más superiores. Ninguna persona en su sano juicio, afirma Mill, estaría en lugar de un animal a cambio de los placeres animales. Los placeres animales, los cuales son instintivos y corporales, no pueden compararse a los placeres humanos superiores de la mente, los sentimientos y la conciencia, a pesar de que estos superiores placeres estén marcados por algún dolor. Mill señala:

Un ser de facultades más elevadas necesita más para ser feliz; probablemente es capaz de sufrir más agudamente; y, con toda seguridad, ofrece más puntos de acceso al sufrimiento que uno de un tipo inferior; pero, a pesar de estas desventajas, nunca puede desear verdaderamente hundirse en lo que él considera un grado inferior de la existencia17.

A los seres de elevada capacidad no se les hace verdaderamente felices en última instancia con placeres inferiores. La felicidad propia de los seres humanos no es alcanzada principalmente en el dominio de la sensualidad y la corporeidad, sino principalmente en el dominio intelectual, emocional y ético espiritual. Esta verdad, según Mill, no es socavada por el hecho observable de que la gente frecuentemente elija placeres inferiores a expensas de placeres superiores. Reconoce que la gente a menudo elige en contra de su bien en nombre de un placer temporal e inferior. Por ejemplo, algunos elijen el abuso de la comida y la bebida a costa de su salud, el cual es el bien mayor y proporciona un placer más duradero. Otros abandonarán elevadas búsquedas a cambio de egoísmo e indolencia de bajo nivel. Mill explica esto en referencia al carácter humano diciendo que, por la razón que sea, la gente, en determinados momentos, pierde contacto con su capacidad inherente para alcanzar placeres superiores. Lo explica así:

La capacidad para los sentimientos más nobles es en muchas naturalezas una planta muy tierna que muere con facilidad, no sólo por influencias hostiles sino por la mera falta de alimentos. En la mayoría de las personas jóvenes muere prontamente, si las ocupaciones a que les lleva su posición, o el medio social en que se encuentran no son favorables al ejercicio de sus facultades. Los hombres pierden sus aspiraciones elevadas como pierden su agudeza intelectual, porque no tienen tiempo ni oportunidad para favorecerlas. Se adhieren a los placeres inferiores, no porque los prefieran deliberadamente, sino porque son los únicos a los que tienen acceso, los únicos que pueden gozar duraderamente18.

Mill, como teórico de la sociedad, emerge en este pasaje. Pasó larga parte de su vida escribiendo sobre la reforma social y dedicándose al activismo político para llevar a cabo cambios positivos en la educación, las instituciones cívicas, los derechos de la mujer y la política penal; muchos de los cuales tendrían la aprobación total de Gülen hoy en día. Por otra parte, la gran actividad educativa, cultural y social del movimiento Gülen hubiese también recibido la aprobación total de Mill. El activismo de Mill en todas estas áreas es impulsado por su creencia —compartida por Gülen— en la inherente dignidad de los seres humanos, manifestada aquí en su capacidad para sentir placeres superiores en el dominio intelectual, emocional y ético espiritual. Mill creía firmemente que todos los componentes de la sociedad deberían reflejar este hecho y deberían ser ordenados de tal manera que preservasen y cultivasen dicha inherente dignidad en la gente desde una edad temprana. No intentar ordenar la sociedad así es cometer una grave injusticia humana y social o, desde el punto de vista de Gülen quizás, un pecado.

En estos pasajes, Mill define el placer de un modo específico a fin de distinguirlo del presunto placer de libertad desenfrenada en los reinos meramente sensuales y corporales. Mientras que un principio social de libertad como el elaborado en su obra Sobre la Libertad sin duda puede facilitar a la gente malgastar sus vidas entregándose a placeres inferiores a costa de su superioridad y grandiosidad, ni el principio ni su utilitarismo afirman que dicha «libertad» es la meta más elevada de la vida humana. Se podría argumentar que, de hecho, eso no es para nada «libertad», sino un modo específico de esclavitud o adicción. Gülen puede participar en la conversación aquí, porque a lo largo de su obra establece una distinción entre una vida en busca del bien, la verdad, lo bello y lo noble y una vida malgastada en lo temporal, lo caprichoso y lo meramente corporal. Debatiremos dicha distinción con más detalle en el próximo capítulo; pero por ahora, podemos decir que Gülen define la libertad de modo paralelo a Mill con respecto a la dignidad y capacidad humanas. Gülen afirma:

Los que tomen la libertad como libertinaje confunden la libertad humana con la de los animales. A los animales no se les hace preguntas sobre la moral y así, quedan libres de las restricciones morales. Hay gente que desea este tipo de libertad y, si pueden, la usan para satisfacer los deseos más oscuros de la carne. Tal libertad es peor que la animal. La verdadera libertad, sin embargo, la libertad de la responsabilidad moral, demuestra que uno es humano, pues motiva y da vida a la conciencia y elimina los impedimentos del espíritu19.

Tanto Mill como Gülen teorizan sobre la libertad humana de tal modo que la ubican dentro de una filosofía más amplia sobre el florecimiento humano. Ninguno de ellos contempla el libertinaje como la meta más elevada de la libertad. Al contrario, ambos definen la libertad como aquello que prepara el terreno para el pleno desarrollo de la expresión de las más altas y más elevadas capacidades humanas, cuyo cumplimiento proporciona a la gente los placeres más duraderos. Dichos placeres moran en el dominio intelectual, emocional y ético espiritual.

Tal y como anteriormente expuse, Gülen y Mill provienen de contextos sociales, políticos y religiosos muy diferentes. Sin duda alguna, si hubiesen sido capaces de conversar cara a cara entre sí habrían diferido sobre algunas de sus determinaciones de los límites de la libertad y la tolerancia en la sociedad. Ambos, sin embargo, están de acuerdo en un punto que, a mi parecer, es mucho más fundamental para la vida humana y su florecimiento, a saber, la libertad de pensamiento y expresión dentro de un contexto de amplia dedicación a la idea general de libertad. Aunque la gente ha de tener presente las posibles consecuencias de sus declaraciones, todavía han de ser capaces de pensar con libertad y expresar aquellos pensamientos en el mundo sin miedo a ser castigados. En mi opinión, ningún daño directo o apreciable se le puede hacer a nadie simplemente por expresar sus ideas verbalmente o por escrito. Al contrario, un gran bien y beneficio alcanzan a los individuos y a la sociedad entera cuando las estructuras mismas de la sociedad permiten la libertad de pensamiento, investigación y expresión. A través de esta libertad, los seres humanos tendrán la máxima oportunidad para desarrollar sus capacidades inherentes de consciencia, imaginación, sentimiento, espiritualidad e intelecto. Sólo cuando éstas son desarrolladas o se les da la oportunidad de desarrollarse por medio de apropiadas estructuras sociales y políticas, los seres humanos prosperan y alcanzan los posibles límites más elevados de su realización.

Mill y Gülen están dedicados por igual a este ideal de libertad dentro de sus contextos respectivos, principalmente porque ambos son humanistas en el sentido más amplio de la palabra y el ideal de libertad es principal en el pensamiento humanístico. Por otra parte, como defensores de la libertad humana, ambos defienden la grandeza humana, no únicamente como idea abstracta, sino como parte necesaria de la vida colectiva humana en el mundo actual. Gülen, como muchos otros, tiene una clara visión de la grandeza humana, de los rasgos que definen a los grandes seres humanos, aquellos que realizan en sí mismos el más elevado y mejor potencial humano. Es a esta visión de la grandeza humana, el ideal humano a ser realizado en el tiempo y en el espacio, a la que ahora nos tornamos.


1 Mill, On Liberty («Sobre la Libertad»), 41.
2 Ibíd., pág. 44.
3 Ibíd., pág. 48.
4 Ibíd., pág. 67.
5 Ibíd.
6 Ibíd.
7 Gülen, Perlas de la Sabiduría, 55.
8 Gülen, Toward a Global Civilization of Love and Tolerance, pág. 44.
9 Gülen, The Statue of Our Souls («La Estatua de Nuestras Almas»), págs. 5-10, 31-42.
10 Ibíd., pág. 38.
11 Ibíd., págs. 38-39.
12 Ibíd., pág. 39.
13 Ibíd., pág. 40.
14 Mill, El Utilitarismo, pág. 7.
15 Ibíd.
16 Ibíd., pág. 8.
17 Ibíd., pág. 9.
18 Ibíd., pág. 10.
19 Gülen, Perlas de la Sabiduría, pág. 55.

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