El Propósito de la Vida

¿Vale la pena sufrir todas las dificultades de la vida? La respuesta depende de cuál sea nuestro objetivo en la vida. La verdad es que comprender el propósito de la vida es un proceso lento y absorbente. Percibimos su misterio al tiempo que reflexionamos sobre la humanidad y sobre nuestra propia existencia. La consecuencia es que nuestro concepto de vida evoluciona de forma gradual a lo largo de nuestras propias vidas.

El propósito de nuestra creación es evidente: alcanzar los objetivos más elevados en lo que respecta a creencia, conocimiento y espiritualidad; reflexionar sobre Dios, el universo, la humanidad, para así probar nuestra valía como seres humanos. La consecución de este ideal sólo es posible mediante la reflexión y la conducta sistemáticas. El pensamiento provoca una acción y con ella se inicia un «ciclo próspero». Este ciclo dará lugar a otros más complejos que se generan entre la espiritualidad del corazón y el conocimiento del cerebro, desarrollando así ideas cada vez más complejas y dando lugar a proyectos cada vez más ambiciosos.

La ejecución de ese tipo de proceso exige una creencia fuerte, conciencia y entendimiento. La gente que tiene estas características puede percibir y analizar los estilos de vida irreflexivos de los demás. Esta gente reflexiona, hace lo que considera correcto, y luego medita sobre su comportamiento profundizando constantemente en sus pensamientos y adquiriendo nuevas ideas. Cree que sólo son productivos aquellos que reflexionan intensamente, y que el dolor y el sufrimiento que padece fortalecerá su creencia y la hará más digna de aceptación.

Como estas personas viven una vida llena de reflexión gracias a la observación cotidiana de la creación, hay veces que la leen como un libro o bordan sus mentes con la visión adquirida. Al creer que el universo ha sido creado para ser «leído» y comprendido, buscan el propósito de nuestra creación como si fuera justamente eso.

Por sí sola, la existencia es abundancia que nos lleva a un próspero camino de recompensas. Si partimos de esta premisa tenemos que apreciar su valor. Como hemos sido creados al mismo tiempo que un universo lleno de recompensas, tenemos que utilizar estos regalos y aprovecharnos de ellos.

Para alcanzar este objetivo debemos utilizar nuestra determinación −una voz que se advierte y a la que solo ha conferido valor el Todopoderoso−, además de desarrollar al máximo nuestras capacidades y habilidades para así demostrarnos a nosotros mismos que somos seres con libre albedrío. Nuestro deber es reflexionar sobre nuestro lugar en la vida, sobre nuestras responsabilidades y acerca de nuestra relación con este enorme universo. Debemos utilizar nuestros pensamientos más íntimos para explorar el lado oculto de la creación. Al hacerlo, comenzaremos a sentir una experiencia más profunda de nuestro propio ser, veremos las cosas de manera diferente, atestiguaremos que los acontecimientos no son lo que parecen ser y nos daremos cuenta de que están tratando de decirnos algo.

Yo creo que este debe ser el verdadero propósito de nuestra vida. Somos las creaciones vivas más importantes de este universo. Lo cierto es que somos algo así como su alma y su esencia a partir de las cuales se desarrolla el resto del universo. Basándonos en este hecho, tenemos que reflexionar y observar el universo para poder realizar y satisfacer el propósito de nuestra creación. Nuestro deber es ir a la caza de percepciones y deleites divinos en nuestras almas y corazones, ya que esta forma de vida es la única que nos hará trascender los frustrantes cometidos de una vida dolorosa y totalmente materialista.

Lo que hace que merezca la pena vivirse esta vida tan penosa, es la alegría que sentimos cuando avanzamos en el camino y recibimos estos regalos. Aquellos que lo recorren gozan de instantes de lucidez de manera casi permanente. Y corren hacia su objetivo final llenos de entusiasmo, del mismo modo que el río se apresura en su marcha hacia el mar.

Nosotros no creemos que la felicidad provenga de fuentes exteriores de tipo temporal. La verdadera felicidad viene de dentro, aumenta de forma paralela a nuestra relación con Dios y se convierte en una vida eterna en el cielo…, si, somos así de felices. Nuestro mundo interior es un reino de percepciones Divinas y nuestras conciencias siguen a estas percepciones. Y al tiempo que gesticulamos y esperamos toda una vida por un mínimo atisbo, nuestras almas cantan con el placer más absoluto:

Nuestros corazones son Tu trono, ¡Oh Rey! ¡Bienvenido seas a nuestros corazones!
M. Lutfi[1]

Nuestra generación necesita guías que nos enseñen cómo conseguir este tipo de creencia, de procesos mentales y de felicidad. Su guía permitirá que nuestros jóvenes disfruten de serlo y tengan vidas honestas. Y una vez que sientan la inmortalidad en sus almas, experimentarán la existencia y la inexistencia como una misma cosa; podrán darse cuenta de que, en apenas dos segundos, podrán hacer mucho más de lo que imaginaban. Verán la Otra Vida reflejada en todas las cosas y gracias a ello podrán atestiguar la vida eterna; descubrirán que la vida merece la pena ser vivida; podrán comprobar que la creación entera amanece y atardece en sus almas; y viajarán por las dimensiones de sus almas lo mismo que si estuviesen viajando por las galaxias, observando la infinitud en el interior de las dimensiones que hayan alcanzado durante esta vida mortal.

[1] Muhammed Lutfi Efendi (1868-1956): Conocido también como Alvarlı Efe. Fue el imán del pueblo Alvar de Erzurum durante 24 años además de erudito, poeta y una de las personas espirituales más famosas de Turquía.
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