Lo Necesario para ser Creyente

Hoy en día, y más que ninguna otra cosa, necesitamos una generación que sea escrupulosa a la hora de cumplir sus deberes para con Dios y necesitamos gente idónea para guiar a la sociedad; tenemos necesidad de guías capaces que rescaten a la humanidad de los malditos abismos del ateísmo, la ignorancia, el error y la anarquía para luego guiarla a la fe, el entendimiento, el rumbo correcto y la paz. En todas y cada una de las épocas de decadencia ha habido mentes que han iluminado a las masas que sufrían una degeneración religiosa, intelectual, social, económica y moral; estas mentes han reinterpretado a los seres humanos, al universo y a la totalidad de la existencia, además del escenario en que esta transcurre, eliminando obstáculos en nuestros procesos mentales. En más de una ocasión ha habido gente que se ha hecho una camisa con su mortaja; ha reinterpretado muchas veces las cosas y los fenómenos. Ha recitado el libro de la existencia –un libro que en las mentes superficiales había perdido su brillo y su color e incluso había llegado a adquirir un aspecto oscuro− como si fuera una partitura y sintiendo sus matices más profundos; lo ha contemplado como si fuera una exposición. Ha desvelado las verdades ocultas en el corazón del universo al analizar las cosas estación tras estación, párrafo a párrafo.

La característica más importante de esta gente tan providencial es su fe y los esfuerzos que hace para que los demás experimenten dicha fe. Con esta fe y con estos esfuerzos cree que podrá superar todas las dificultades y llegar a Dios; y cree que puede alcanzar la paz verdadera, transformar el mundo en un paraíso y elevar su rango en el Edén. La alegría que le produce su destino le hace percibir la vida y el servicio de las buenas acciones como un viaje por los valles del paraíso.

Lo cierto es que, sean cuales fueren sus peculiaridades o sus complejidades, no hay otro sistema, doctrina o filosofía que haya tenido una influencia tan positiva en la fe de la humanidad. Cuando la fe entra en el corazón de la gente y dentro de su marco determinado, los pensamientos de esas personas, en lo que respecta al universo, a los objetos y a Dios, cambian de repente, se hacen más profundos y alcanzan una magnitud que les permite evaluar toda la existencia como si fueran las páginas de un libro abierto. Todo lo que esa gente ha visto a su alrededor, cosas que hasta ese día no le habían interesado, todo aquello que carecía de vida y de sentido hasta ese momento, se ve de repente revitalizado y se le muestra como amigos y compañeros que los abrazan. En esta atmósfera tan cálida para el corazón los individuos comienzan a tener conciencia de su propio valor; comprenden que son una parte consciente y única de la existencia; desvelan los misterios de los largos y serpenteantes caminos entre las páginas y las líneas del universo; sienten que están cerca de entender el secreto que se oculta tras el velo de todas las cosas; y entonces quedan libres de la estrecha prisión de este mundo tridimensional y descubren que están en los espacios inmensos de la eternidad.

Lo cierto es que todos los creyentes, gracias a los pensamientos que fluyen por las profundidades de su identidad y según sea el grado de su fe, se convierten en ilimitados dentro de sus límites; porque a pesar de estar limitados por el espacio y el tiempo, se convierten en el parangón de los seres sin restricciones y alcanzan los rangos de aquellos seres que están por encima y más allá de lo que incumbe al espacio para escuchar allí las melodías de los ángeles. Estos seres que han sido creados de agua, de lo que parece ser una papilla amorfa –algo que parece ser una criatura insignificante pero que en realidad es verdaderamente grande− llega a tener una importancia tal, que la Tierra se convierte en escenario para que se efectúe el descubrimiento del aliento Divino que contiene su alma. Y se convierten en unas criaturas tales que ya no encajan entre los cielos y la Tierra, seres transcendentes que alcanzan los dos polos.

Caminan entre nosotros; se sientan con nosotros; sus pasos siguen nuestros pasos y cuando rezan ponen la cabeza en el mismo sitio donde nosotros lo hacemos; pero logran unir los pies con la cabeza y se transforman en una esfera; se postran ante Dios y se ponen ante Él como si fuesen una rampa en el camino que lleva a Su cercanía; y su horizonte es el de los que llegan a Dios con un solo paso. Baten sus alas en los mismos cielos de los espíritus y viven como seres celestiales con una condición humana. Esa clase de corazones siempre superan la individualidad con el desarrollo y expansión de los sentimientos humanos; en cierto modo se convierten en una personalidad colectiva y abrazan a todos los creyentes; tienden la mano a todo el mundo y saludan a toda la creación con el sentimiento más sincero. Ven colores, perciben formas y son conscientes de los sonidos de visiones sagradas en todo y con todos aquellos con quienes se encuentran; oyen los sonidos del cielo en todas las frecuencias posibles y sienten que pueden incluso oír cómo baten los ángeles sus alas. Ven, sienten y escuchan una grandiosa ceremonia de cosas hermosas; desde los truenos y los rayos terribles a las canciones proféticas de los pájaros, desde el rompiente de las olas de los mares al dulce sonido de los ríos que sugieren sentimientos de eternidad, desde la mágica resonancia de los bosques solitarios a los acentos de las cumbres que nos intimidan y que parecen llegar a los cielos, desde las brisas mágicas que parecen acariciar las verdes colinas a los aromas fascinantes que emiten los jardines y se extienden por doquier; y dicen: «Esto debe ser la vida». Ellos tratan de dar a cada respiración el valor que le es debido con Oraciones, además de verbalizando y contemplando los Nombres Más Hermosos de Dios.

Abren y cierran los ojos, sus frentes están siempre tocando el suelo anticipando una visión familiar desde el umbral de una puerta que esperan llegará a abrirse; y observan lo que hay al otro lado de la puerta con anhelo y esperando el momento feliz en el que desaparecerán el anhelo y la pérdida para que lleguen la paz y la cercanía que envolverán sus almas como un sagrado talismán. Intentan obtener satisfacción para el deseo de reunión que albergan sus almas. Siguen corriendo hacia Él, a veces volando, a veces cojeando, unificados con todos y con todo. Experimentan el deleite de una «noche de bodas»[1] en la sombra de la reunión, en cada estación, apagando un fuego más de los muchos que produce el anhelo y que vuelven a encenderse con una nueva llama en cada giro y en cada momento. Quién sabe cuántas veces se verán rodeados por el aliento de la «intimidad Divina» y cuántas veces sus corazones serán heridos por la soledad y por la tragedia de los que no pueden percibir esta inspiración.

Lo cierto es que las almas que tienen unos horizontes tan amplios se ven impelidas a ascender a nuevas esferas, siempre en tensión con la decisión y la determinación de trascender las normas humanas. Ellos piensan en el resto de capacidades que podrán obtener y en los triunfos que conseguirán con la fe y con el poder que confiere dicha fe. Corren sin sentirse cansados, con el horizonte y las metas siempre abiertas y con el corazón en paz. En cada nueva estación, su relación con el entorno crece y se profundiza. Puede que sean o no conscientes de ello, pero cuando escuchan a sus almas se ven en la inacabable falda de una montaña de paz; y a pesar de los numerosos motivos de deseos y soledades que atestiguan en otras personas, nunca sienten la angustia del camino o la nostalgia del hogar, porque saben de dónde vienen y por qué y a dónde van, son conscientes de lo que se cosecha y de lo que desaparece en este mundo y saben de sobra que corren por una pista concreta con un propósito y un objetivo definidos. No sienten la fatiga del camino ni experimentan los miedos, preocupaciones o congojas que sienten los demás. Confían en Dios y avanzan a grandes pasos, al tiempo que disfrutan del deleite que supone llegar a la cima donde están los sueños celestes del mañana.

Por las avenidas por donde transcurre el mundo, estos caballerosos héroes de la fe recorren su camino, según el grado de su fe, como si estuviesen paseando por los valles del Paraíso al tiempo que solo respiran paz; por otro lado, y gracias a su adhesión a Dios, pueden retar a todo el universo, pueden superar cualquier dificultad y no pierden la esperanza aunque sean testigos de una destrucción que todo lo asola. Ni siquiera retroceden aterrorizados cuando los infiernos aparecen ante ellos. Siempre mantienen erguidas sus cabezas y jamás se inclinan ante nadie excepto ante Dios. No hacen concesiones a nadie, no esperan cosa alguna de los demás ni tampoco se endeudan con ninguno. Cuando logran la victoria y consiguen un triunfo tras otro tiemblan de miedo al saber que, en realidad, todo ello es una prueba de su lealtad y de su sumisión a Dios; y al mismo tiempo se humillan llenos de gratitud y derraman lágrimas de alegría. Saben ser pacientes cuando pierden y viven con la tensión de la determinación. Comienzan de nuevo su viaje con la voluntad agudizada. Cuando se ven ante la abundancia no son arrogantes ni ingratos y cuando sufren privaciones no se desesperan.

Cuando se relacionan con la gente tienen el corazón de un profeta. Aman y abrazan a todo el mundo; hacen la vista gorda ante las faltas de los demás y al mismo tiempo son capaces de cuestionar sus propios errores por pequeños que éstos sean. Perdonan las faltas de quienes les rodean, no solo en circunstancias normales, sino incluso en las ocasiones en las que sienten ira; saben vivir en paz incluso con las almas más irritables. La verdad es que el Islam aconseja a sus seguidores que perdonen todo lo que puedan y que no sean presas de sentimientos tales como el rencor, el odio o la venganza; en cualquier caso es inconcebible pensar que los que son conscientes de estar en el camino hacia Dios puedan o deban ser de otra manera. Comportarse o pensar de forma distinta es imposible; más bien, al contrario, en todas sus acciones buscan los medios para beneficiar a los demás, desean el bien de los demás e intentan mantener vivo el amor en sus corazones, al tiempo que libran una batalla interminable contra el odio y el rencor. Sienten el calor que desprenden sus propias faltas y pecados, ardiendo con la penitencia, y varias veces al día agarran por el cuello los malos pensamientos que surgen en su interior. Inician su trabajo de buen grado y preparan el terreno para sembrar el bien y la belleza por doquier. Siguiendo los pasos de Rabi’a al-‘Adawiya lo aceptan todo y a todos como si fuera un almíbar dulce, y a pesar de que puede tratarse de un veneno; e incluso cuando se les acerca alguien lleno de odio, ellos le dan la bienvenida sonrientes y repelen los ejércitos más numerosos con el arma invencible del amor.

Dios ama a esta gente y ellos aman a Dios. Sienten el revuelo que causa la excitación del amor y experimentan los deleites deslumbrantes que supone ser amado. Las alas de su humildad permanecen en el suelo y necesitan transformarse en la tierra para disfrutar de la alegría que supone cultivar y ver nacer las rosas. Por mucho que respeten a los demás también valoran su propio honor; nunca permiten que su indulgencia, afecto, gentileza y refinamiento se interpreten como mera debilidad. Jamás se apresuran a la hora de censurar o valorar a otras personas, puesto que viven según les dicta su fe; lo único que les importa es que el mapa de sus pensamientos no pierda su realce, porque han decidido ser buenos creyentes.

[1] El término que Rumi utiliza para la muerte.
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