Sobre Cómo Encontrar Nuestro Camino

Fethullah Gülen: Sobre Cómo Encontrar Nuestro Camino

Desde el día en que fuimos privados de la herencia de la Tierra, el mundo islámico ha estado sufriendo una desgarradora y difícil situación, atrapado entre las deficiencias de los musulmanes y los ataques despiadados de sus enemigos. El agravio, la injusticia y la opresión pueden ser los signos que caracterizan a los agresores; pero las debilidades de los musulmanes son inaceptables. Cuando el Mensajero de Dios dijo: «¡Señor, me refugio en Ti de la intrepidez de los pecadores y de la debilidad de los temerosos de Dios!», estaba probablemente refiriéndose a este asunto.

El hecho de que el pensamiento y el razonamiento musulmán se agitasen, fuesen interrumpidos, se estancasen y se pudriesen, significa que los musulmanes fueron mal dirigidos. Se apartaron de la vía recta que toma su dirección del Corán y que orbita alrededor del Profeta. Esta desintegración eclipsó la universalidad del Islam e impidió que esta religión universal cumpliese su cometido. Es evidente que tal desviación, que se ha convertido en crónica entre los musulmanes de los últimos siglos y especialmente entre sus líderes, no se puede erradicar mediante el establecimiento de unas cuantas escuelas, asambleas y conferencias. Tampoco puede ser totalmente comprendida en base a unos pocos y fugaces discursos, conferencias y propuestas.

Para erradicar esta desviación que viene ya de antiguo, cuyas raíces se remontan a varios siglos atrás y que se apoya en un uso erróneo de la ciencia y de la tecnología contemporáneas, es necesario que nos redescubramos a nosotros mismos, que nos encontremos, que sepamos quiénes somos y que volvamos a familiarizarnos con la conciencia islámica, con su estilo de pensamiento y razonamiento. Es preciso un esfuerzo a largo plazo, tenacidad, tiempo suficiente, una paciencia inagotable, una esperanza fuerte, una fuerza de voluntad inquebrantable y una serenidad constante. Sin embargo, si no podemos encontrar nuestro propio estilo y seguimos buscando la salida en el mismo agujero en que hemos caído, nos estaremos engañando a nosotros mismos, y habremos decepcionado, una vez más, a nuestras generaciones venideras.

En vista de todo ello, tenemos la obligación de ser conscientes mediante una concepción que contemple la creación y los aconteceres desde un punto de vista islámico y que lo examine todo mediante una forma islámica de razonar. Para lograrlo, nuestro conocimiento acerca de la humanidad, la vida y el universo, debe ser sólido y estar de acuerdo tanto con la esencia y con la realidad de la materia, como con su origen y su objetivo. Todas sus partes han de apoyarse mutuamente y colaborar. El todo y las partes deben de estar relacionados o interconectados entre sí, cual diferentes voces que interpretan un mismo tema, al igual que una composición que tiene un solo ritmo y métrica, como el bordado de un motivo central rodeado por un patrón que se repite. Cada fenómeno o cosa ha de ser percibida y reconocida como estando, de una u otra manera, esencial y significativamente interconectada con todo lo demás y con su entorno. En segundo lugar, ya que todas las cosas, seres y fenómenos del universo están plenos de mundos de sentido, contenido y conocimiento, de series, sistemas o composiciones de sabiduría, cual libro abierto a todos los seres y acontecimientos, como una deslumbrante y polifacética obra maestra llena de profundidades, reflejando y manifestando innumerables obras divinas, la razón y el entendimiento deben ser empleados para comprender todas estas realidades y aconteceres, para conocer las relaciones entre las partes más pequeñas sin enredarse en trivialidades. Al ser, en cambio, conscientes de lo general y lo universal que hay en lo singular y en lo particular, cuando nos aventuramos en eso general y universal a fin de incluir los detalles e indicaciones más remotas, podremos ser capaces de garantizar que unas áreas de nuestro trabajo y estudio, de nuestras pruebas y confirmaciones, y de los diferentes períodos de tiempo, no contradicen, niegan ni anulan las restantes áreas.

Esto no debe entenderse en el sentido de que la especialización o la división en departamentos deben ser ignoradas. Por supuesto, cada uno de nosotros debe especializarse en su propio campo, esforzarse en alcanzar la excelencia en su carrera y lograr los objetivos deseados en su propio ámbito de trabajo. Sin embargo, al hacer todo esto, el significado, el contenido, el estado y, en particular, la finalidad y los objetivos del conjunto no deben de ser descuidados. Esto debería llevarse a cabo de la manera más apropiada, ya sea a través de una conciencia colectiva, mediante una correcta transmisión del conocimiento, ya sea a través de una excelente coordinación o con genialidad. No hay duda alguna de que necesitamos adoptar esa perspectiva universal (genérica) y global (abarcadora), así como una evaluación general y objetiva.

Hoy necesitamos, sobre todo, una mente objetiva que pueda contemplar simultáneamente el ayer y el ahora, que pueda poner en perspectiva, al mismo tiempo, a la humanidad, a la vida y al universo, que pueda hacer comparaciones, que sea receptiva a las realidades de las causas y de las razones de la existencia, que sea consciente de los escenarios del resurgimiento, de la continuidad y el declive de naciones y comunidades, que pueda juzgar los errores, fallos y méritos de la sociología y la psicología, que esté alerta respecto al ascenso, la decadencia y la muerte en los ciclos de las civilizaciones. Necesitamos una mente que tenga la habilidad, la sana conciencia y la integridad de distinguir entre los medios y los fines, que sea respetuosa con los objetivos y que esté familiarizada con los principios y con la sabiduría de la Ley Divina y con los propósitos del Legislador (el Profeta), una mente que esté bien informada sobre los elementos esenciales que se aceptan como base para elaborar decretos religiosos y que esté abierta a los pensamientos e inspiraciones que provienen de Dios.

Mientras despejamos y liberamos los obstruidos canales de nuestro pensamiento y realineamos nuestro sistema de razonamiento, que se ha ido alejando de lo sublime y se ha enrarecido, a fin de que viaje en la órbita adecuada alrededor del Corán, no vamos a descuidar los secretos de la humanidad, de la vida y el universo. Además de actuar minuciosamente en base a los mandamientos religiosos integrándolos en la vida, lo cual es un acto fundamental, el cimiento de una larga e ininterrumpida continuidad, debemos allanar el camino tal y como el Mensajero de Dios lo hizo, haciéndolo fácil, con bondad y amabilidad, con tolerancia y compasión, todo lo cual ha demostrado ser un camino que alienta e invita mediante buenas nuevas, en lugar de ser un camino que desalienta y crea rechazo, asco y aversión.

Hay que poner el poder del conocimiento y de la contemplación al servicio del Islam y de la interpretación islámica, acabando, por lo tanto, con la esterilidad y la improductividad de los últimos siglos. Tenemos que lograr que, en todas partes, en casas y calles, en escuelas y lugares de adoración, pueda contemplarse la verdad que yace detrás de la humanidad, de la vida y el universo.

Hemos de volver a reabrir los caminos hacia la eternidad, bloqueados durante siglos. Debemos de elevar el Islam al primer y más importante asunto a tratar, haciendo que more en cada ámbito y lugar de la vida.

Tenemos que ser sensibles a la cuestión de causa y efecto y, por consiguiente, actuar de forma racional y calculada, de acuerdo con el principio de relación y proporcionalidad de las causas. Esta calidad de pensamiento, percepción, comprensión y madurez, facilitará nuestra renovación y reforma y nos proporcionará los fundamentos sobre los que basar una vida eterna.

Algunos podrían pensar que conceder tanta importancia a las causas resulta impertinente. Hasta cierto punto estoy de acuerdo. Sin embargo, la humanidad debe hacer aquello que está obligada a hacer y no debe interferir con aquello que la obra divina requiere. Nuestra responsabilidad es un deber, y recurrir a las causas en el cumplimiento de ese deber es una forma de súplica o petición presentada ante la puerta de la misericordia de Dios, equivalente a una oración hecha con el fin de obtener los resultados deseados. Para aceptar que esto es así, es preciso reconocer el hecho de que somos criaturas y que Él es el Creador, y reconocer Sus Atributos Divinos.

Sin embargo, está también la otra cara de la moneda. Dios nos concede el libre albedrío (cuya existencia se considera nominal) y lo acepta como una invitación a Su Voluntad y a Su Fuerza de Voluntad, y promete establecer los proyectos más esenciales en base a dicha Voluntad, un plan que ha implementado y que continúa implementando. Dios creó nuestra voluntad como un pretexto para alcanzar el mérito o el pecado, como base para la recompensa y el castigo, y la establece como un medio de distinguir el bien y el mal en nosotros.

En virtud de las consecuencias que implica, Dios atribuye a nuestra voluntad, que no tiene valor en sí misma, un valor por encima de todos los valores, de modo que si Él no lo hubiera hecho, la vida habría cesado, los seres humanos habrían sido reducidos a cosas inanimadas, la imposición de obligaciones a los siervos de Dios se habría convertido en algo inútil y todo se habría visto reducido a un sinsentido, a la inutilidad y al absurdo. Por eso Dios concede gran importancia a nuestra voluntad y a los deseos y ambiciones de la humanidad. Él lo acepta como condición para la construcción y la prosperidad de este mundo y del Más Allá, por lo que hace de ello un asunto importante, como el mágico interruptor de un poderoso mecanismo eléctrico que puede iluminar el mundo. De la misma manera, Él puede crear y dar existencia a un océano a partir de una gota, a un sol a partir de un átomo y a mundos enteros a partir de la nada, manifestando así una de las dimensiones de Su poder misterioso.

Ninguna causa ni cosa alguna gobierna, dirige o ejerce influencia sobre Dios, el Creador Todopoderoso. Nada constriñe Su Divina Voluntad ni Su Poder. Todo está decretado y Dios es el único y absoluto soberano. Sin embargo, la observación de las causas, atribuir efectos a las mismas y evaluar las causas de los efectos como piezas pequeñas y menores de una delegación, son también una orden de Dios. Por lo tanto, cuando las personas no respetan los principios de las leyes de la naturaleza creada por Dios, los llamados «Sunnatullah» (la vía de la obra de Dios, el curso de Dios, Su manera de hacer las cosas), creemos que fracasarán estrepitosamente en este mundo y, en cierta medida, también en la próxima vida.

¡Qué valioso fue el criterio del Califa Omar al evitar una zona asolada por la peste cuando dijo a los que no pudieron conciliar su huída con la idea de resignación ante el propio destino y la sumisión a la propia suerte: «Huyo de la Voluntad de Dios hacia la Voluntad de Dios»!

En nuestros actos, actividades, trabajos y esfuerzos, el no ser cuidadosos e interesarnos únicamente por los resultados, el hacer que dichos resultados sean el único objeto de nuestro deseo y sobrecargarnos innecesariamente es, al mismo tiempo, una forma de sufrimiento y una impertinencia, como si, Dios no lo quiera, uno estuviese negociando con Dios. Por otro lado, no tener en cuenta la libertad humana ni la fuerza de voluntad esperando obtener el resultado de modo extraordinario y casi milagroso, directamente de Dios, es una fantasía extraña, una ilusión y una causa de infortunio. El Corán dice repetidamente en varios capítulos «como recompensa por lo que hicieron», «como una recompensa por lo que se ganaron», o «como recompensa por lo que cometieron».

El Corán advierte a la gente que aquello que han experimentado y aquello que van a disfrutar o a sufrir de bien o de mal, es el resultado de la propia conducta, de las acciones y los hechos. Cuando el Mensajero de Dios, ejemplo perfecto de equilibrio de corazón, mente y conciencia, dijo: «En el día del Juicio, cuando no tenga ya oportunidad de dar un paso, el hombre será interrogado sobre donde transcurrió su vida, cómo utilizó su conocimiento, cómo obtuvo su fortuna y cómo la gastó y en qué empleó su cuerpo». Señaló así la honda y misteriosa relación entre causa y efecto, entre el esfuerzo y la ganancia.

Mientras el Islam, a través del Corán y la Sunna, regula la fe, las acciones, las oraciones, la moral y la vida del creyente en este mundo y el próximo, inspira al mismo tiempo, entre líneas, al mundo de nuestra mente, corazón, alma, emociones, conciencia y conocimiento, desde un reino de otras dimensiones, desde el mundo del más allá, cosas tan diversas, que conforma brisas celestiales en las profundidades de nuestra personalidad y crea emociones de colores divinos. De esta manera y a cada instante, el Islam hace renacer a la humanidad, una vez más, en una dimensión diferente.

Así pues, nos encontramos en la posición de vicegerentes de Dios, en condiciones de intervenir en los fenómenos naturales y de comprender y examinar los misterios de las leyes de la Naturaleza. Entonces somos capaces de percibir el libro del universo, que surge de la Voluntad y del Poder Divinos, y también somos capaces de comprender las declaraciones que se derivan del atributo divino de Kalam (Palabra) a través de la revelación, como las dos caras de una misma unidad, y podemos regular equilibradamente nuestros pensamientos y concepciones, actos y actitudes, nuestras reflexiones sobre este mundo y el más allá, en la Tierra y en los cielos.

El Islam teje su urdimbre y su trama a través de la mente, del cuerpo, del espíritu y de la conciencia de la humanidad, entrelazando las dimensiones de este mundo y del más allá mediante una colorida y rica gama de encajes. Giro a giro, los hilos de la mente, del cuerpo, del espíritu o de la conciencia, se extienden por encima y por debajo unos de otros, pero ninguno de ellos por sí solo es capaz de reflejar y representar el Islam, y ninguno de ellos expresa por sí mismo el Islam en su verdadero sentido e integridad.

El Islam, que es el más grande y más universal regalo del Poderoso Creador para todos, puede establecerse en la vida real por la humanidad, que es la referencia espiritual de toda la creación, en primer lugar por Su favor, mediante aquello que se hace desde la inteligencia, la conciencia, el espíritu, el cuerpo y mediante las cualidades interiores y sutiles del alma. Ampliaremos más este tema en los próximos capítulos.

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