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Tawadu (Humildad)

Escrito por Fethullah Gülen on . Publicado en Las Colinas Esmeralda del Corazón

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Tawadu (Humildad)

Tawadu (modestia y humildad) es lo opuesto de la arrogancia, del orgullo y de la soberbia. También se puede interpretar como ser consciente de la posición real que uno tiene ante Dios, y permitir luego que esa conciencia sea la que guíe nuestra conducta ante Él y ante los demás. Si uno se ve a sí mismo como una parte individual y corriente de la creación, como el umbral de una puerta, como una estera extendida en el suelo o como un adoquín del empedrado, como el guijarro en un río o la paja en un campo…, o si, como hizo Muhammad Lutfi Efendi, admite con total sinceridad que: «Todo el mundo es bueno pero yo no lo soy; todo el mundo es grano pero yo soy la paja», si éste es el caso, los moradores de los cielos le besarán en la cabeza.

En una narración que se atribuye al más veraz y confirmado, la paz y las bendiciones sean con él, se afirma que dijo: «Al que es humilde, Dios lo enaltece; al que es soberbio, Dios le humilla».[1] Así pues, la grandeza de la persona es inversamente proporcional a su arrogancia, lo mismo que su verdadera insignificancia estará en relación inversa a su humildad.

La humildad ha sido definida de muchas maneras: Verse como careciendo de todas las virtudes que se originan en uno mismo, tratar a los demás con sencillez y respeto, verse a uno mismo como el peor de la humanidad (a no ser que haya sido honrado con un trato Divino especial), y estar alerta ante cualquier agitación del «yo» para suprimirla de inmediato. Cada una de estas definiciones expresa una dimensión de la humildad. No obstante, la última definición está relacionada con aquellos que han sido hecho sinceros por Dios, con los que están cerca de Él.

Un Compañero vio al Califa ‘Umar, que Dios esté complacido con él, llevando agua en un odre sobre sus hombros. Le preguntó: «¿Qué estás haciendo, Califa del Mensajero de Dios?». ‘Umar, uno de los más adelantados en la cercanía a Dios, le respondió: «Han venido unas delegaciones de otros países. Sentí algo de vanidad en mi corazón, y quise suprimirla».[2] ‘Umar solía cargar harina sobre sus espaldas. En una ocasión, cuando pronunciaba un sermón desde el púlpito reconoció su culpa en una determinada situación[3] y permaneció en silencio mientras la gente le increpaba criticando su proceder.[4]

Cuando era vicegobernador de Medina, Abu Hurayra acarreaba leña.[5] Cuando era el juez principal de Medina, Zayd ibn Zabit besaba la mano de Ibn ‘Abbas y éste, conocido como el Intérprete del Corán y el Erudito de la Umma, ayudaba a Zayd a subir al caballo.[6] Hasan, hijo de ‘Ali y nieto del Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, por parte de su querida hija Fátima, se sentó con unos niños que estaban comiendo migajas de pan y comió con ellos.[7] En cierta ocasión, Abu Zarr ofendió a Bilal al-Habashi y, para obtener su perdón, puso la cabeza en el suelo al tiempo que exclamaba: «Si los benditos pies de Bilal no pisan esta cabeza pecadora, no se levantará del suelo».[8] Todos estos sucesos y otros similares son ejemplos de humildad.

Dios Todopoderoso y Su Mensajero enfatizaron de tal manera la humildad, que quien sea consciente de ello no puede tener la menor duda de que la servidumbre consiste en humildad. El siguiente versículo coránico alaba la humildad: «Los (verdaderos) siervos del Misericordioso son ellos quienes se mueven en la Tierra con delicadeza y humildemente, y cuando los ignorantes e imprudentes se dirigen a ellos (con insolencia o vulgaridad, como corresponde a su ignorancia e insensatez), responden con (palabras de) paz (sin entablar hostilidad con ellos)» (25: 63); y las declaraciones Divinas: «los más humildes con los creyentes» (5: 54) y «…y compasivos entre sí. Vosotros los contempláis (constantes en la Oración) inclinándose y postrándose…» (48: 29) son expresiones de alabanza por la arraigada humildad que se refleja en sus conductas.

Hablando de la humildad, la gloria de la humanidad, la paz y las bendiciones sean con él, dijo: «Dios me ha ordenado que debéis ser humildes y que nadie debe jactarse ante los demás;[9] ¿Queréis que os informe de alguien a quien el Fuego no ha de tocar? El Fuego no tocará al que está cerca de Dios y es amable con la gente, es moderado y es fácil llevarse bien con él;[10] Dios enaltece al que es humilde, al que se ve a sí mismo como algo pequeño cuando en realidad es grande a los ojos de la gente»;[11] y también, «¡Oh Dios mío, haz que me vea como algo pequeño!».[12]

La gloria de la humanidad, la paz y las bendiciones sean con él, vivía como la persona más humilde. Se paraba en los lugares donde estaban reunidos los niños, los saludaba y jugaba con ellos.[13] Si alguien le tomaba de la mano y quería llevarlo a algún lugar, nunca se oponía.[14] Ayudaba a sus esposas en las tareas domésticas.[15] Cuando la gente estaba trabajando, se unía a ellos en la tarea.[16] Arreglaba sus ropas y zapatos, ordeñaba las ovejas y alimentaba a los animales.[17] Se sentaba a la mesa con su sirviente.[18] Siempre daba una cálida bienvenida a los pobres, se ocupaba de las viudas y los huérfanos[19], visitaba a los enfermos, asistía a los funerales y daba cumplida cuenta de las peticiones de los esclavos de su comunidad.[20]

Los amados siervos de Dios, desde el Mensajero de Dios, la paz y las bendiciones sean con él, hasta el califa ‘Umar y el califa Omeya ‘Umar ibn ‘Abd al-‘Aziz, y desde éste hasta los numerosos santos, purificados y eruditos perfeccionados, y aquellos que fueron distinguidos con la cercanía a Dios, todos ellos han demostrado que los signos de grandeza en los más grandes son la humildad y la modestia, mientras que, por el contrario, las muestras de mezquindad en los insignificantes son la arrogancia y la vanidad. Basándose en este conocimiento, estos grandes individuos trataron de enseñar a la gente cómo llegar a ser perfectos.

La verdadera humildad implica que la persona reconozca su lugar ante la Grandeza infinita de Dios, y luego convierta este potencial ya realizado en una parte esencial y bien arraigada, de su naturaleza. Aquellos que lo han conseguido son humildes y ecuánimes en sus relaciones con los demás. Los que se han dado cuenta de que son nada ante Dios Todopoderoso, gozan de equilibrio en sus vidas religiosas y en sus relaciones humanas. Acatan los mandatos de la religión porque no tienen objeciones ante las verdades reveladas de la religión ni critican su método a la hora de dirigirse o relacionarse con la razón humana. Están convencidos de que es verdad todo lo que está contenido en el Corán y en las Tradiciones auténticas del Profeta, la paz y las bendiciones sean con él.

Si existe alguna contradicción aparente entre estas dos fuentes y la razón humana o los hechos racionales o científicos probados, esta gente trata de descubrir la verdad de la cuestión. En consecuencia, es absurdo sostener, para los que carecen de humildad y modestia y se ven enfrentados a una contradicción aparente entre la razón o las premisas racionales y los principios revelados o transmitidos de la religión, que es preferible la razón o lo racional. Su afirmación posterior, en la que se postula que los juicios basados en el razonamiento o la analogía deben tener prioridad sobre otros principios revelados, también es errónea. Los prodigios y deleites espirituales que se sienten al seguir los caminos que no siguió el Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, son la forma en que Dios lleva a la perdición, dado que el éxito en estas empresas conduce a la transgresión.

Los que han conseguido la humildad están absolutamente convencidos de la verdad de todo aquello que dijo o hizo el Profeta, la paz y las bendiciones sean con él. No lo dudan jamás e intentan ponerlo en práctica en sus propias vidas. Si hay otra cosa, como unas palabras sabias o un gran logro, que les parece más hermoso o aceptable, se acusan a sí mismos de ser incapaces de percibir la incomparable supremacía de las verdades y expresiones reveladas al tiempo que dicen:

Hay mucha gente que encuentran errores en palabras que no los tienen.
Y sin embargo, el error reside en su entendimiento imperfecto.

Saben de sobra que no podrán prosperar en la Otra Vida si siguen caminos opuestos al Corán y la Sunna. Y descubren que su mayor fuente de poder reside en la servidumbre a Dios. La verdad es que quien adora a Dios no adora a ninguna otra cosa, y que quien sirve a otros no puede ser un verdadero siervo de Dios. Véanse lo apropiadas que son las siguientes palabras de Bediüzzaman Said Nursi:

¡Oh humano! Es un principio coránico el no considerar otra cosa que no sea Dios Todopoderoso como superior a ti hasta el punto de que llegues a adorarlo. Ni tampoco debes tú considerarte superior a cosa alguna y con ello proclamar supremacía y dominio sobre ella. Puesto que, del mismo modo que todas las criaturas están igualmente lejos de ser Objeto de Adoración, son iguales en cuanto criaturas.[21]

Aquellos que son realmente humildes no se atribuyen los frutos de su trabajo y de sus esfuerzos, ni creen que el éxito o los esfuerzos en el camino de Dios los hacen ser superiores a otros. No les importa la opinión de los demás ni exigen compensación alguna por sus servicios en el camino de Dios. El amor de los demás es una prueba para su sinceridad, y no se aprovechan de los favores que Dios les otorga para alardear de ellos ante otros.

En resumen, del mismo modo que la humildad es el pórtico a la buena conducta o a ser distinguido con las cualidades divinas (generosidad, misericordia, servicio, indulgencia, etc.), es también el medio primero y más destacado para estar cerca del Creador y de lo creado. Las rosas crecen en la tierra, y el género humano fue creado en la tierra, no en los cielos. Cuando más cerca de Dios está un creyente es cuando se postra ante Él. En la narración de la Ascensión del Profeta a los cielos, el Corán se refiere a él como siervo de Dios, prueba de su humildad y modestia absolutas.

¡Dios nuestro! Guíanos hacia aquello que Tú amas y Te complace, e inclúyenos entre Tus siervos humildes.

[1] At-Tabarani, Al-Mu‘yamu’l-Awsat, 5: 140; Al-Hayzami, Mayma‘uz-Zawa’id, 10: 325.
[2] Al-Qushayri, Ar-Risala, 148.
[3] Ibn Sa‘d, At-Tabaqatu’l-Kubra’, 3: 293.
[4] Al-Hayzami, Mayma‘uz-Zawa’id, 4: 284.
[5] Ibn Qayyim al-Yawziyya, Madariyu’s-Salikin, 2: 330.
[6] Ibn Hayar al-Asqalani, Al-Isaba fi Tamyizi’s-Sahaba, 4: 146.
[7] Al-Qushayri, Ibíd., 247.
[8] Ibn Qayyim al-Yawziyya, Ibíd., 2: 330.
[9] Muslim, «Yanna», 64; Abu Dawud, «Adab», 40.
[10] At-Tirmizi, «Sifatu’l-Qiyama», 45.
[11] Abu Nu‘aym, «Hilyatu’l-Awliya»,, 7: 129; At-Tabarani, Ibíd., 8: 172.
[12] Ad-Daylami, Al-Musnad, 1: 473; Al-Hayzami, Ibíd., 10: 181.
[13] Al-Bujari, «Isti’zan», 15; Muslim, «Salam», 15.
[14] Abu‘l-Fida Qadi ‘Iyad, Ash-Shifa’ush-Sharif, 1: 131.
[15] Al-Bujari, «Nafaqat», 8; At-Tirmizi, «Sifatu’l-Qiyama», 45.
[16] Ibn Hanbal, «Al-Musnad», 2: 383.
[17] At-Tirmizi, «Ash-Shama’il», 78; Ibn Hanbal, «Al-Musnad», 6: 256.
[18] Al-Bujari, «At’ima», 55; Muslim, «Ayman», 42.
[19] Al-Bujari, «Nafaqat», 1; Muslim, «Zuhd», 41, 42; Qadi ‘Iyad, Ibíd., 1: 131.
[20] Al-Bujari, «Tafsiru Sura 9», 12; Muslim, «Munafiqun», 3.
[21] Said Nursi, The Gleams («Los Destellos») (trad.), Tughra Books, Nueva Jersey, 2008, pág. 160.

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