La Humanidad y sus Responsabilidades

Si el género humano es el representante de Dios en la Tierra, el favorito de Su creación, la esencia y sustancia de la existencia en su totalidad y el espejo más pulido del Creador –y no hay duda de que esto es así–, el Ser Divino que ha enviado la humanidad a este mundo nos ha dado el derecho, el permiso y la capacidad de descubrir los misterios incluidos en el alma misma del universo para así poder desvelar el poder oculto, el potencial y la fuerza con la que disponer de todo, según su propósito, y para ser los representantes de las características que Le pertenecen, tales como el conocimiento, la voluntad y el poder. Siempre y cuando la gente tome parte en la existencia y cumpla con su responsabilidad de ser representante de Dios, no se encontrará con obstáculos que no pueda superar ni experimentará contradicción alguna al relacionarse con las cosas; cuando descubra las capacidades que se albergan en su interior podrá transitar con total libertad por los corredores de los acontecimientos sin experimentar tensión alguna, ni tampoco se verá retrasada por impedimentos inesperados cuando esté realizando sus esperanzas.

Los logros y triunfos que se han conseguido hasta el día de hoy demuestran que la gente ha sido enviada al mundo con instrumentos y oportunidades determinadas. Lo cierto es que, a pesar de todos los problemas que han causado las debilidades humanas, si tenemos en cuenta el punto al que como seres humanos hemos llegado y los éxitos que, hasta ahora, hemos obtenido, es evidente que nada nos detiene. Y aunque en algunas acciones cometamos errores, hemos logrado muchas conquistas; se nos ha dado voluntad y hemos tratado de transformar la existencia, hemos cambiado el mundo gracias al desarrollo y, a sabiendas o no, somos el espejo que refleja el nuevo cuadro de líderes que ha sido descrito cuando el más Grande y el más Justo declaró: «Estableceré en la Tierra a un vicerregente». (Al-Baqara, 2: 30)

Es cierto que la gente ha justificado a veces el temor de los ángeles que, en el momento de la creación del ser humano, habían predicho la debacle; pero paralelamente a este mal parcial, las buenas acciones de resultados amplios, duraderos y celestiales, que ha conseguido la humanidad, no se pueden considerar insignificantes. Si hablamos de contrarrestar el mal comparativamente, siempre ha habido hazañas beneficiosas en las acciones de la humanidad. Los vasallos justos de Dios son los soles y las lunas de la humanidad; a fin de equilibrar el mal y los agravios, los devotos y los que están cerca de Él, los sinceros y los profetas, han diseminado buenas acciones a su alrededor; estas acciones se han hecho sentir por doquier. El derecho a llevar el título de «vicerregente» –otorgado para la salvaguarda de la humanidad– se ha honrado con creces e incluso aún más, especialmente por aquellos que son conscientes del propósito de la creación. Los creyentes que han entendido el espíritu de la creación comprenden que han sido enviados a este mundo equipados con una forma de pensar y de creer que son diferentes, y con una serie de posibilidades también diferentes; en consecuencia, tienen que sintonizar su conducta y su actitud conforme a esta manera determinada. Que los creyentes deben comportarse de esta manera es algo que se comprende gracias a sus capacidades ocultas y manifiestas y también gracias al Corán que enfatiza con frecuencia la relación entre el valor debido y las actitudes y la conducta del creyente. Dios Todopoderoso enfatiza en el Corán el objetivo más importante del ser creado con forma humana, −merecer el rango de ser representante Suyo y de habérsele dado estas capacidades− cuando dice: «No he creado a los genios y a los seres humanos sino para que (Me conozcan y) Me veneren (exclusivamente)» (Az-Zariyat, 51: 56). Una declaración tan clara y primordial es una llamada a la responsabilidad común y al ser agradecido por las cosas que se han otorgado al género humano, además de ser una llamada de atención sobre nuestro deber básico como vicerregentes de Dios en la Tierra.

La sumisión, ese estado de ser vasallo de Dios en el sentido más amplio, es el título celestial que significa estar en armonía con la existencia y con las cosas, de estar bien ajustado al mundo y a todo lo que contiene, de seguir el camino por los misteriosos corredores del universo sin perderse; en resumen, de proteger el equilibrio entre la propia armonía interna y el resto de la existencia. La persona justa debe elevarse hasta el punto donde se encuentran los principios fundamentales de la existencia y las órdenes que se aplican a las normas de conducta; sin este tipo de equilibrio, le será imposible seguir el camino que lleva a respetar y proteger los valores humanos.

El éxito del género humano a la hora de proteger su relación con la existencia y el mundo físico, puede determinarse por el grado de actuación que está en consonancia con el propósito de toda la creación. Como contraste, los que no actúan según este propósito y los que olvidan en parte sus deberes, acaban colisionando con las esferas giratorias y los engranajes del universo, además del sufrimiento que causan su falta de objetivos y su falta de supervisión. De esta manera, esos que serían capaces de transformar este mundo, que es su hogar, en un palacio, lo convierten en un infierno. E incluso hoy en día algunos tiemblan de miedo por el futuro cercano al ser conscientes de que es posible convertir el mundo en ese tipo de infierno.

Es una realidad indiscutible afirmar que Dios, que ha preparado el universo como si fuera una serie de galerías, como si fuera un libro, para luego ponerlo a la disposición de la humanidad, es el Único que puede conocer la naturaleza de la compatibilidad entre las leyes matemáticas –las leyes con las que funciona la existencia– y la conducta general y deliberada de la humanidad. Dentro del marco que definen estos mensajes que proceden de esta fuente de conocimiento, la única manera de comprender los secretos primordiales de la existencia es obedecer las órdenes relacionadas con las normas de conducta; también es la manera de garantizar la completa armonía con estos principios. Lo cierto es que esta es la única manera en que la humanidad puede soslayar el conflicto con las leyes que se aplican a toda la existencia sin experimentar sentimientos de pérdida, sintiendo, por el contrario, la paz de hallarse en el hogar, de estar en un palacio. En el reverso de la moneda, el distanciamiento de la gente con respecto a su Creador, su alienación de Él, la conducirá a un círculo vicioso de separación y alienación en el que estará en conflicto con la existencia y con la vida fenoménica. Estas personas jamás se recuperarán.

La representación del Creador que detenta la humanidad tiene lugar en una esfera extraordinariamente amplia que abarca actos que van desde creer en Él y adorarlo, hasta la comprensión de los misterios que contienen las cosas y las causas de los fenómenos naturales y, en consecuencia, hasta la posibilidad de interferir en la naturaleza. A lo largo de sus vidas, lo primero que hacen los seres humanos genuinos es poner en orden sus pensamientos y sentimientos, regular su vida individual y social mediante formas diversas de adoración, equilibrar las relaciones familiares y sociales con sus acciones y llevar la enseña de su especie desde las profundidades de la Tierra a la amplitud de los cielos haciendo todo lo que sea necesario para ser un heredero genuino. Y al mismo tiempo, estos seres humanos auténticos tratan de ejercitar su libre albedrío de forma constructiva, trabajando y desarrollando el mundo, protegiendo la armonía entre la existencia y la humanidad, cosechando las gratificaciones de la Tierra y de los Cielos para provecho de la humanidad e intentando elevar el matiz, la forma y el sabor de la vida a un nivel más humano dentro del marco definido por las reglas y los mandatos del Creador.

Esta es la verdadera naturaleza del representante de Dios y, al mismo tiempo, es aquí donde puede encontrarse el significado de lo que significa ser un sirviente y un amante de Dios. Y, una vez más, encontramos aquí el lugar de convergencia entre el mínimo esfuerzo y el regalo más generoso. La acción que con un solo paso llevará a la gente a este punto es la adoración. La adoración no es, tal y como creen algunos, la mera ejecución de una serie de movimientos determinados; es lo que nosotros llamamos la sumisión completa y la aceptación de una amplia responsabilidad… y junto con el título de «vicerregente» constituye la expresión más clara de la relación entre los seres humanos, el universo y Dios. Si la adoración consiste en albergar en el corazón la conciencia de estar vinculado a Dios, si es la liberación del «yo» de todo tipo de esclavitud, si consiste en la gracia de poder ver, oír y sentir la belleza, el orden y la armonía que Le pertenecen en cada molécula de la existencia –y no cabe duda de que se trata de esto y de ninguna otra cosa– en este caso la adoración es la forma más inmediata de volver el rostro hacia Dios, con todos y con todo, la forma más acertada e inmediata de vincularlo todo a Él; y es también la manera de renovar en cada instante estos vínculos aparentes y genuinos. El que recorre conscientemente este camino jamás dudará ni por un instante que es un siervo y que su único deber es honrar el título de «vicerregente» que se le ha conferido. Esta gente tratará de vivir y permitirá que la efímera vida de este mundo se viva intensamente; intentará inscribir su nombre con la tinta del esfuerzo y la sinceridad dondequiera que vaya. Intentará inspirar sentimientos similares en todos los lugares a los que lleguen su nombre y sus manos. Intentará llegar a una profundidad tal que colmará todos los mundos, al tiempo que inscribe sus pensamientos en cada migaja de espacio y tiempo, pensamientos que están ligados a Él. Intentará vivir con una grandeza de intención que será lo suficientemente grande como para permitirle apreciar la eternidad y así imbuirle de una paz interior que surge del hecho de estar conectado con la eternidad. Caminará con el éxtasis espiritual más elevado, saltará por encima de los límites de la existencia y llegará al Edén.

Y si tales personas pueden reflejar este deber de servicio y responsabilidad en el trabajo y el servicio que desempeñan, si con capaces de ir en pos de la esencia de los principios fundamentales de la existencia y obedecer las reglas relacionadas con las normas de conducta, en vez de ligarse a las consecuencias de sus acciones, ningún resultado inesperado hará que se sientan derrotados ni que mengüe su entusiasmo. Antes al contrario, cumplirán con las acciones de servicio con la alegría de la adoración y serán conscientes de la gratitud debida al haber alcanzado la culminación como creyentes verdaderos, una cumbre que se considera el nivel más alto de existencia. Esa gente nunca se verá desesperada, jamás tendrá miedo ni le cansarán los problemas que encuentre en el camino. Estas personas están muy lejos de experimentar desesperación, pánico o extenuación; avanzarán a toda prisa hacia adelante experimentando el intenso deleite que se oculta en la esencia del acto en sí al tiempo que, imitando a Rumi, dirán:

Me he convertido en un esclavo,
Me he convertido en un esclavo, me he convertido en un esclavo;
Los esclavos son felices cuando alcanzan la libertad,
Pero yo me siento feliz y honrado de convertirme en un esclavo.

Esta gente no mide ni valora el trabajo o la acción por el resultado obtenido sino por cómo se ha hecho, si ha sido con un corazón puro y ha merecido la complacencia de Dios. Al actuar así no limita la grandeza de su sometimiento conectándolo a un premio o recompensa, no adultera acciones sagradas y divinas con actos que están ligados a la Tierra; y esta gente considera que sus acciones no son nada comparadas con el poder infinito del Todopoderoso y vive su vida en esa dimensión sumamente extensa que albergan en sus corazones.

Las personas que experimentan esta amplitud y profundidad, en todas sus emociones y pensamientos, y que sienten en lo más profundo de su corazón la satisfacción de ser vasallos del Todopoderoso, están a salvo de varios tipos de presiones. Y no solo están ellos a salvo, sino que han salvado a su humanidad gracias a que son conscientes de ser sirvientes ante una puerta que no va a impedir el paso de la luz; así es como una persona obtiene la libertad verdadera. Mientras que la conducta es un deber en el camino que lleva al reconocimiento de las bendiciones que proceden de Dios, bendiciones que se reciben por mucho que se las rechace, el hecho de que Dios siga enviando esos regalos por longitudes de onda diferentes es un segundo regalo.

Si los seres humanos son los representantes de Dios en la Tierra –y únicos por este hecho de tener el potencial para ser candidatos− trabajarán para Dios, lo iniciarán todo mencionando a Dios, serán ofendidos en nombre de Dios, amarán por Dios e intervendrán en la existencia en el marco de lo que ha sido garantizado por Él y, llevados por el anhelo de ser Sus representantes, cumplirán con cada uno de sus deberes. De este modo, no se enorgullecerán con el éxito ni se desesperarán con el fracaso. No alardearán de sus capacidades ni negarán la benevolencia del Complaciente; sabrán que todo proviene de Él y considerarán que todo lo que han hecho eran sus deberes. Su certidumbre se verá renovada con cada éxito y se volverán hacia su Señor, proclamarán su confianza y lealtad para con Dios e, imitando las palabras de Akif, repetirán unas cuantas veces al día:

Confía en Dios, aférrate al esfuerzo y únete a la Voluntad Celestial.
Si hay un camino, es éste; no conozco ningún otro que lleve a ese lugar.

Este será su himno. Siempre estarán en tensión, decididos, siempre entusiastas y comprendiendo su deber, porque vinculan su conducta y sus acciones al propósito de ser vasallos de Dios; No se pondrán arrogantes con sus éxitos y sus victorias, ni tampoco sentirán la desesperación de la derrota. Tendrán la misma decisión y determinación cuando sigan un camino recto, bajen una cuesta o escalen las pendientes más empinadas.

Y mientras este tipo de personas, para cumplir con su deber de representantes, son capaces de actuar de manera que aspiran a poner en movimiento todas sus capacidades mentales, espirituales y emocionales con acciones que superan la propia imaginación, se encuentran al mismo tiempo expectantes y meditabundas, imbuidas de sumisión, llenas de esperanza en lo que respecta a alternativas y confiando siempre en poder conectarse con Dios.

¡Este es el creyente auténtico y el mejor modelo de quienes adoran la verdad! Muchos de los que han logrado hacer esta conexión han ido y venido, y han transformado los caminos que les han llevado a los umbrales de los cielos… y todavía son muchos los que recorren estos caminos yendo hacia los días prometidos por el más Misericordioso. Los que han existido y ya se han marchado, y los que ahora siguen sus huellas, han vivido, y lo siguen haciendo, como héroes poseedores de estas características que nadie más posee.

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