Consulta

La sabiduría del Mensajero quedó demostrada cuando consultó a sus Compañeros. Esta práctica es tan importante en el Islam que nunca tomó decisión alguna sin llevarla a cabo, sobre todo en asuntos públicos. A veces, incluso pidió consejo respecto a sus asuntos personales. Podemos citar algunos ejemplos:

‘Aisha acompañó al Profeta a la campaña de los Banu Mustaliq. En una parada, perdió su collar y salió a buscarlo. Al regresar se encontró con que el ejército había marchado sin ella, ya que los camelleros creyeron que ella estaba en su litera. Safwan, encargado de recoger los objetos perdidos o lo que se cayese de la caravana, la encontró y la llevó de vuelta al ejército. Durante el escándalo que siguió a ello, su fidelidad fue puesta en tela de juicio, fundamentalmente por los hipócritas.

El Mensajero sabía que ella era inocente. Sin embargo, ya que los hipócritas usaron este incidente para difamarla, consultó a algunos de sus Compañeros tales como ‘Umar y ‘Ali. ‘Umar dijo que ‘Aisha era, sin duda alguna, casta y pura, y que estaba siendo calumniada. Cuando le preguntó cómo sabía eso, respondió:

Oh Mensajero, una vez estabas rezando. Te detuviste y nos explicaste que el Arcángel Gabriel había venido para informarte de que tenías algo de impureza en tu calzado. Si algo de impureza hubiese habido en ‘Aisha, Dios te habría informado de ello sin duda alguna.[397]

El Mensajero, el cual dijo una vez: «Quien tome consejo, no se arrepentirá al final»,[398] siempre consultaba a los que le pudiesen proporcionar buenos consejos en un determinado asunto.

Consultó a sus Compañeros antes de Badr, la mayor confrontación militar tras la Hégira, sobre si los musulmanes deberían luchar contra el ejército quraishí que avanzaba. Las fuerzas musulmanas eran de trescientos cinco o trescientos trece hombres, mientras que los quraishíes eran mil hombres. Un portavoz de los Emigrantes y otro de los Ayudantes, se pusieron en pie y anunciaron su disposición a seguirle hacia donde les dirigiese.[399] Durante su vida, todos los Compañeros le prometieron continuamente que le seguirían en cada paso que diese y que ejecutarían todas sus órdenes. A pesar de ello, el Mensajero consultaba con ellos sobre cualquier asunto que concerniese a la comunidad, para que dicha práctica se convirtiese en una segunda naturaleza.

Durante la Batalla de Badr, el ejército musulmán se situó en un punto determinado del campo de batalla. Hubab ibn Munzir, que no era un destacado Compañero, se puso de pie y dijo:

Oh Mensajero, si Dios no te ha ordenado que tomes esta posición, situémonos alrededor de los pozos y ceguemos todos excepto uno para negarle el agua al enemigo. Establece tu campamento al lado de ese pozo abierto (de donde tomaremos el agua) y te rodearemos.

El Mensajero adoptó dicha opinión.[400]

En 627, los quraishíes se aliaron con ciertas tribus del desierto y con la tribu judía Banu Nadir, que habían emigrado de Medina a Jaybar. Prevenido de sus planes, el Profeta pidió ideas sobre cómo vencer la ofensiva enemiga. Salman al-Farisi sugirió que se excavase un foso defensivo alrededor de Medina, estratagema desconocida para los árabes. El Mensajero ordenó que se llevase a cabo. Esta guerra se conoció a partir de entonces como la Batalla del Foso.[401]

Los musulmanes encontraban desagradable el Tratado de Judaybiya, por lo que fueron reacios a obedecer la orden del Profeta de sacrificar a sus animales sin hacer la peregrinación. (Una de las condiciones de dicho tratado era que no podían entrar ese año en La Meca). El Mensajero consultó con su esposa Umm Salama. Ella le respondió: «Oh Mensajero, no repitas tu orden no vaya a ser que te desobedezcan y perezcan por ello. Sacrifica a tus propios animales y quítate tu atuendo de peregrino (ihram). Cuando entiendan que la orden es decisiva, te obedecerán sin vacilación». El Mensajero obró según ella sugirió.[402]

[397] Halabi, Insan al-‘Uyun, 2:613.
[398] Hayzami, Majma‘ al-Zawa’id, 2:280.
[399] Ibn Sad, «Tabaqat», 3:162; Muslim, «Yihad» 83 ; Ibn Hisham, 2:266-6.
[400] Ibn Hisham, 2:272.
[401] Ibíd., 3:235; Ibn Sad, 2:66.
[402] Bujari, «Shurut», 15.

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