¿Por qué menciona el Corán a una persona como Abu Lahab, enemigo acérrimo del Islam? ¿Cuál es la sabiduría que se halla en este hecho? ¿Cómo se relaciona esto con la dignidad y la elocuencia del Libro Divino?

Abu Lahab era uno de los tíos del Profeta Muhammad, la paz y bendiciones sean sobre él. Su verdadero nombre era Abd al-Uzza. Habitualmente lo llamaban Abu Lahab (que literalmente significa «el padre del fuego») por su tez rubicunda y su fiero temperamento. Él era uno de los enemigos más empedernidos del Islam. Su hostilidad se hallaba implícita en su arrogancia innata, su orgullo por su gran riqueza e hijos y el hecho de que no le agradasen los mensajes que el Profeta comunicaba.

La esposa de Abu Lahab, Umm Yamil, era igualmente vehemente en su rencor y crueldad contra el Profeta y sus seguidores. Su odio era tan intenso que, para causarle daños corporales al Profeta, a menudo preparaba haces de espinas con cuerdas de la fibra de palma enroscada y por las noches las esparcía alrededor de la casa del Profeta y en los caminos por los que supuestamente iba a pasar. También utilizó su considerable riqueza y gran elocuencia para difamar continuamente al Profeta y su mensaje.

En aquellos tiempos del Islam, el Profeta llamaba a la gente a unirse y escuchar su predicación y advertencias. Cuando se habían juntado, les preguntó: «¿Si os informara diciendo que los guerreros enemigos están a punto de caer sobre vosotros desde detrás de aquella colina, me creeríais?» Ellos contestaron: «Sí». Con eso él dijo: «Mirad, entonces, pues estoy aquí para advertiros la venida de la Última Hora». En aquel momento, Abu Lahab estalló de ira y blasfemó al Profeta diciendo: «¿Nos convocaste aquí tan sólo para decir eso? ¡Ojala perezcas!». Poco después de aquel acontecimiento la Sura Masad (la número 111, también denominada Tabbat) fue revelada, cuyo titulo proviene de la última palabra, masad (los hilos retorcidos). Es la sexta Sura en el orden de revelación y versa sobre la amarga hostilidad siempre mostrada al mensaje del Profeta por parte de Abu Lahab.

¡Que se deterioren las manos de Abu Lahab! Y perdidas están. De nada le servirá su riqueza ni todo lo que ha adquirido. Se abrasará en un fuego inflamado. Y su mujer acarreará leña, con una soga de fibra en su cuello. (Masad 111)

Abu Lahab y su esposa utilizaron su voluntad y riqueza en el camino equivocado. Aunque vivían muy cerca del Profeta, nunca trataron de entender su mensaje. Mientras el Profeta y los musulmanes marchaban hacia la Kaba, ellos esparcían espinas y encendían fuegos para impedir su avance. Malgastaron su vida con una rabia y odio implacable, conspirando con complots y manteniendo persecuciones crueles; su castigo sería del mismo tipo que el sufrimiento inflingido despiadadamente por ellos a los musulmanes.

Abu Lahab no pudo participar en la Batalla de Badr. Estaba sentado en una gran tienda de campaña cerca de la Kaba cuando le transmitieron noticias de la batalla. Cuando le narraron de primera mano como «Unos hombres vestidos de blanco con turbantes montando caballos picazos entre el Cielo y la Tierra» habían ayudado a los musulmanes y habían luchado contra los incrédulos, se estremeció. Umm al-Fadl, la esposa de «Abbas», y Abu Rafi, el «esclavo» de Abbas, estaban entre aquellos que escuchaban las mismas noticias en la esquina de la tienda de campaña. Los dos eran musulmanes que habían guardado en secreto su conversión al Islam. Pero Abu Rafi no se pudo contener más al oír las noticias de la victoria del Profeta. Cuando escuchó las palabras «hombres vestidos de blanco con turbantes, entre el Cielo y la Tierra» exclamó: «Por Dios, aquellos hombres a caballo no eran sino ángeles». De repente, un impulso desesperante de rabia invadió a Abu Lahab que golpeó a Abu Raf en la cara, lo aplastó sobre la tierra, clavó sus rodillas en él y lo golpeó reiteradamente. Entonces Umm al-Fadl cogió un pedazo de madera y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza de Abu Lahab, hiriéndolo gravemente. «¿Aprovechándote de la ausencia de su dueño le pegas a un esclavo?» ella gritó. Como era su cuñada, Abu Lahab no le dijo nada y se fue a su casa directamente. Su herida no mejoró y se inició un proceso de putrefacción en la misma. Como resultado de esta herida o por otros motivos desconocidos, se infectó con una enfermedad denominada «adasa» (un tipo de sarampión) que por aquel entonces se consideraba más mortal que la peste. Ni su riqueza, ni su posición ni sus hijos le sirvieron de provecho alguno. Es más, su propia esposa e hijos, de los que siempre se jactaba y vanagloriaba, lo abandonaron. Su cuerpo entero se cubrió de pústulas purulentas. Después de retorcerse de dolor durante una semana, se murió sin tener a nadie que le atendiera en su lecho de muerte. Nadie vino para retirar su cadáver de la casa hasta que sus parientes, avergonzados por la situación, contrataron a algunos beduinos del desierto, y les hicieron sacar el cadáver putrefacto, arrojarlo a un hoyo y amontonar piedras sobre él a modo de sepultura.

Abu Lahab no solamente se privó de la compañía del Profeta, sino que a pesar de su parentesco con él, se convirtió en su enemigo más acérrimo. Por lo tanto, un final terrible y un severo castigo tanto en este mundo como en el siguiente fueron su cuota. Sus manos, los instrumentos de sus acciones, se deterioraron, y él pereció. Sus palabras, su poder y su influencia le fueron inútiles.

Umm Yamil procedía de una familia noble y adinerada llamada Banu Umayyad. Ella nunca dejo de continuar con las persecuciones crueles e implacables infligidas sobre el Profeta y los musulmanes, sino que más bien todo esto le proporcionaba un profundo y malévolo placer. Recogía espinas y las ponía en el camino del Profeta; y también llevaba madera y leña para que fueran quemadas en los caminos por los cuales el Profeta supuestamente iba a pasar. «Llevar maderas de fuego» también puede ser —en su traducción literal del árabe— una metáfora refiriéndose a «contar chismes» para hacer surgir conflictos entre la gente, que era uno más de sus depravaciones. A pesar de su excesivo amor por el lujo ostentoso y por tener criados, la rabia que sentía hacia el Profeta y el Islam era tan grande que dejó a un lado su orgullo de pertenecer a una clase social elevada y se dedicó a hacer cosas que, en aquellos tiempos, sólo eran realizadas por parte de los esclavos y los criados. En lugar de collares y joyas, gozaba enormemente al ponerse una cuerda de fibra de palmera enroscada alrededor de su cuello en la que llevaba las espinas y la madera empleadas en contra del Profeta. Su castigo en el Más Allá sería de la misma forma en la que ella causaba sufrimiento a los musulmanes en este mundo. El Sagrado Corán lo da a entender así.

Abu Lahab era una persona particularmente decidida y obstinada. Abu Yajl, quien conocía este aspecto del carácter de Abu Lahab decía: «No lo enfurezcáis nunca; ya que si se empecina con la otra parte —es decir, los musulmanes—, nadie será capaz de hacerlo dar marcha atrás». Lamentablemente, Abu Lahab utilizó esta determinación en el camino de la enemistad contra el Profeta. Él y su esposa adoraron los ídolos que se encontraban en la Kaba. Pero nunca se molestaron en reflexionar acerca de la enseñanza del Profeta, aunque fuera un pariente cercano, que había crecido en su vecindario y conocido por todo el mundo (incluso por ellos mismos) por la firmeza de su carácter, su honestidad impecable y su honradez. Mientras, ellos no tenían ni la más mínima idea de que su pariente y vecino había sido elegido por Dios como Su Último Mensajero para los seres humanos así como tampoco habían sufrido ningún daño por su parte. Sin embargo, tomaron la determinación, de la manera más resuelta y rencorosa, de herirlo y hacerle daño hasta donde llegaba su influencia y poder.

Abu Yajl, un aliado cercano y socio de Abu Lahab, organizó el boicot económico y social que duró tres años contra los musulmanes en La Meca. El boicot prohibía cualquier comercio o compromiso de matrimonio entre los musulmanes y los idólatras. Algunos hombres muy mayores y otros muy jóvenes entre los musulmanes murieron como resultado de las privaciones, tanto físicas como mentales, que fueron impuestas sobre los mismos. Tristemente, sus sufrimientos no provocaban en Abu Lahab ningún sentimiento de pena o compasión.

La esposa del Profeta, Jadiya (Umm al-mu’minun —la madre de los creyentes—), murió en aquellos días. En el mismo año, que se llamaría más tarde como «el año de la tristeza», se murió otro tío del Profeta, Abu Talib, muy querido por él y el protector más importante y digno de confianza de los musulmanes. Si no fuera por la autoridad y la influencia de Abu Talib, los idólatras de La Meca no habrían vacilado en matar sin contemplaciones al Mensajero. Sin embargo, aunque protegía a los musulmanes como si fueran sus propios parientes, Abu Talib no abrazó el Islam. Él era uno de los que el Profeta particularmente deseaba que creyera. Cuando Abu Talib estaba en su lecho de muerte, el Mensajero otra vez lo invitó al Islam, pero los idólatras como Abu Yajl y Abu Lahab lo rodearon para impedir su aceptación al Islam. Al Profeta le invadió una profunda pena el hecho de que Abu Talib hubiera fallecido sin que hubiera cambios en su incredulidad.

En el día de la conquista de La Meca, Abu Bakr, el Compañero más cercano del Profeta, llevó a su anciano padre, que había aceptado entonces el Islam, al lado del Mensajero de Dios. Abu Bakr lloraba amargamente y después explicó el por qué de su tristeza diciendo:

Oh, Mensajero de Dios, deseaba muchísimo que mi padre aceptara el Islam, y ahora ya es un creyente. Pero deseaba aún más la conversión de Abu Talib ya que tú lo deseabas. Es por eso que estoy llorando.

Mientras que Abu Talib hacía lo posible en pos de proteger al Profeta, el hermano de Abu Talib, Abu Lahab, tomaba parte en todo tipo de crueldades contra el Profeta y los musulmanes.

Cuando el Profeta iba de un clan a otro para invitar a la gente a creer en el principio de que todos los seres humanos son iguales ante Dios y serán juzgados por Él solamente según sus méritos, un hombre, con barba pelirroja y tez rosácea lo seguía como una sombra y trataba de socavar la grata impresión que creaba sobre la concurrencia que le escuchaba. Mientras que la gente de los clanes y tribus más lejanos venían con la intención de firmar un pacto de parentesco con el Profeta, Abu Lahab consideraba mantenerse lejos del Mensajero de Dios casi como una obligación. Se asemeja a un ciego, que de una manera obstinada rechaza hasta la luz del Sol que se halla a su alrededor, a quien el Corán menciona diciendo: ¡Que se deterioren las manos de Abu Lahab!

Hay varios versículos en el Corán que aluden directa o indirectamente a la gente que hizo todo lo que estuvo en sus manos para molestar al Profeta, menospreciar su doctrina y perjudicar a aquellos que le creyeron. Uno de estos enemigos empedernidos fue Walid ibn Mughira, el padre de Jalid, el cual pronto se convertiría en el primer comandante militar del Islam. Walid buscaba diferentes formas de difamar al Profeta y debilitar la maravillosa influencia que los versículos coránicos provocaban en aquellos que los escuchaban. Vacilaba en decidir cómo acusar al Profeta: tildarle de «poeta», «mago» o «adivino». Finalmente decidió tildar de «magia» el Corán y «mago» al Profeta. Este acontecimiento se menciona en el Corán en el versículo:

¡Pobre de él! ¡Cómo ha podido llegar a esa decisión! (74:19)

Otros incrédulos son recriminados y amenazados en otros versículos. Así que no hay ningún motivo para que Abu Lahab sea excluido. En efecto, si Abu Lahab no hubiera sido reprochado mientras que Walid ibn Mughira lo había sido, seguro que algunas personas se preguntarían si Abu Lahab no fue incluido sólo debido a su relación familiar con el Profeta. Pero el Corán no hace especial mención a esto e incluye a Abu Lahab en la misma categoría que a todos los incrédulos idólatras. La Sura con el nombre de Abu Lahab fue revelada en La Meca, justo antes de la Batalla de Badr. El Corán dijo que Abu Lahab y su esposa iban a morir como incrédulos, y así fue sólo una semana después de Badr. Antes de los enfrentamientos en Badr, el Profeta andaba por los alrededores del campo de batalla y señaló unos sitios en particular diciendo: «Abu Yajl será asesinado aquí, Utba aquí, Shayba aquí, Walid aquí»[9] etcétera. Después de la batalla los Compañeros encontraron los cadáveres donde el Profeta lo había predicho. Esto sirvió para elevar la moral de los creyentes en el momento en que ellos eran pocos y sus enemigos los superaban en número. De un modo parecido, la predicción y la muerte de Abu Lahab sirvió para elevar la moral de los creyentes y se convirtió en una precaución, en una severa prevención para todos.

A veces un conocimiento adquirido a través de una leve desgracia o calamidad pueden conducir a un éxito espiritual de tal manera que (si el velo de lo Invisible y lo Oculto se retira y el hombre contempla lo que ha ganado) podría desear que se repitieran las desgracias y las calamidades, porque en comparación con lo que se ha ganado, las desgracias o las calamidades no son nada. Por otra parte, hay gente cuya humanidad está tan arruinada, que se creen condenados a perderla permanentemente; estos no pueden ganar ya nada de las desgracias. Aunque el Corán emplee o no un severo y amenazante lenguaje, eso no va a afectar en nada al progreso ni las consecuencias de sus acciones. Aquella gente determinó y preparó su propio final irreversible. Algunos lectores consideran la mención específica del Corán a Abu Lahab y su esposa inadecuada a la dignidad de una Escritura Divina pero, durante siglos, los versículos han animado a millones de personas a reflexionar sobre sus intenciones y acciones, a buscar la manera de evitar caer en la condición de Abu Lahab y su esposa, a animarse los unos a los otros para seguir en el camino recto. Por lo tanto, hay mucha sabiduría en la mención del nombre de Abu Lahab en estos versículos; ya que tanto psicológica como pedagógicamente ha resultado ser útil y necesario para el bien de los creyentes.

Al mismo tiempo, el capítulo produjo dudas en los incrédulos. Convirtiendo su incredulidad firme en dudas, hizo más fácil para ellos abrazar el Islam. La afirmación de la fe, encarcelada por mucho tiempo en su conocimiento, fue capaz de penetrar en su corazón y la mente. Muchas personas abandonaron su firme incredulidad y se hicieron musulmanas, y comenzaron a guiar, informar e iluminar a los demás.

En síntesis, mencionar específicamente a una pareja conocida por su irreductible odio al Islam, exponiendo la ira Divina en la cual el odio persistente incurre y el hecho de que se indique específicamente aquella pareja, no es un ejemplo de falta de estilo. Al contrario, es una prueba más de la profundidad y la maravillosa variedad de métodos y significados del Corán. Es como lanzar una pequeña piedra al océano y producir una secuencia interminable de ondas a lo largo y ancho de aquel océano. Aquella secuencia de ondas ha estado moviendo continuamente el corazón de millones de personas. El Corán fue revelado en un estilo tan sublime que, al informar acerca de la muerte de un individuo en la incredulidad de una manera que equilibra la atracción y la repulsión, el capítulo se convirtió en un medio para que millones de personas sean orientadas. Su significado es mucho más vasto que la sola mención, a primera vista, de dos individuos en concreto. Y esto conviene y concuerda con la elocuencia, la claridad y el significado del Corán, que es la gran sabiduría y lo apropiado.


[9] Abu Dawud, 2/53; Muslim, 5/170.

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