La Honradez

La confianza del Mensajero en Dios lo hizo intrépido. Él apareció en el centro de un desierto habitado por uno de los pueblos más incivilizados. A pesar de su duro tratamiento, y la fuerte hostilidad de uno de sus propios tíos, desafió al mundo entero y, por media de la plena confianza depositada en Dios, llevó su misión a la victoria. Él tenía sólo un puñado de partidarios, y la victoria vino en un período de tiempo muy corto; es un éxito incomparable. Podemos comprender su valiente naturaleza, resultante de su confianza absoluta en Dios, por las anécdotas siguientes.

El segundo atributo de la Misión Profética es amana, una palabra árabe que significa honradez y se deriva de la misma raíz que mumin —creyente—. Ser un creyente implica ser una persona digna de confianza. Todos los Profetas eran los mejores creyentes y por lo tanto ejemplos perfectos de honradez. Para enfatizar este principio, Dios resume las historias de cinco Profetas usando las mismas palabras:

El pueblo de Noé negó a (Noé y, por tanto, rechazó a todos) los Mensajeros. (Recuerda) cuando su hermano Noé, les indicó (por medio de una advertencia oportuna): «¿Acaso no vais a apartaros de la desobediencia a Dios con veneración a Él y piedad, y buscareis refugio con Su protección? No cabe duda de que soy un Mensajero para vosotros, digno de confianza» (26:105-7).

Sustituid el nombre Noé por aquellos de Hud, Lut, Shuayb y Salih, y tendréis una versión resumida de la honradez de estos cinco Profetas.

Mumin es también un Nombre Divino, ya que Dios es el Mumin, la fuente de seguridad y fiabilidad. Depositamos nuestra confianza en Él. Dios distinguió a los Profetas por su honradez, y nuestra conexión con Él gracias a los Profetas está basada completamente en su honradez y fiabilidad.

La honradez también es una cualidad esencial del Arcángel Gabriel. El Corán describe a Gabriel como Alguien obedecido (por sus ayudantes), y es digno de confianza (al cumplir las ordenes de Dios, en particular, al transmitir la Revelación) (81:21). Recibimos el Corán por dos Mensajeros dotados de esta cualidad: el Arcángel Gabriel y el profeta Muhammad. El primero lo transmitió, el segundo nos lo relató.

La honradez del Mensajero de Dios

Para todas las criaturas de Dios el profeta Muhammad era totalmente digno de confianza. Él era leal y nunca engañó a nadie.

Dios eligió al Mensajero por su honradez de modo que él se dedicara en exclusiva a la transmisión sincera del Mensaje. Él se dedicó tanto a su deber que repetía los versículos mientras Gabriel se los recitaba. Dios finalmente le reveló:

(Oh Profeta) no muevas tu lengua para acelerarlo (para salvaguardarlo en tu corazón). En verdad nos incumbe a Nosotros reunirlo (en tu corazón) y permitirte recitarlo (de memoria). Así que cuando lo recitemos, sigue su recitación; de allí en adelante, Nos corresponde explicarlo (75:16-19).

Como el Corán le fue otorgado como una responsabilidad, lo comunicó a la gente de la mejor manera posible. Dedicó su vida a esta causa sagrada, constantemente consciente de su responsabilidad. En el último año de su vida, cuando daba el Sermón de la Peregrinación de Despedida en el monte Arafat, repitió los Mandamientos de Dios una vez más. Al final de cada frase, dijo a la gente: «En un futuro cercano, os preguntarán sobre mí». Luego el Mensajero quiso saber si les había transmitido el Mensaje con propiedad y ellos respondieron con gran entusiasmo: «¡Sí, lo has transmitido!» Entonces el Profeta le pidió a Dios que fuera testigo de estas palabras.[122]

Acontecimientos específicos

El Mensajero de Dios nunca pensó ocultar ni una sola palabra del Corán. En realidad, leemos en el Corán unas cuantas leves amonestaciones Divinas por algunas de sus acciones. Si él lo hubiera escrito, como unos equivocadamente defienden, ¿por qué habría incluido tales versículos?

El Profeta fue enviado a una sociedad primitiva caracterizada por costumbres que contradecían la razón así como las verdades sociológicas y científicas. Por ejemplo, en aquella cultura los niños adoptados tenían el mismo estado legal que los naturales, un hombre no podía casarse legalmente con la viuda o la anterior esposa de su hijo adoptivo. Esta práctica se abolió, ya que la adopción no crea una relación comparable a la que mantiene alguien con sus propios padres biológicos. Dios solucionó este problema, como siempre, por medio de las vivencias del Mensajero para separar una ficción legal de una realidad natural y establecer una nueva ley y costumbre.

Zayd, un esclavo emancipado y criado del Mensajero de Dios, era también su hijo adoptivo. A petición del Profeta, Zayd se casó con Zaynab bint Yahsh. Sin embargo, pronto quedó manifiesto que el matrimonio no duraría mucho tiempo. Admitiendo que él era tanto espiritual como intelectualmente inferior a su esposa, Zayd pensó que sería mejor para él divorciarse. Al final, el Corán mandó que Muhammad se casara con ella: Te unimos con ella en matrimonio (33:37).

Era obvio que hacerlo violaría un fuerte tabú social. Por ello y porque los hipócritas usarían este argumento para difamarlo, retrasó el anuncio del decreto Divino. Dios lo reprendió como sigue:

(Recuerda) cuando tú (Oh Mensajero) dijiste a aquel a quien Dios ha favorecido (guiándole al Islam y con compañía cercana al Profeta), y a quien has favorecido (con amable tratamiento, consideración especial, y liberación): «Mantén a tu esposa junto a ti y ten miedo de Dios (con respecto a tu tratamiento hacia ella)». Ocultabas dentro de ti lo que Dios (ya había decretado y) sin duda alguna sacaría a la luz: te preocupabas de que la gente (pudiera reaccionar de una manera dañina a su fe), mientras que Dios tiene más derecho a que Le temas (para que no yerres en el cumplimiento de Sus órdenes) (33:37).

‘Aisha comentó: «Si el Mensajero de Dios pudiera haber ocultado cualquier Revelación, sin duda habría ocultado aquel versículo».[123]

Si Muhammad no hubiera sido digno de confianza, habría eliminado dicho versículo. Sin embargo, un acto de tal índole era contrario a su carácter y misión, y significaría no haber transmitido el Mensaje de manera apropiada. Además, Dios le prohibió hacer algo así:

¡Oh Mensajero (que transmites y expresas el Mensaje de la mejor manera)! Transmite y haz conocer del modo más claro todo lo que te ha sido descendido desde tu Señor. Pues, si no lo haces así, no habrás transmitido Su Mensaje ni habrás cumplido tu Misión Profética. Dios, sin duda alguna, te protegerá de la gente. Es cierto que Dios no guía a los incrédulos (a obtener su meta de perjudicarte o derrotarte) (5:67).

De este modo, el Mensajero de Dios difundió todo lo que le fue revelado.

Sus relaciones con los demás

El Mensajero de Dios era digno de confianza y animó a los demás a seguir su ejemplo. Una vez, durante los últimos diez días del Ramadán, su esposa Safiyya lo visitó mientras él guardaba vigilia en la mezquita. Cuando la acompañaba a su casa, se encontraron con dos Compañeros en su camino. El Mensajero los paró y descubriendo la cara de su esposa, dijo: «Esta es mi esposa Safiyya». Ellos dijeron: «¡Oh Mensajero de Dios! ¡Que Dios prohíba cualquier mal pensamiento sobre ti!». El Mensajero les prevenía de pensar mal sobre él porque esto podría hacer que perdieran su fe y entraran en el Infierno. Muhammad les dio a ellos y a nosotros una lección diciendo: «Satanás circula continuamente por los vasos sanguíneos de la gente».[124]

El Mensajero de Dios era la encarnación de la honradez. Su propia gente, incluso antes de su Misión Profética, le llamaba «al-Amin» —el veraz, digno de confianza—. Después de su declaración, sus enemigos siguieron confiándole sus bienes preciados.

Él previno a su gente contra la mentira, faltar a las promesas y el abuso de confianza. Todos estos fueron condenados como «los signos de la hipocresía».[125] El Mensajero era tan meticuloso en este asunto que un día al ver a una mujer que llamaba a su niño diciéndole: «¡Ven aquí, te daré algo!», le preguntó si ella decía la verdad. La mujer contestó que le daría un dátil a lo que el Mensajero de Dios respondió: «Si no le das nada, serás una mentirosa».

Su preocupación por esto se extendió hasta los animales. Una vez, al ver que un Compañero trataba de engañar a su caballo, se enojó y le dijo: «Deja de engañar a los animales y sé honesto con ellos».[126] Otra vez, cuando volvían de una campaña militar, unos Compañeros tomaron a algunos polluelos de un nido para acariciarlos. Cuando la madre vio que sus crías no estaban en el nido empezó a volar alrededor llena de sufrimiento. Cuando el Mensajero de Dios lo vio, se disgustó tanto que ordenó que devolvieran los polluelos inmediatamente. Una orden semejante muestra que los representantes de la honradez no deberían dañar a ninguna criatura viva.[127]

Cada Compañero era una encarnación de la honradez. En virtud de ello y de otras virtudes elogiables las ciudades y los estados se sometieron al Islam. Durante el califato de ‘Umar, Abu ‘Ubayda, la personificación de la justicia, comandó los ejércitos musulmanes en Siria. Cuando el emperador bizantino intentó recobrar Damasco, Abu ‘Ubayda decidió evacuar la ciudad, porque las tropas bizantinas eran inmensamente superiores en número. Él reunió a la población no musulmana y anunció: «Os cobramos el impuesto de protección porque teníamos que defenderos. En vista de que ya no podemos defenderos contra el ataque bizantino, os lo devolvemos». Así se hizo. Los sacerdotes cristianos y los rabinos judíos quedaron tan satisfechos con la administración musulmana que acudieron a las iglesias y sinagogas para rezar y pedir a Dios que el ejército musulmán resultara victorioso.[128]

El Islam enfatiza la honradez y la confianza hasta tal punto que las habladurías y la desconfianza están prohibidas:

¡Oh vosotros que creéis! Evitad mucha sospecha, pues alguna sospecha es un grave pecado (propenso al castigo de Dios);  y no os espiéis (mutuamente), ni os difaméis (uno en contra del otro). ¿A alguno de vosotros le gustaría comer la carne de su hermano muerto? ¡Lo aborreceríais! Apartaos de la desobediencia a Dios con veneración a Él y piedad. Sin duda Dios es Quien en verdad corresponde el arrepentimiento con un perdón generoso y una recompensa adicional, el Compasivo (especialmente hacia Sus siervos creyentes) (49:12).

El Mensajero de Dios era tan atento sobre este tema que una vez cuando ‘Aisha comentó:«¡Qué larga es su falda!» él dijo: «Has calumniado acerca de ella y por lo tanto has comido de su carne».[129]

El Profeta rezaba de esta manera: «¡Señor Mío, busco refugio del hambre en Ti! ¡Qué mala confidente es el hambre! ¡También busco el refugio de la traición en Ti! ¡Qué mala confidente es la traición!».[130] También tenía palabras severas para aquellos que engañan y son desleales: «Cuando Dios reúna a toda la gente el Día del Juicio Final, se izará una bandera en nombre de cada persona desleal. Y se anunciará: «¡Esta es debida a la deslealtad del hijo de fulano de tal!».[131]

El corazón del Mensajero de Dios permaneció cerrado a todo lo maléfico, pero abierto a todo lo bueno. Vivió en un clima de seguridad, fidelidad y honradez. Nunca hizo trampas ni mintió ni engañó a la gente, tampoco difamó, calumnió o albergó malas ideas sobre nadie. Por el contrario, la gente confió en él. Sus enemigos lo difamaron, pero nadie lo acusó nunca de ser mentiroso o desleal. Aquellos que le volvieron la espalda lo hicieron engañados y siguieron caminos equivocados.

El Mensajero de Dios era de total confianza. Su honradez abarcaba dos aspectos: su relación con la gente y su relación con Dios. El primero se manifestó como fiabilidad completa y el segundo como confianza perfecta en Dios. Cuando se combinan estos dos aspectos aseguran una atmósfera pacífica de firmeza y seguridad.

El Corán da varios ejemplos acerca de la confianza en los Profetas y en Dios. Citemos sólo unos cuantos:

Relátales la historia ejemplar de Noé cuando dijo a su gente: «¡Oh pueblo mío! Si mi presencia (entre vosotros) y mi acto de advertir (a vosotros) con las Revelaciones de Dios os ofende —pues, en Dios deposito mi confianza. Por lo tanto, reuníos y decidid qué es lo que vais a hacer y (llamad para que os ayuden) a vuestros (supuestos) copartícipes de Dios; y que el asunto no os preocupe y llevad a cabo contra mí (lo que hayáis decidido) sin darme tregua» (10:71)

 «Lo único que decimos es que uno de nuestros dioses te ha poseído con un mal». Hud señaló: «Sin duda alguna pongo a Dios por testigo y sed vosotros también testigos de que estoy libre de lo que vosotros asociáis (a Dios como copartícipes). En Su lugar (sólo tengo a Dios como Deidad y Señor). Por lo tanto, ¡Urdid algo todos contra mí sin darme respiro! He puesto mi confianza en Dios, mi Señor y el vuestro. No hay criatura viva que Él no tome por el flequillo y que no esté bajo Su completo control. Sin duda alguna, mi Señor se halla en un camino recto (gobierna toda la existencia y lleva a cabo todos Sus decretos correctamente y con absoluta justicia) (11:54-56).

En verdad tenéis un excelente ejemplo a seguir en Abraham y en aquellos en su compañía, cuando le dijeron a su (idolatra) pueblo (quienes eran sus parientes): «Nos desentendemos de vosotros y de cualquier cosa que adoráis además de Dios. Os hemos rechazado (en vuestro politeísmo), y ha surgido la enemistad y el odio entre nosotros y vosotros para siempre hasta que creáis únicamente en Dios (como el Único a ser venerado)» (Así fue) salvo por lo que ha dicho Abraham a su padre: «Sin duda alguna rogaré el perdón de Dios para ti, aunque no tengo poder para hacer nada por ti frente a Dios». (Y su plegaria fue): «¡Oh Señor nuestro! Es en Ti en quien depositamos nuestra confianza, y es hacia Ti a donde nos dirigimos con la mayor sinceridad y devoción, y a Ti es el retorno» (60:4).

La naturaleza de la incredulidad es la desviación y la oposición. Los incrédulos ven el mundo en oscuridad y se sienten solos en un mundo ajeno; los creyentes ven el Universo entero como una cuna de hermandad, y se sienten relacionados con toda la creación. En su naturaleza, la incredulidad corta relaciones y por consiguiente, los incrédulos sienten enemistad contra todo, sobre todo contra los creyentes. Los primeros no pueden soportar la existencia de los fieles, por lo que hacen todo lo posible para erradicar la creencia. Por eso todos los Profetas encontraron fuertes oponentes y, con sus seguidores, sufrieron actos despiadados de crueldad. Pero debido a su plena confianza y dependencia total en Dios, no se desanimaron por lo que les sobrevino en la causa de Dios, ni flaquearon, ni se humillaron (ante el enemigo) (3:146).

Los quraishíes estaban tan impacientes por matarlo que justo antes de su emigración a Medina, seleccionaron a un hombre de cada clan. Eran aproximadamente doscientos guiados por Abu Yahl y Abu Lahab. Cercaron la casa del Mensajero de Dios. Él le pidió a su primo ‘Ali que en su lugar se acostara en su cama, y lanzó un puñado de polvo a los ojos de los enemigos recitando: Y hemos establecido una barrera ante ellos y una barrera detrás de ellos, y (por lo tanto) los hemos cubierto (por todos lados), por lo que no pueden ver (36:9), y se marchó sin ser visto.[132] Dejó La Meca con su amigo íntimo, Abu Bakr, y llegó a la cueva Zaur, que está en lo alto de una montaña. Cuando los jefes del Quraish vieron que él se había ido, enviaron una avanzadilla. Uno de ellos subió a la cima de la montaña hasta llegar a la cueva. Abu Bakr se preocupaba, temiendo por la vida del Mensajero de Dios. Sin embargo, el Mensajero lo consoló: No te entristezcas. Sin lugar a dudas Dios se halla con nosotros (9:40), y añadió: «¿Qué piensas de los dos hombres junto a los cuales Dios es el tercero?».[133]

En la Batalla de Hunayn, el ejército musulmán fue obligado a retirarse. Todos excepto algunos pensaban que estaban a punto de ser derrotados. El Mensajero de Dios espoleó su caballo adelante y gritó: «Soy un Profeta. ¡Esto no es una mentira! ¡Soy el nieto de Abdulmuttalib! ¡Tampoco es una mentira!».[134] Su coraje y firmeza bastaron para que sus Compañeros se reunieran y salieran victoriosos del embate.

Como aparece relatado en varias fuentes, durante las campañas militares de Ghatafan y Anmar, un cacique valiente llamado Ghowras apareció de repente al lado del Mensajero de Dios, que se hallaba tendido bajo un árbol. Desenvainando su espada, le preguntó: «¿Quién te salvará de mí ahora?». El Mensajero de Dios le contestó: «¡Dios!» y luego rezó: «¡Oh Dios, protégeme contra él como Tu Voluntad disponga!». En aquel momento, Ghowras se cayó y su espada resbaló de su mano. El Mensajero de Dios la recogió y le preguntó: «¿Ahora quién te salvará de mí?». Ghowras comenzó a temblar y suplicó por su vida: «Tú eres un hombre noble e indulgente; se espera de ti sólo el perdón». El Mensajero de Dios le perdonó, y cuando Ghowras volvió a su tribu, dijo: «Acabo de regresar y he de deciros que he conocido al mejor de la humanidad».[135]

La honradez es una piedra angular de la creencia:

Dios os ordena que devolváis lo que se os encomendó (incluido los deberes y cargos públicos y profesionales) a sus dueños por derecho propio; y que cuando juzguéis entre la gente, lo hagáis con justicia. ¡Cuán excelente es lo que Dios os exhorta a hacer! Indudablemente, Dios es Quien todo lo Oye y todo lo Ve (4:58).

Según el Mensajero de Dios, el abuso de confianza es un signo del final de los tiempos: «Cuando se abusa de la confianza, esperad el fin de los tiempos». Cuando sus Compañeros le preguntaron cómo se podría abusar de la confianza de alguien, contestó: «Cuando un puesto sea confiado a alguien no cualificado para ello entonces empezad a pensar en el fin de los tiempos».[136]

La asignación de gente cualificada a empleos o trabajos es una confianza social y desempeña un papel significativo en la administración pública y en el orden social. Su abuso causa el desorden social. Debería haber un orden en todos los niveles sociales, ya que las responsabilidades deben ser otorgadas tanto a unos como a otros. El Mensajero de Dios declaró: «Cada uno de vosotros es un pastor —un gerente—, y responsable de los suyos. El gobernante es un pastor responsable de sus súbditos. Un marido es un pastor responsable de su familia. Una mujer es una pastora responsable de la casa de su marido. Un siervo es un pastor responsable de manejar los deberes o la propiedad que su señor le confía».[137] Si cada uno en una sociedad cumpliera con sus responsabilidades, viviríamos en «una sociedad de confianza». Hasta este momento, sólo podemos imaginar tales utopías.

La honradez es un aspecto tan esencial de la creencia que el Mensajero de Dios una vez declaró: «Quien no es digno de confianza, no es un creyente»[138] y describió a un creyente como aquel a quien la gente confiaría su vida y propiedad.[139] Además dijo: «Prometedme seis cosas y os aseguraré el Paraíso: Decid la verdad, cumplid vuestras promesas, no traicionéis la confianza, permaneced (sexualmente) castos, no miréis lo que está prohibido y evitad lo ilícito».[140]

Incluso está prohibido mirar con lujuria a alguien con quien no estás casado. En un hadiz qudsi Dios dice: «Una mirada lujuriosa es como una flecha venenosa de la aljaba de Satanás. A quienquiera que se abstenga por temor de Mí, le inculcaré una fe tan firme en su corazón que sentirá su placer con todo su corazón».[141]

Vivir en la seguridad absoluta es sólo posible si la gente digna de confianza es poderosa. Si el mundo musulmán observa la Confianza Divina y se hace el representante de la honradez y seguridad en el mundo, será posible un «nuevo orden mundial» basado en la justicia y el equilibrio, si no, la humanidad seguirá a la caza de los espejismos de la justicia, la seguridad y la felicidad.

Por su veracidad, honradez y otras virtudes loables, el Mensajero de Dios dejó una señal imborrable en la gente de todos los tiempos. Cada palabra y hecho suyo proclama su Misión Profética, que él fue enviado para dirigir a la gente a la verdad, sacarles de la oscuridad de la ignorancia y del salvajismo, la esclavitud y la inmoralidad hacia la luz del conocimiento, la cima de la moralidad y el amor, la compasión y la verdadera libertad.

[122] Abu Dawud, «Manasik», 56; Ibn Maya, «Manasik», 84; Ibn Kazir, Al-Bidaya, 5:173.
[123] Bujari, «Tawhid», 22; Muslim, «Iman», 288.
[124] Bujari, «Itiqaf», 8; Ibn Maya, «Siyam», 65.
[125] Abu Dawud, «Adab», 80; Ibn Hanbal, 3:447.
[126] Bujari, «Iman», 24; Muslim, «Iman», 107.
[127] Abu Dawud, «Yihad», 112, «Adab», 164; Ibn Hanbal, 1:404.
[128] Abu Dawud, «Adab», 164; Ibn Hanbal, 1:404.
[129] Abu Dawud, «Adab», 35; Tirmizi, «Qiyama», 51; Ahmed bin Hanbal, el-Musnad, 6/189).
[130] Abu Dawud, «Witr», 32; Nasa’i, «Isti‘aza», 19:20; Ibn Maya, «At‘ima», 53
[131] Muslim, «Yihad», 9.
[132] Ibn Hisham, «Sira», 2:27.
[133] Bujari, «Tafsir», 9; Ibn Hanbal, 1:4.
[134] Bujari, «Yihad», 52; Muslim, «Yihad», 78.
[135] Bujari, «Maghazi», 29, «Yihad», 83; Muslim, «Fada’il», 13.
[136] Bujari, «Ilm», 2; Ibn Hanbal, 3:361.
[137] Bujari, «Yumu’a», 10; Muslim, «Imara», 20; Abu Dawud, «Imara», 1.
[138] Ibn Hanbal, 3:135.
[139] Tirmizi, «Iman», 12; Ibn Maya, «Fitan», 2.
[140] Ibn Hanbal, 5:323.
[141] Hindi, Kanz al-’Ummal, 5:328.

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