Amor, Tolerancia y Yihad en la Vida del Profeta

La bendita vida del Orgullo de la Humanidad, la paz y las bendiciones sea con él, estaba tejida con hilos de paz y tolerancia como si fuese una hermosa pieza de encaje. Para empezar, la paz es algo fundamental en el Islam. Hay muchos versículos en el Corán que están relacionados con este asunto. A modo de ejemplo, en uno de ellos se le dice al Profeta:

Y si (los enemigos) se inclinan por la paz, inclínate tú también y encomiéndate a Dios. En verdad, Él es Quien todo lo Oye y Omnisapiente. (Al-Anfal, 8: 61)

Imaginemos estar en una atmósfera en la que dos ejércitos han luchado uno contra el otro y se ha derramado sangre; si el enemigo renuncia a la lucha y quiere hacer un pacto, se ordena a los musulmanes que no reaccionen con sus emociones y que lo acepten, poniendo su confianza en Dios. De esta manera queda establecido un principio universal relacionado con este asunto. En consecuencia, hablar de lucha o de conflicto es absolutamente contrario al espíritu básico de una religión que ordena la reconciliación y los pactos, no solo en tiempos de paz, sino también en la guerra.

La misión del Profeta fue transmitir la fe tal y como Dios se lo había ordenado. Y lo hizo sin ningún tipo de prejuicio. Y hasta tal punto fue así que el profeta, este hombre de amor y paz, visitó muchas veces a los incrédulos más recalcitrantes, como Abu Yahl y ‘Uqbah ibn Abi Mu’ayd, sin dar muestras de resentimiento alguno. Solía decir con frecuencia: «Di que no hay más deidad que Dios y serás salvado».[1]

Lo que quería decir era: «Para lograr lo más elevado en tu corazón, debes ayudar a que la semilla de la creencia que ha sido plantada en él crezca hasta llegar al paraíso y así te procure la Otra Vida». En una ocasión Abu Yahl respondió a esta invitación de manera irrespetuosa y burlándose de ella: «¡Eh Muhammad! Si haces esto para que seamos testigos ante Dios de tu llamada, no me vuelvas a invitar a la religión. Lo atestiguo ahora mismo». Este incrédulo siempre respondía de manera irrespetuosa. Pero a pesar de los insultos de Abu Yahl, el profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, le hablaba del Islam cada vez que lo encontraba y nunca alteró su ejemplar conducta; aquellas palabras insultantes, la actitud y la conducta del otro, jamás llegaron a afectarle.

Un acontecimiento relacionado con el Orgullo de la Humanidad y con su enorme amor, compasión y tolerancia para con el género humano, es el que tuvo lugar durante la conquista de La Meca. Acabada la conquista, todo el mundo se reunió en torno al Profeta y, mirándole a los ojos, esperaron a que tomase una decisión con respecto al destino de la ciudad y de sus moradores. Un pequeño grupo del que formaba parte Ikrimah, el hijo de Abu Yahl, se había opuesto hasta el último instante a la entrada de los musulmanes en La Meca. Una vez más, los sentimientos de violencia y de venganza estaban desatados. En un momento en el que la atmósfera era increíblemente tensa, el Mensajero de Dios preguntó a los habitantes de La Meca que aguardaban con ansiedad: «¿Qué esperáis que haga con vosotros?». Algunos que sabían de sobra lo noble, indulgente y generoso que era no reprimieron sus sentimientos y dijeron. «Tú eres el más generoso de los generosos, el más noble de los nobles». El objetivo del Profeta no eran las riquezas ni las propiedades, ni tampoco la soberanía, el poder o la conquista del territorio. Su objetivo era salvar a la gente y conquistar sus corazones. Este ‘Hombre de Amor y Afecto’ proclamó su decisión con respecto a sus enemigos diciendo:

Hoy os diré lo que José dijo a sus hermanos: «Ningún reproche en este día para vosotros. Que Dios os perdone, pues Él es el Más Misericordioso de los misericordiosos». Podéis iros, sois todos libres”.[2]

El significado de esta actitud puede expresarse de la siguiente manera: «No sufráis dolor alguno. No tengo la intención de castigar a nadie. La conducta de cada persona muestra cómo es su carácter. Así es cómo hago yo las cosas».

Una vez de regreso en Medina, Ikrimah ibn Abu Yahl, que había derramado sangre durante la conquista de La Meca, fue convencido por su esposa Umm Hakim para que regresara del lugar al que había escapado; cuando llegó fue llevado ante el Príncipe de los Profetas, la paz y las bendiciones sean con él. Antes de entrar a ver al Profeta, los que estaban con él le dijeron que si pedía perdón el Mensajero de Dios le perdonaría. Es muy posible que antes de que llegase, el Profeta hubiese advertido a los presentes: «Ikrimah está a punto de llegar. No le ofendáis diciendo cosas impropias sobre su padre». Nada más entrar Ikrimah, el Mensajero dijo con afecto: «Bienvenido sea el que emigró en un barco». No esperando palabras tan llenas de amor y afecto, Ikrimah diría tiempo después: «Nunca olvidaré mientras viva la forma de comportarse del Profeta». Cuatro años después, Ikrimah se haría musulmán y luego moriría mártir en Yermuk. Susurrando las palabras «Oh Mensajero de Dios: ¿has encontrado el bien que esperabas como compensación del mal que cometió el que emigró en un barco?», Ikrimah se reunió con los demás mártires.[3]

Como ya hemos dicho antes, el deber del Mensajero era ser un ejemplo de las verdades que inculcaba a los demás. Dicho con otras palabras, tenía la obligación de practicar en su propia vida las cosas que predicaba. Antes de pedir a los demás que hicieran una cosa, él ya la había hecho. Las anécdotas que hemos mencionado hasta ahora tienen que ver con el carácter general del Príncipe de los Profetas, la paz y las bendiciones sean con él. Y sin embargo, hay algunos que se empeñan en malinterpretar la existencia y la llamada al yihad en el Sagrado Corán y en la Sunna, presentándolos como algo que está en contradicción con el afecto y el amor universal de nuestro Profeta. Pero el yihad también puede significar una lucha armada sometida a determinadas condiciones que a veces es necesaria para proteger valores tales como la vida, las propiedades, la religión, los hijos, el territorio y el honor. A veces también se recurre al yihad cuando es necesario eliminar obstáculos en el camino que lleva al establecimiento de la Palabra de Dios. Sin embargo, en nuestros días estas dos situaciones se confunden con demasiada frecuencia; unas veces se debe a la ignorancia y otras se hace de forma intencionada. El amor, el afecto y la tolerancia, en sus dimensiones más amplias, eran algo de lo que se disfrutaba en la Era de la Felicidad, una época llena de paz y facilidad, un tiempo que, en palabras del Profeta, fue «el mejor de los siglos». A decir verdad, ese período representa el cenit de la civilización islámica; fue una edad de oro en la que la paz, el amor y la comprensión ocupaban el lugar que les corresponde en la sociedad.

[1] Ibn Kazir, al-Bidayah wa’n-Nihayah, 3:62-63
[2] Al-Iraqi, al-Mughni an Hamli’l Asfar, 3:179.
[3] Ibn Azir, Usd al-Ghabah, 3: 567-570; Muttaqi al-Hindi, Kanz al-’Ummal, 13: 540-541.
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