Ya que Allah no necesita nuestras plegarias ¿por qué tenemos que hacerlas? Y si las hacemos, ¿por qué no podemos hacerlas de la manera que deseamos?

Consideremos nuestra posición aquí. No somos ni omnipotentes ni independientes, y tenemos necesidades que nosotros no podemos satisfacer. Somos débiles y vulnerables, y estamos sujetos a la preocupación, a la enfermedad, y a otros acontecimientos negativos. Cuando mi­ra­­mos la abundancia pura de las cosas animadas e inanimadas alrededor de nosotros, así como su enorme armonía y orden, no podemos por menos que reconocernos en nuestra propia fragilidad e insignificancia relativa. Esto despierta una necesidad profundamente interiorizada de reconocer lo Divino, y de venerar el gran poder misterioso que lo controla todo. Dado que cualquier cosa que podamos ver y tocar es transitoria y dependiente de otra, es indigna de nuestra plegaria, la lógica dicta que detrás de ellas hay un Ser Supremo, una Voluntad Trascendente guiando y controlándolo todo. Este Ser, por lo tanto, debe ser el objetivo de nuestra plegaria.

Observando más detenidamente la existencia, vemos la ley y el orden de las cosas y los acontecimientos, que lo abarca todo, así como su uniformidad, la regularidad y la obediencia a un Ser Todopoderoso. Así somos conscientes del hecho de que todo tiene una parte en esa ley y orden. Esa parte es su propósito o su deber. Cuando nos damos cuenta de que cada uno de nosotros somos también apenas una parte, concluimos que la existencia de cada individuo no puede ser un accidente en ningún sentido; sino, que cada individuo tiene un propósito y un deber específicos que cumplir.

En términos estéticos, nosotros nunca podremos emular la belleza de la creación. Desde nuestra propia forma hasta la belleza vigorosa y viva de las formas y colores innumerables que nos rodean, sin mencionar las estrellas y los planetas, todo causa un fuerte deseo dentro de nosotros de saber del Creador. Es como si todo hubiera sido diseñado y producido en otra parte y luego simp­le­mente colocado ante nosotros de modo que pudiéramos mara­villarnos, usarlo y beneficiarnos de ello. El mundo se presenta como una mesa lujosamente provista de alimentos y ornamentos para nuestro uso. Cuando alcan­za­mos cualquier pieza, inevitablemente sentimos la pre­sen­cia del Dador y nos invade incluso una mayor alegría y maravilla.

En términos religiosos, tales sentimientos y concepciones que se despiertan en el conocimiento humano, por naturaleza, son una forma de reconocer los Nombres y los Atributos Hermosos del Creador que permiten que Él Mismo sea conocido por Su creación. Cada bendición, excelencia y belleza habla del Uno que lo hizo posible. Cada sistema, equilibrio y orden indica al Uno que los estableció y los sostiene. En suma, nos sentimos naturalmente agradecidos con lo que Allah nos proveyó antes y nos provee ahora. Le adoramos porque se nos da a conocer a Sí Mismo.

Basándose en esto, los mutazilíes y hasta cierto punto los maturidíes[1], dicen que aun en ausencia de profetas o guías, debemos ser capaces de obtener algún conocimiento de Allah observando el universo y entonces debemos actuar en consecuencia. Hay alguna evidencia que sostiene este argumento: antes del Islam, muchas personas, incluyendo a Muhammad, nacieron y vivieron en La Meca, el centro del paganismo y la idolatría árabes; nadie les mostró el camino a Allah ni les habló de la Unidad de Allah.[2] Más aún, la historia cuenta las observaciones de un nómada del desierto de ese tiempo: "El excremento de camello muestra la existencia del camello. Las huellas en la arena indican la existencia de un viajero. El cielo con sus estrellas, la tierra con sus montañas y valles, y el mar con sus olas ¿no indican ellos la presencia del Todopoderoso, el Omnisciente y el Sabio?" Si esto lo puede entender un beduino sencillo, ¿qué ocurre con los otros? ¿Qué pasa con Muhammad, que sería designado un día para entregar la Revelación final de Allah? Mucho antes de que la Revelación comenzara, él entendió la realidad del mundo, percibió la Verdad en el gran Libro del Universo y comenzó a buscarlo. Refugiándose en la cueva Hira, se dedicó a la adoración. Aisha, contándolo directamente de Jadiya, dijo que él se dedicaba al rezo, y sólo de vez en cuando volvía a su casa para aprovisionarse.[3] Esto quizás indique que podemos alcanzar algún grado de conocimiento si se lo suplicamos a Allah.

Zaid ibn Amr, el tío de Omar ibn al-Jatab, alcanzó una comprensión semejante. Aunque murió antes que Muhammad –la Paz sea con él-, sentía intuitivamente la verdad del Islam en el aire, así como el significado y la importancia de la venida del Profeta Muhammad. Cuando estaba agonizante, llamó a los miembros de su familia y les dijo: "La luz de Allah está en el horizonte. Creo que surgirá entera muy pronto. Siento sus signos sobre nuestras cabezas". continuó dirigiéndose a Allah: "¡Gran Creador! No he podido conocerte a Ti completamente. Si Te hubiera conocido, habría inclinado mi cara hacia el suelo ante Ti y nunca la habría levantado."[4]

Evidentemente, una conciencia pura libre de cualquier huella de paganismo y de politeísmo puede entender su propia condición y su deber mediante el esplendor y la armonía de la creación. Así puede buscar para servir y complacer al Uno que creó y ordenó todas las cosas.

Conocer a Allah implica venerarLe. Como Él nos provee de todo, nosotros estamos obligados a servirLe. Una de estas bendiciones es la oración: el salat[5]. Allah nos dice cómo hacer el salat para que lo hagamos correcta y efectivamente.

Allah enseñó al Profeta cómo hacer el salat y nosotros tenemos que seguir su ejemplo. Hay ciertas reglas para seguirlo. Antes de comenzar, debemos purificarnos con la ablución apropiada. Según nuestras circunstancias, ésta puede ser ghusl -la ablución completa-, wudu -la ablución regular-, o tayammum -la ablución con tierra en ausencia de agua-. Entonces, decimos Allahu Akbar, queriendo decir que nada es más grande que Allah. Estando en una calma pacífica y respetuosa, con las manos unidas juntas sobre nuestro pecho, estamos indicando nuestra rendición completa. Concentrarnos completa y profundamente en lo posible nos permite que experimentemos, dependiendo de nuestro nivel de desarrollo espiritual, la ascensión del Profeta en nuestro espíritu. Creciendo interiormente, nos inclinamos hacia adelante para renovar nuestra rendición física y expresar nuestra humildad. Cuando lo hacemos así, experimentamos una etapa diferente en nuestra obediencia y así nos postramos en reverencia y humildad plenas. Según la profundidad de la rendición, entramos en diferentes dimensiones. Esperando el progreso adicional, levantamos la cabeza, decimos unas palabras, y luego la bajamos otra vez para la segunda postración. Después de esto, podemos comprender el significado del hadiz del Sahih de Muslim: "Cuando más cerca está el siervo de Allah es durante la postración. ¡Haced más súplicas al postraros!"; y el significado de: "Que te ve cuando estás de pie y ve las posturas que adoptas entre los que se posternan" (26:218–19).

La adoración, en la forma enseñada por la orientación divina, es la que mejor fluye del amor, de la admi­ración y de la sumisión a Allah, que la confianza en Él y el conocimiento de Su Ser Divino engendra. Siguiendo el método prescrito por Allah y Su Profeta Le complacemos y nos beneficia aún más.

Estamos en necesidad constante de ayuda, de dirección, y de consejos. Imaginaos que el dueño juicioso de un negocio os da un consejo sensato y libre sobre el funcionamiento de su negocio, ¿rechazaríais tal consejo? Si rezamos según el método revelado, evitamos las dificultades del exceso y de la impropiedad y obtenemos ventajas y bendiciones más allá de nuestra imaginación. Tal vez decir "¡Allahu Akbar!" libera la Piedad Divina e inspira nuestra alma para emprender un viaje como la ascensión del Profeta al cielo. Quizás, recitar el capítulo de Apertura -Sura al-Fatiha- del Corán abre el camino al misterio más oculto. Con cada palabra, gesto, movimiento y modelo, podemos abrir puertas ocultas y cerraduras secretas que conducen a dimensiones ocultas y a la eterna dicha. El salat prepara todos los caminos y abre todas las puertas. Allah oye nuestras recitaciones y súplicas, y los ángeles se reúnen alrededor de nosotros cuando nos postramos con sinceridad. Nadie puede argumentar que tales cosas no ocurren, pues de hecho los hadices del Profeta Muhammad –la Paz sea con él- confirman que ello sucede. Esto es por lo que el modelo más aceptado del salat es el prescrito por Allah.

Cuando compramos algo, ¿inventamos nuestras propias instrucciones sobre cómo usarlo, o usamos las instrucciones proporcionadas por el fabricante? Como el Creador sabe qué hará que prosperemos en este mundo y en el siguiente, deberíamos seguir lo que Él ha revelado y del modo como Su Mensajero lo practicó en su vida diaria. Somos nosotros quienes tenemos que adorar a Allah; Allah es El que tiene que ser adorado - Él está libre de toda necesidad.



[1] Dos escuelas de pensamiento que aparecieron en los años tempranos del Islam. Los mutazilíes utilizaron las técnicas del razonamiento lógico griego para atacar la jurisprudencia musulmana ortodoxa. Los maturidíes utilizaron las mismas técnicas y los mismos argumentos para defenderlo.
[2] No había cristianos o judíos en La Meca. Los mequíes que rechazaron la idolatría eran conocidos como los Hunafá, los que habían deducido por medio de la observación de la naturaleza que tenía que existir sólo un Creador. Sin embargo, no conocían nada acerca de Allah ni de las Escrituras de los cristanos y los judíos. Los paganos de La Meca, dirigidos por la tribu de los coraichíes, no mostraron ningún interés por las creencias de otros pueblos, de modo que no busca­­ron conocimiento religioso adicional. Sus intereses principales eran el comercio, la lucha contra otras tribus, recordar a sus antepasados y hacer lo que consideraban beneficioso a sus propios intereses. En cuanto a los maestros de Arabia, los coraichíes no mostraban ni la necesidad ni el deseo de aprender nada dife­ren­te.
[3] Bujari, Sahih, "Bad'u al-Wahy,"3.
[4] Ibn Sad, Tabaqat, 1:161-62; Ibn Hayar, Al-Isaba.
[5] El salat es una oración, en concreto, las cinco oraciones obligatorias de cada día y el segundo de los Cinco Pilares del Islam.
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