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Gülen y Kant sobre el Valor Humano Inherente y la Dignidad Moral

Escrito por B. Jill Carroll on . Publicado en Diálogo de Civilizaciones

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La mismísima palabra «humanismo» ubica al ser humano —al individuo, al grupo de individuos, a la especie, a la forma de ser— en el centro de su interés. Por lo tanto, el humanismo afirma desde hace mucho tiempo que la vida humana en general y las vidas humanas en particular tienen algún tipo de valor humano inherente. Es más, el respeto a este valor humano inherente constituye, en muchos sistemas humanistas, el punto de partida o la base para la moralidad fundamental. Nadie articula esto de forma más convincente y coherente que el filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant. En su Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, publicado en 1785, Kant intenta articular «el principio supremo de moralidad»1.

Kant intenta articular este principio en términos completamente racionales, no empíricos, a fin de prevenir que las acciones morales dependan de las circunstancias, los sentimientos humanos, los caprichos o las condiciones. Carecemos de tiempo y espacio para considerar los méritos del método kantiano, para sacar conclusiones respecto a las éticas racionales frente a las empíricas o para resumir adecuadamente el grueso de sus argumentos. Por lo tanto, vamos a centrarnos en aquellos puntos concernientes a su discurso sobre los seres humanos como fines en sí mismos y, como tales, poseedores de un valor inherente que no ha de ser denigrado.

El argumento central de la Fundamentación se centra en tres conceptos esenciales: razón, voluntad y deber. Estos tres conceptos están unidos entre sí de modo específico y Kant se mueve lógicamente de uno a otro para establecer el contexto de su filosofía ética. Comienza con la voluntad. La voluntad, particularmente la buena voluntad es necesaria para cualquier noción de moralidad. Kant afirma esto en la primera sección de su obra:

Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad. El entendimiento, el gracejo, el Juicio, o como quieran llamarse los talentos del espíritu; el valor, la decisión, la perseverancia en los propósitos, como cualidades del temperamento, son, sin duda, en muchos respectos, buenos y deseables; pero también pueden llegar a ser extraordinariamente malos y dañinos si la voluntad que ha de hacer uso de estos dones de la naturaleza, y cuya peculiar constitución se llama por eso carácter, no es buena… Un espectador razonable e imparcial, al contemplar las ininterrumpidas bienandanzas de un ser que no ostenta el menor rasgo de una voluntad pura y buena, no podrá nunca tener satisfacción, y así parece constituir la buena voluntad la indispensable condición que nos hace dignos de ser felices2.

Nada bueno es posible, pues, sin una buena voluntad, independientemente de cualquier talento o capacidad que una persona pueda poseer. La buena voluntad es como un estado básico del carácter y es indispensable para la acción moral. Kant continúa su análisis trasladándose al concepto de razón. La razón, desde su punto de vista, separa a los seres humanos de los animales de modo general; pero, específicamente, la razón funciona en los seres humanos de tal modo que ilumina una diferencia más fundamental que existe entre los seres humanos y otros seres vivos. Kant actúa sobre el principio de que la naturaleza diseña la constitución de cada ser organizado de tal manera que ningún órgano existe en ella sin que cumpla un propósito que por sí solo está diseñado para cumplir de la mejor y la más elevada manera. En otras palabras, cada órgano tiene un propósito y cumple dicho propósito mejor que cualquier otro órgano en el ser vivo. Kant identifica la razón como un tipo de órgano y pregunta cuál es su propósito para el ser humano vivo. Dice:

Ahora bien; si en un ser que tiene razón y una voluntad, fuera el fin propio de la naturaleza su conservación, su bienandanza, en una palabra, su felicidad, la naturaleza habría tomado muy mal sus disposiciones al elegir la razón de la criatura para encargarla de realizar aquel su propósito. Pues todas las acciones que en tal sentido tiene que realizar la criatura y la regla toda de su conducta se las habría prescrito con mucha mayor exactitud el instinto; y éste hubiera podido conseguir aquel fin con mucha mayor seguridad que la razón puede nunca alcanzar3.

Aquí, Kant afirma que la consecución de la felicidad definida como nuestra conservación o bienandanza no es la función de la razón en los seres humanos o en los seres que poseen voluntad y razón. La bienandanza, la conservación o la felicidad pueden ser logradas por  medio del instinto igual o incluso mejor que si lo fuesen con la razón tal y como ocurre con los animales. Por lo tanto, Kant dice que «la existencia tiene otro propósito más valioso, por el cual, y no por la felicidad, la razón es más propiamente deseable»4. Kant concluye que el propósito de la razón es desarrollar la buena voluntad. Indica que «la razón, que reconoce su destino práctico supremo en la fundación de una voluntad buena, no puede sentir en el cumplimiento de tal propósito más que una satisfacción de especie peculiar»5.

¿Qué es la buena voluntad? ¿Cómo puede ser definida? En resumen, Kant define la buena voluntad en los seres humanos como la habilidad de actuar tan solo por el deber y no en base a circunstancia o sentimiento alguno. Esta definición nos pone sobre aviso de que, tal vez, el interés principal de Kant en su obra es encontrar una base sólida para la moral. Desde su punto de vista, los sistemas morales que se centran en el placer, la felicidad o los sentimientos no proporcionan una base suficiente para la ética, porque son efímeros y están sujetos a numerosas variables de la vida humana. Nuestros sentimientos pueden cambiar según las circunstancias. Lo que antes proporcionaba placer puede dejar de darlo. En el reino de la vida mundana y la propiedad, estas variables tienen mínimas consecuencias. En el reino de la moralidad, sin embargo, pueden tener tremendas consecuencias. En vista de que la moral guía nuestros actos respecto a la gente, nuestros principios que nos guían pueden cambiar nuestro humor, caprichos o circunstancias, si se hallan enraizados en un sentimiento o placer. A veces, podemos no querer decir la verdad o no ser compasivos ni justos en nuestras relaciones con la gente. Para Kant, basar la moral sobre los sentimientos o el placer es construir una casa en arenas movedizas, y por lo tanto, arriesgarlo todo. Por consiguiente, Kant busca una base más segura para la moral y cree que puede encontrarla en la razón, la voluntad y el deber propiamente comprendido ya que funcionan en conjunto en la vida humana.

En resumen, para Kant no existe la posibilidad del bien sin la buena voluntad, y la razón existe en nosotros para desarrollar dicha voluntad que es la capacidad de los seres humanos de actuar tan solo por el deber, independientemente de los sentimientos, circunstancias o placeres que se puedan adquirir. Kant, en la mayor parte de su tratado, explica estos conceptos esenciales de razón, voluntad y deber y su funcionamiento en la metafísica de la moral, desde la cual los seres humanos pueden codificar un principio supremo de moralidad para guiar todas sus deliberaciones y actos. Este principio supremo se llama imperativo categórico, el cual adopta diferentes formas en el tratado, siendo la más común: «Yo no debo obrar sino de modo que pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal»6.

¿Qué tiene todo esto que ver con el valor inherente del ser humano? Para Kant, los seres humanos, como seres racionales, son poseedores en su naturaleza de la misma base de la moralidad y, así, tienen valor inherente. Aparte de los seres humanos como agentes racionales, no existe noción práctica del bien moral, ya que no existe otro ser que pueda determinarlo racionalmente y aplicarlo universalmente aparte del ser humano. Un ser racional es un ser que, desde sí mismo, determina lo que es la ley moral universal. Dicho ser, que genera principios de valor, es en sí mismo un valor o un bien. En palabras de Kant, «la naturaleza racional existe como fin en sí mismo»7.

En realidad, Kant describe una versión del imperativo categórico que se centra en lo siguiente: «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio»8. Vislumbra un «reino de fines», es decir, una comunidad organizada alrededor de dichos principios morales en los que los seres humanos, como agentes racionales y fines en sí mismos, legislan una ley moral universal, contemplando siempre a los seres humanos como fines en sí mismos y no única y exclusivamente como medios. En el «reino de fines» de Kant, las cosas o bien tienen un precio o bien una dignidad, un valor de mercado o un valor inherente. Así lo explica Kant:

Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente, en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad. Lo que se refiere a las inclinaciones y necesidades del hombre tiene un precio comercial… Pero aquello que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor interno, esto es, dignidad. La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser fin en sí mismo; porque sólo por ella es posible ser miembro legislador en el reino de los fines. Así, pues, la moralidad y la humanidad, en cuanto que ésta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad. La habilidad y el afán en el trabajo tienen un precio comercial; la gracia, la imaginación viva, el ingenio, tienen un precio de afecto; en cambio, la fidelidad en las promesas, la benevolencia por principio (no por instinto), tienen un valor interior9.

El valor humano no es negociable, no es algo comprado o vendido, o algo con un valor que depende de las condiciones del mercado. La formulación de Kant sobre el ser humano permite que en relación con la disposición humana «sea dada a conocer el valor de dignidad que tiene tal modo de pensar y lo aleja infinitamente de todo precio, con el cual no puede ponerse en parangón ni comparación sin, por decirlo así, menoscabar la santidad del mismo»10. Añade: «La naturaleza racional se separa de las demás porque se pone a sí misma un fin»11. Por lo tanto, otra dimensión del imperativo categórico es que «el hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad; debe en todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, ser considerado siempre al mismo tiempo como fin»12.

Según se ha mencionado anteriormente, los seres humanos son fines en sí mismos y no meramente un medio para el fin de otro. No pueden ser empleados tan solo como instrumento para asegurar la meta, el programa o la ideología de otro. Aunque las personas pueden ser empleadas en dichos esfuerzos, no pueden ser tratadas meramente como empleados de un proyecto. Son siempre al mismo tiempo un fin en sí mismas y portadoras de un valor y una dignidad inherentes, independientemente de la ventaja o el beneficio que puedan proporcionar a los proyectos o los programas de otro.

Realizando estas afirmaciones, Kant hace unas declaraciones radicales para su época. En cierto modo, está fomentando una conversación particular en Occidente que se inició más o menos una generación antes, con filósofos como John Locke, los cuales abogaban en favor de una estructura gubernamental que no estuviese basada en el derecho divino de una monarquía sino en la voluntad soberana de los ciudadanos, es decir, la gente de la comunidad política. La única manera de que dichos argumentos fuesen concebibles y lógicamente consistentes es si se concede un valor importante a los seres humanos como humanos. Es importante señalar también que la expresión de Kant del valor humano no está basada religiosamente, a pesar de que Kant era cristiano. Los argumentos de Locke tampoco son cristianos, a pesar de su propia fe. Ambos se interesaron en basar los argumentos del valor humano en términos no religiosos a fin de hacerlos lo más inmunes posibles ante lo que ellos contemplaban como los caprichos de la religión. Hemos de recordar que ambos hombres vivieron durante períodos de guerras de religión a lo largo de Europa, cuando la gente era ejecutada porque su religión difería con la del monarca que gobernaba por derecho divino y contra el cual la gente no tenía ningún recurso para la compensación de sus agravios. Es más, Kant es muy consciente del sentimentalismo que frecuentemente acompaña a la religión y, por lo tanto, no considera la fe una base suficientemente estable para los principios morales, los cuales incluyen la inherente dignidad de todos los seres humanos. Escribió un libro entero titulado La Religión dentro de los Límites de la Mera Razón en el que intentó extraer la práctica y la convicción religiosas de sentimientos e inclinaciones piadosos y, en su lugar, relacionarlas exclusivamente al desarrollo de un carácter moral y a una acción ética basada en firmes principios. Su preocupación principal a lo largo de su obra es subrayar de la manera más universal posible, que él considera que es por medio de la razón que todos los seres humanos poseen, el valor inherente de todos los seres humanos a fin de posibilitar una moral estable en el mundo, independientemente de las contingencias de la vida, los cambios de autoridad, la conversión a nuevas religiones, los gustos personales, etc.

La Ilustración occidental, a la que pertenecía Kant, defendía las nociones de dignidad inherente del ser humano las cuales provocaron cambios radicales sociales en el siglo XVIII y posteriormente. Por supuesto estas ideas no son únicas de la Ilustración occidental; pensadores y escritores de muchas partes del mundo han articulado dichas nociones dentro de sus parámetros culturales, religiosos y filosóficos. Los intelectuales musulmanes, por ejemplo, durante muchos siglos y siendo originarios de muchas partes del mundo, han interpretado el Corán expresando tales nociones sobre el valor inherente del ser humano y su dignidad moral. La obra de Gülen es un ejemplo de erudición islámica que enfatiza la «voz» coránica que hace hincapié en la sublime belleza y valor de los seres humanos. De hecho Gülen encuentra en primer lugar en el Corán y en otras fuentes islámicas sólidas afirmaciones respecto a la dignidad humana. Él no atribuye dichas afirmaciones al Corán después de haberlas determinado a través de otros medios u otras fuentes. Gülen cita repetidamente referencias del Corán al responder a cuestiones sobre la yihad, la violencia, el terrorismo y el respeto a la vida humana en general (no sólo la vida de los musulmanes). En estas secciones de su obra, la semejanza de las ideas de Gülen con las de Kant se hace clara, aunque ciertamente desarrollan sus respectivas expresiones sobre el valor inherente del ser humano y la dignidad moral desde perspectivas totalmente diferentes.

Gülen, a lo largo de su obra, habla del valor transcendental de los seres humanos. Comienza una de sus poderosas afirmaciones así:

Los seres humanos, el más grandioso espejo de los Nombres, Atributos y Actos de Dios, son un espejo brillante, el fruto más perfecto del árbol de la creación, una fuente de todo el Universo, un mar que parece una pequeña gota, un sol formado como una humilde semilla, una gran melodía a pesar de sus insignificantes posiciones físicas, y la fuente de la existencia toda contenida en un pequeño cuerpo. Los seres humanos portan un secreto sagrado que les hace iguales al Universo entero con toda su abundancia de carácter; una abundancia que puede ser desarrollada hasta la excelencia13.

Continúa aquí afirmando que «toda la existencia se transforma en un libro legible únicamente por medio de su entendimiento [humano] y previsión… los seres humanos —con todo lo que se halla en ellos y en su alrededor—… son los testigos leales de su Maestro»14. Finaliza esta serie de pensamientos en la sección diciendo: «Cuando este Universo ilimitado, con todas sus riquezas, componentes e historia, se conecta con la humanidad, se hace clara la razón por la cual el valor de la humanidad lo trasciende todo… Según el Islam, los seres humanos son superiores por el mero hecho de ser humanos»15. Por lo tanto, en estos fragmentos, Gülen afirma que el más grandioso valor de los seres humanos, a diferencia de los ángeles y los animales, debido a su capacidad como testigos e intérpretes del Universo. Como tales testigos, son los espejos de ciertos aspectos de Dios, los reflectores del Divino libro del Universo. Sin ellos, el Universo no sería conocido ni habría nadie que lo conociese.

En otro pasaje, Gülen reitera que los seres humanos son el centro y el significado del Universo y que, así, poseen incluso un valor más elevado que el de los ángeles. Los seres humanos, a través de sus actividades y entendimientos, dan a la vida su esencia. Señala:

El ser humano es la esencia y el elemento vital de la existencia, el índice y el elemento central del Universo. Los seres humanos están en el centro de la creación. Los demás seres, vivos e inertes, componen círculos concéntricos alrededor de ellos… Teniendo en cuenta todo el honor que ha sido concedido a la humanidad, comparado con todo el resto de la creación, la humanidad ha de ser contemplada como la voz que expresa la naturaleza de las cosas, la naturaleza de los acontecimientos y, por supuesto, la naturaleza del Todopoderoso Quien se halla detrás de todas las cosas, y también ha de ser comprendida como un corazón que abarca todos los universos. Con los seres humanos, la creación ha encontrado su intérprete y la materia ha sido destilada a través de la cognición de la gente, encontrando su significado espiritual. La observación de las cosas es una habilidad peculiar de los seres humanos, su habilidad de leer e interpretar el Libro del Universo es un privilegio, y su atribución de todo al Creador es una bendición excepcional. Su silenciosa introspección es contemplación, su discurso es sabiduría y su interpretación concluyente de todas las cosas es amor16.

Por lo tanto, mientras Kant aboga que el valor inherente de los seres humanos está basado en su condición de agentes racionales a través de los cuales la ley moral se pone en práctica en el mundo, Gülen aboga que el valor de los seres humanos está basado en su posición como únicos agentes a través de los cuales el Libro de la Creación de Dios puede ser conocido y las maravillas de la existencia expresadas. En ambos casos, los seres humanos, como individuos y como grupos, son indispensables para los componentes fundamentales de la existencia, en un caso, la moralidad a través de su racionalidad y en el otro todo el conocimiento, sabiduría y amor a través de ser espejos de los Nombres y Atributos de Dios.

Por otra parte, Gülen, al igual que Kant, considera el valor humano y la dignidad como base para definir los comportamientos legítimos e ilegítimos hacia la gente en la sociedad, aunque Gülen basa sus afirmaciones en el Corán, y no única y exclusivamente en la razón, a diferencia de Kant. En un fragmento en el que trata los derechos humanos en el Islam, aboga que el Islam posee el concepto más elevado de los derechos humanos universales y que éste no ha sido superado por ninguna otra religión, sistema o comisión de derechos humanos. Escribe: «El Islam considera que matar a una persona es como matar a toda la humanidad, ya que el asesinato de una sola persona permite la idea de que cualquier persona pueda ser asesinada»17. Gülen matiza esta afirmación de un modo común a la mayoría de los pensadores religiosos y filosóficos; a saber, que quizás está justificado matar a aquellos que matan a otros, aquellos que intentan destruir la sociedad, etc. En dichos casos, matar no es asesinar, sino un castigo o una autodefensa. En otro pasaje, señala que desde el punto de vista islámico:

Un ser humano, sea hombre o mujer, joven o mayor, blanco o negro, es respetado, protegido e intocable. Sus pertenencias no pueden ser arrebatadas ni su castidad mancillada. No puede ser expulsado de su tierra natal y su independencia no puede ser denegada. Tampoco se le puede impedir que viva de acuerdo con sus principios. Por otra parte, también se le prohíbe que cometa dichos crímenes contra otros. No tiene derecho a infligir daño a este don [de humanidad] concedido a él por Dios, ya que sólo tiene posesión temporal de esta recompensa. Dios es el verdadero poseedor de todas las cosas… Los seres humanos han de defender y guardar este regalo bien. Es sagrado para ellos. No lo van a dañar ni van a dejar que sufra daño alguno. Cuando sea necesario lucharán y morirán por ello18.

Aquí también Gülen atribuye el valor humano a Dios. La humanidad o la condición de ser humano es un don que no puede ser quebrantado ni mancillado. Y así, constituye la base de las acciones obligatorias positivas, tal y como proteger a la gente y mantenerles a salvo, así como las prohibiciones contra las acciones dañinas, tal y como perjudicar a la gente o robar su propiedad. Gülen contempla estas acciones dañinas como en oposición directa al espíritu del amor, el cual lo identifica como el centro del corazón del Islam. Expresa:

En realidad, el amor es la rosa de nuestra creencia, un reino del corazón que nunca se marchita. Ante todo, del mismo modo que Dios tejió el Universo como un lazo en el telar del amor, la música más mágica y encantadora en el seno de la existencia es siempre el amor19.

Este amor se traduce en un humanismo básico en el que la gente desarrolla amor dentro de sí mismos hacia los demás, y hacia toda la creación, y muestran dicho amor apoyando y sirviendo al mundo. Esto se halla en el corazón del Islam, dice Gülen. Desafortunadamente, sin embargo, esta idea ha sido ignorada o distorsionada. Continúa explicando:

El humanismo es una doctrina de amor y humanidad que es interpretada de modo imprudente en nuestros días y es potencialmente fácil de manipular a través de diferentes interpretaciones… Debería ser difícil reconciliar con el humanismo el extraño comportamiento de defender «la misericordia y la compasión» para aquellos involucrados en la anarquía y el terrorismo con la intención de demoler la unidad de un país, para aquellos que cruelmente han asesinado a gente inocente a lo largo de siglos con miras a destruir el bienestar de una nación o, incluso peor, para aquellos que lo hacen en nombre de los valores religiosos y aquellos que imprudentemente acusan al Islam de permitir los ataques terroristas20.

Gülen hace aquí referencia a la profunda hipocresía y a la violencia de muchos movimientos modernistas que pretenden ser humanistas, y menciona de pasada aquellos que hacen similares cosas horribles en nombre de la religión. En ambos casos, lo que se pierde es la «verdadera doctrina de amor y humanidad» que basa a ambos en su forma verdadera y auténtica. El Islam, entonces, según su punto de vista, comparte con el verdadero humanismo una dedicación al amor hacia la humanidad, siendo la diferencia que el Islam deduce esta dedicación de la revelación del Corán, mientras que la filosofía humanística la deriva de otras fuentes y de otros modos.

De modo claro, Gülen se hace eco del espíritu del análisis kantiano a pesar de proceder de un marco totalmente diferente, a saber, la cosmovisión religioso-filosófica del Islam. El valor inherente, incluso la santidad de la humanidad, exige la protección universal y prohíbe categóricamente cualquier transgresión de la misma. En occidente, las ideas de Kant (y de Locke) sobre la dignidad inherente humana y los derechos básicos encuentran su manifestación política en la democracia liberal de la moderna nación-estado. Las sociedades musulmanas han actualizado su dedicación a la dignidad humana siguiendo otras vías. A pesar de las diferencias existentes entre el occidente y los países musulmanes, Gülen no aprecia incompatibilidad inherente entre el Islam y la democracia en general, las responsabilidades básicas de los seres humanos y sus derechos esenciales, a pesar de estar basados en distintos puntos de partida (uno religioso y otro laico), son coherentes entre sí. Gülen, sin embargo, sostiene que el Islam puede mejorar a la democracia en importantes aspectos. La democracia moderna, dice, ha sido relacionada con filosofías problemáticas tal y como el materialismo dialéctico y el historicismo, que él considera fatalistas. Las democracias pueden también engendrar un fuerte individualismo que socava la salud de toda la sociedad, aunque Gülen afirma que en el Islam «todos los derechos son importantes y los derechos del individuo no pueden ser sacrificados por la sociedad»21. Al final, Gülen dice que el Islam es una colección abarcadora de principios basados en la religión que pueden guiar a la democracia mientras se desarrolle y mejore. Lo explica así:

La democracia se ha perfeccionado a lo largo del tiempo. De la misma manera que lo ha hecho a través de diferentes etapas en el pasado, continuará evolucionando y mejorando en el futuro. A lo largo del camino irá tomando forma como un sistema más humano y justo, basado en la rectitud y la realidad. Si los seres humanos son considerados como un todo, sin tener en cuenta la dimensión espiritual de su existencia y sus necesidades espirituales y sin olvidar que la vida humana no está tan sólo limitada a esta vida mortal y que toda la gente ansia la eternidad, la democracia podría alcanzar su cota de perfección más alta y proporcionar aún más felicidad a la humanidad. Los principios islámicos de igualdad, tolerancia y justicia pueden ayudarla a lograr exactamente eso22.

De manera clara, Gülen aprecia deficiencias en la democracia que el Islam puede tratar, particularmente en los asuntos referidos a la humanidad y cómo los seres humanos son comprendidos. La democracia tiende a ignorar las dimensiones espirituales de la vida y de la naturaleza humana, características que exigen respeto universal y reverencia por parte de los seres humanos. Kant puede cuestionarle a Gülen sobre esto, que según el punto de vista de Kant si no fuera por ninguna otra razón que arraigar toda la sociedad, incluso los sistemas de justicia y moralidad, en una cosmovisión religiosa es ponerlo en manos de algo que no puede finalmente ser probado racionalmente y con certeza, y recae en los dominios de la consciencia o la fe y no puede sino ejercer violencia a la mismísima humanidad a la que busca defender y rendir honor. Por otro lado, Kant posiblemente podría estar satisfecho con los resultados de cualquier cosmovisión religiosa que atribuye más santidad y respeto a los seres humanos de tal modo que su valor intrínseco es considerado como una Verdad sagrada. Simplemente, diría que dicha cosmovisión no tiene una base firme tal y como él quisiera, y que está basada en los sentimientos o en la fe en última instancia indemostrable.

A pesar de todo, creo que se puede decir sin miedo a equivocarse que las afirmaciones del valor inherente de la dignidad moral de los seres humanos, ya sea realizado por pensadores de la Ilustración occidental, por eruditos islámicos que interpretan el Corán o por otros de cualquier otra tradición es vital para nuestro mundo actual. Las afirmaciones no logran nada en sí mismas y por sí mismas. Tal y como la historia muestra claramente, la gente se puede organizar bajo todo tipo de nobles y elevados estandartes tal y como «la humanidad», «los derechos humanos» «el hombre común» y cometer atrocidades e incluso genocidios contra los mismísimos seres humanos a los que pretenden respetar. Esta es la profunda hipocresía y la falibilidad que infesta la vida humana. Cuando los seres humanos se dedican, sin embargo, verdadera y auténticamente a dichas afirmaciones y determinan sus acciones según las mismas, la cultura y la sociedad pasan a ser menos salvajes, sangrientas y brutales. La historia, además de mostrarnos persecuciones y genocidios, también nos muestra que las sociedades que ubican el inherente valor del ser humano ante su existencia política y cultural, permiten una medida de paz y estabilidad para sus residentes y ciudadanos, y dichas sociedades han surgido en muchos lugares y momentos de la historia humana. Pero cuando dichas sociedades sucumben en la persecución y el genocidio, es frecuentemente porque han abandonado los principios del valor humano y de la dignidad moral.

Al afirmar el valor inherente y la dignidad de la humanidad, también afirmamos implícitamente las condiciones que apoyan y sostienen dicha humanidad. Valorar la humanidad es dedicarse a estructuras filosóficas, espirituales, sociales y políticas que desarrollan dicha humanidad, que la hacen crecer y desarrollarse de la mejor manera tanto individualmente como en grupo. Una de estas condiciones es la libertad —libertad de pensamiento, aprendizaje, expresión y de vida—. Este tema será el argumento de nuestro siguiente capítulo.


1 Kant, Grounding for the Metaphysics of Morals («Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres»), pág. 5.
2 Ibíd., pág. 7.
3 Ibíd., pág. 8.
4 Ibíd., pág. 9.
5 Ibíd.
6 Ibíd., pág. 14.
7 Ibíd., pág. 36.
8 Ibíd.
9 Ibíd., págs. 40-41.
10 Ibíd., pág. 41.
11 Ibíd., pág. 42.
12 Ibíd., pág. 43.
13 Gülen, Toward a Global Civilization of Love and Tolerance, pág. 112.
14 Ibíd.
15 Ibíd., pág. 113.
16 Ibíd., pág. 116.
17 Ibíd., pág. 169.
18 Ibíd., pág. 114.
19 Ibíd., pág. 8.
20 Ibíd., págs. 8-9.
21 Ibíd., pág. 221.
22 Ibíd., pág. 224.

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