La vida del Profeta antes de su Misión Profética

El profeta Muhammad fue criado bajo la atenta mirada y el cuidado de Dios. Su padre Abdullah murió antes de que él naciera, lo cual hizo que depositara su confianza en Dios y se entregara completamente a Él. Visitó la tumba de su padre años después en Medina, su corazón lloró desconsoladamente, y a su vuelta dijo: «Lloré por mi padre y supliqué a Dios para que le perdonara».

Después de la muerte de su padre, Dios lo privó del apoyo de los demás y lo orientó para que se diera cuenta de que no hay más deidad que Dios, Quien no tiene copartícipes.

Su abuelo y su tío le protegieron hasta cierto punto pero él se percató de que su verdadero protector era Dios. Detrás de cada fenómeno, y de cada causa y efecto, pudo discernir al Único Creador del Universo y de las causas. En la luz de la Unidad Divina —tawhid— le sería manifestado que Dios es el Único. Es decir, él sería examinado en este mundo de sabiduría, donde las causas y los medios materiales tienen lugar en cada logro, y así tendría que usar las causas y medios materiales necesarios y tomar las medidas adecuadas para lograr cada objetivo. Tendría que depender totalmente de su Señor y suplicarle ayuda, así demostrando que sólo Dios puede crear los resultados y dar el éxito.

Como resultado de la muerte de su padre, le llamaron «El Incomparable Diamante Huérfano» —Durr-i Yekta—. Con referencia a esto, Dios se dirigió a él años después:

Y con toda certeza constantemente te concederá favores uno tras otro y te hallarás contento. ¿No te encontró huérfano y te dio cobijo? ¿Y te encontró sin guía (por el Mensaje de Dios) y (te) guió? ¿Y te encontró necesitado, y te hizo autosuficiente? Por lo tanto, no oprimas al huérfano; ni reprendas y eches al que pide. (93:5-6, 8-10)

El Incomparable Diamante Huérfano también perdió a su madre, Amina, a una temprana edad. Cuando ella murió en Abwa a la edad de veinticinco o veintiséis años, durante el camino de vuelta tras visitar la tumba de su marido en Medina, Muhammad tenía sólo seis años. Así, él aprendió el dolor de no tener padre ni madre. En efecto, él aprendería y sufriría todo, ya que había sido enviado para enseñar todo a la humanidad y ser un ejemplo en el amplio sentido de la palabra.

Su abuelo Abdulmuttalib, un anciano respetable de La Meca, se dedicó a protegerle. Por esta razón, Dios salvó a Abdalmutalib de la desgracia. Él acogió a su querido nieto, y siempre le ofreció un sitio preferente en su casa.

Él sintió que Muhammad crecería para salvar a la humanidad. Muhammad era tan noble y educado que su abuelo suponía que sería un Profeta. Él no era el primero de sus antepasados en serlo, no obstante: Kab ibn Luayy, a quien algunos consideran un profeta, predijo que el Último Mensajero se criaría entre su propia progenie. Él lo mencionó con su nombre:

De repente el profeta Muhammad aparecerá;
Él dará noticias y será veraz en ellas.

Abdulmuttalib, a quien ni el gran ejército de Abraha consiguió hacer que se le llenaran los ojos de lágrimas, lloró amargamente cuando estaba en el lecho de muerte. Cuando su hijo Abu Talib le preguntó qué ocurría, contestó: «Lloro porque ya no podré abrazar a Muhammad» y añadió: «Tengo miedo de que algo le pueda pasar a mi Diamante Incomparable. Te lo confío».

Abu Talib asumió la protección de Muhammad y, a cambio, a su hijo ‘Ali le sería otorgado ser el padre de la progenie de Muhammad. Después de convertirse en Profeta, el Mensajero de Dios le dijo a ‘Ali: «La progenie de cada Profeta ha descendido de él, pero mi progenie descenderá de ti». ‘Ali sería el santo más grandioso y el padre de los santos que habrían de llegar hasta el Último Día, como representante de la santidad del Profeta. Esta es la recompensa de Abu Talib por ayudar a Muhammad.

Abu Talib protegió a Muhammad con suma atención. Ibn Ishaq, entre otros historiadores y biógrafos, relata que él llevó a su sobrino a Siria en una caravana comercial cuando Muhammad tenía diez o doce años. Pararon cerca de Damasco y le dijeron a Muhammad, que como era el más joven, cuidara de la caravana. Desde un monasterio cercano, un monje cristiano, Bahira, observaba la caravana. Él esperaba la llegada del Último Profeta, y de este modo siempre estudiaba a la gente. Notó que una nube seguía la caravana de tal modo que uno de sus miembros siempre tuviera sombra.[14] Él pensó: «Ésta es una característica especial de los Profetas. El Profeta esperado debe de estar en aquella caravana».

Cuando la caravana se detuvo cerca de su monasterio, Bahira invitó a sus miembros a una comida. Al notar que la nube todavía se cernía sobre la caravana, preguntó a Abu Talib si alguien había sido dejado atrás. Abu Talib contestó que habían dejado a un muchacho joven para cuidar de las cosas. El monje les pidió que lo trajeran. Cuando Muhammad llegó, Bahira llevó a Abu Talib a un lado y le preguntó sobre su relación con el muchacho. «Es mi hijo» contestó Abu Talib, pero Bahira rechazó esto, diciendo: «Él no puede ser tu hijo. Según nuestros libros, su padre debe haber muerto antes de su nacimiento». Luego añadió: «Déjame darte este consejo. Lleva a este muchacho de vuelta inmediatamente. Los judíos son envidiosos. Si lo reconocen, le harán daño». Abu Talib puso una excusa a los otros miembros de la caravana y volvió a La Meca con su sobrino.[15]

El profeta Muhammad hizo un segundo viaje cuando tenía veinticinco años, con la caravana comercial de Jadiya, una viuda respetable con la que se casaría más tarde. Durante el viaje, él se encontró con Bahira una vez más. El monje se puso muy contento con este segundo encuentro, y le dijo: «Serás un Profeta, el Último Profeta. Quiero que Dios permita que yo viva para verte surgir como un Profeta. ¡Yo te seguiría, llevaría tus zapatos y te protegería contra tus enemigos!».

Un acontecimiento principal de los primeros años de la vida de Muhammad fue la guerra fiyar (sacrílega) que aconteció durante su adolescencia. Era la cuarta guerra que violaba la santidad de los meses sagrados Dhul Qadah, Dhul Hiyya, Muharram y Rayab y el territorio sagrado de La Meca. Su causa directa fueron los celos y la animosidad de dos hombres. Uno era de los Banu Kinanah —un grupo miembro de la confederación de tribus Quraish— y otro del Qays-Aylan—un clan importante de la tribu Hawazin—. El futuro Profeta, que terminaría con toda la injusticia y la anarquía, ayudó a su tío Zubayr ibn Abdulmuttalib juntando las flechas del enemigo, quien representaba a los Banu Hashim en la guerra.

Otro acontecimiento importante fue su presencia en la reunión resultante del hilf al-fudul —la alianza de los virtuosos—. Esta liga contra la injusticia fue patrocinada principalmente por las tribus Banu Hashim y Banu al-Muttalib. Fue creada para asegurar que los comerciantes extranjeros no fueran más privados de sus derechos por más tiempo, como ocurrió cuando el quraishí ‘As Ibn Wa’il se apropió de los bienes de un comerciante yemení. El yemení apeló a los líderes quraishíes en demanda de ayuda, pero éstos le ignoraron.

Cuando los Banu Hashim, la tribu de Muhammad, se enteraron de esto, decidieron formar el hilf al-fudul y obligar a restituir el dinero del comerciante. Hicieron el juramento de que siempre que alguien en La Meca, ciudadano o forastero, sufriera una injusticia, ellos le ofrecerían apoyo hasta que la justicia fuera restablecida. A Muhammad le impresionaron tanto estos nobles objetivos, que diría más tarde: «Asistí a la conclusión de un acuerdo en la casa de Abdullah ibn Yudan. Yo no lo cambiaría por la mejor ganancia material. Si alguien lo reivindica en el Islam, yo le apoyaría».

La infancia y la juventud de Muhammad fueron un preludio de su Misión Profética. Aparte de otras características excelsas y laudables, todos estaban de acuerdo en su veracidad y honradez. Nunca mintió, engañó, faltó a su palabra, o participó en rituales paganos. Hasta sus enemigos más implacables le llamaron al-Amin, «el veraz, digno de confianza». La gente decía:

Si tenéis que viajar y necesitáis a alguien para cuidar de vuestra esposa, confiádsela a Muhammad sin vacilar, ya que él ni siquiera intentará vislumbrar su rostro. Si queréis dejar en buenas manos vuestra riqueza para salvaguardarla, confiadla a este hombre honrado y honesto, ya que él no la tocará nunca. Si buscáis a alguien que nunca diga una mentira y nunca falte a su palabra, id directamente a Muhammad, porque lo que él diga será verdad.

Aquellos que le conocían desde su infancia le aceptaron como Profeta: Abu Bakr, ‘Uzman, Talha, Zubayr, Abu Zarr y Yasir, entre otros. Cuando Ammar dijo a su padre que él creía en Muhammad, éste le respondió: «Si Muhammad dice que Dios es Único, es verdad. Él nunca miente».

A comienzos de su Misión Profética, Muhammad convocó en cierta ocasión a la tribu Quraish al pie de la colina de Abu Qubays. Les preguntó: «¿Me creeríais si os dijera que un ejército de enemigos espera detrás de esta colina para atacaros?». Todos contestaron que sí, incluso su tío Abu Lahab, que se convertiría después en uno de sus enemigos implacables.[16]

Cuando la humanidad se hallaba en extrema necesidad de alguien que destruyera la incredulidad y reanimara el mundo, Dios envió a Muhammad para detener todas las representaciones de la maldad. En las palabras de Ahmad Þevki:

Salió el sol que orienta,
y el Universo entero fue alumbrado.
Una sonrisa apareció en los labios del tiempo,
y sus alabanzas fueron cantadas.

Cuando él apareció en el horizonte de Medina años después, los niños puros e inocentes de aquella ciudad iluminada cantarían:

Salió la luna sobre nosotros desde las colinas de Wada
Nos incumbe pues que demos gracias a Dios
Mientras que aquellos que rezan y suplican a Él
continuén haciéndolo.[17]

[14] Busiri, en su famoso Qasida al-Bura («El Elogio de Bur‘a») menciona esto, diciendo: «Una nube se cierne sobre su cabeza y lo protege del Sol».
[15] Ibn Hisham, «Sira», 1:191.
[16] Sahih al-Bujari, «Tafsir», 1:111; Sahih al-Muslim, «Iman», 335.
[17] Ibn Kazir, Al-Bidaya, 3:241.

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