Tolerancia

Como nación estamos experimentando un intenso afán de resurgimiento y revitalización. Si un viento contrario no nos lo impide, los años venideros serán nuestros «años de la consecución». Y sin embargo, existen diferencias en los métodos para conseguir este resurgimiento y revitalización. No ha sido fácil llegar a un acuerdo con respecto a los métodos que debemos aceptar o rechazar en lo que se refiere a la renovación experimentada en nuestra vida intelectual y cultural durante los últimos siglos. Ha habido también diferencias en el método y estilo utilizados para insuflar un nuevo espíritu en la sociedad. Los matices que surgen al construir un puente entre el pasado y el futuro nos llenan de esperanza aunque, al mismo tiempo, parece ser que nos esperan días agitados.

De esta manera, y mientras caminamos hacia el futuro como nación en conjunto, la tolerancia es nuestro refugio más seguro y nuestra fortaleza contra los obstáculos que surgen de los cismas, las facciones y las dificultades que implica el llegar a un acuerdo; problemas que acechan en todas las esquinas.

Debemos tener una tolerancia que nos permita cerrar los ojos ante las faltas de los demás, respetar las ideas que son diferentes a las nuestras y perdonar todo lo perdonable. La verdad es que, incluso cuando nos encontremos con que nuestros derechos inalienables han sido violados, tenemos que seguir respetando los valores humanos e intentar establecer la justicia. Pero incluso cuando nos enfrentemos a los pensamientos más vulgares y a las ideas más burdas que resulten imposibles de compartir, con la prudencia de un Profeta y sin perder la paciencia, debemos responder con benignidad. Esta benignidad aparece en el Corán como «palabras afables»; esto afectará a los corazones de los demás. Esta cualidad de ser benigno es el resultado de un corazón tierno, de un enfoque sutil y de una conducta moderada. Debemos tener una tolerancia tal que podamos beneficiarnos cuando nos opongamos a determinadas ideas; y eso será así porque nos obligará a tener el corazón, el espíritu y la conciencia activos y alerta, incluso en el caso de que esas ideas no nos enseñen cosa alguna de forma directa o indirecta.

La tolerancia, término que en ocasiones utilizamos en vez de las palabras respeto, misericordia, generosidad o templanza, es el elemento más esencial de los sistemas morales; es una fuente muy importante de disciplina espiritual y una virtud celestial de la gente que ha llegado a la perfección.

Bajo la luz de la tolerancia, los méritos de los creyentes llegan a nuevas profundidades y alcanzan la infinitud; las faltas y los errores se convierten en algo insignificante y se desvanecen hasta ser tan pequeños que pueden guardarse en un dedal. La verdad es que la manera con que nos trata Aquel Quien está más allá del tiempo y del espacio pasa siempre por el prisma de la tolerancia; y nosotros esperamos que nos abrace junto con toda la creación. Y es precisamente la amplitud de este abrazo lo que hizo que cuando la mujer corrupta que había dado agua al perro sediento llamó a la «Puerta de la Misericordia» se encontrase en un pasillo que llevaba a la castidad y al Paraíso. Del mismo modo, y debido al profundo amor que tenía por Dios y Su Mensajero, el borracho consiguió librarse de su vicio y alcanzar la compañía del Profeta. En otro ejemplo, y gracias al más pequeño de los favores Divinos, un encarnizado asesino se vio a salvo de su monstruosa psicosis y pudo dirigirse hacia el rango más elevado; un rango que sobrepasaba con mucho su condición natural, rango que al final logró alcanzar.

Queremos que todo el mundo nos vea a través de esta lente y confiamos en que la brisa de la indulgencia y el perdón sople sin cesar a nuestro alrededor. Todos nosotros queremos relacionar nuestro pasado y nuestro presente con este clima de tolerancia y templanza que ablanda, transforma, limpia y purifica para luego avanzar hacia el futuro con seguridad, sin sentir ansiedad alguna. No queremos que se critique nuestro pasado ni que se oscurezca nuestro futuro por culpa de nuestro presente. Todos confiamos en recibir amor y respeto durante toda la vida, esperando tolerancia e indulgencia, y queremos ser abrazados con un sentimiento lleno de afecto y magnanimidad. De nuestros padres esperamos tolerancia y perdón por las travesuras cometidas en el hogar, de nuestros maestros por el mal comportamiento en la escuela, de esas víctimas inocentes que hemos oprimido y tratado injustamente, del juez y del fiscal en los tribunales, de los mandos del ejército, de los agentes de policía y del Juez de Jueces en el Tribunal Más Supremo.

Y sin embargo, merecer lo que se espera es muy importante. Quien no perdona no tiene derecho a esperar el perdón. Se tratará con insolencia a todo aquel que haya sido descortés. El que no ama no merece ser amado. Los que no abrazan a toda la humanidad con tolerancia e indulgencia ya no merecen recibir perdón y benevolencia. El desgraciado que maldice a los demás no tiene derecho a recibir respeto. Los que maldicen serán maldecidos y los que golpean serán golpeados. Si los verdaderos musulmanes observan los principios coránicos que se exponen a continuación, siguen su camino y toleran las imprecaciones en lo más profundo de sus pechos, verán cómo aparecen otros que aplicarán la justicia del Destino a aquellos que nos han maldecido.

«Y quienes no participan en cualquier vanidad o falsedad o dan testimonio a éstas y cuando se encuentran con cualquier cosa vana e inútil, pasan por ello con dignidad.» (Al-Furqan, 25: 72)

«No obstante, si perdonáis, os abstenéis y sois indulgentes (con sus faltas hacia vosotros y en los asuntos mundanos), entonces (sabed que) Dios es Indulgente, Compasivo.» (At-Taghabun, 64: 14)

En los países en los que impera la corrupción, la intolerancia y la falta de misericordia, no existen cosas tales como la libertad de pensamiento, la crítica política ni el intercambio de ideas que sigue las normas de la equidad ni el debate hecho con justicia; carecería de sentido hablar de los resultados de la lógica y de la inspiración. En mi opinión, este tiene que ser el motivo real de que no haya habido progreso durante años, por mucho que se alardee de ello sin motivo.

Durante años ha habido numerosos ejemplos de inmoralidad –mis valores no me dejan hablar de ello en público− y quienes los han cometido han recibido su ración de tolerancia. Y a pesar de todo, sigue habiendo intentos de etiquetar a gente inocente de «fanáticos retrógrados que defienden regímenes teocráticos». El «fundamentalismo» es otro término de moda para difamarlos. Más aún, se ha acusado al Islam de no comportarse conforme a los tiempos que vivimos. Y hoy en día observamos con tristeza que aquellos cuyo único delito ha sido manifestar sus sentimientos religiosos han sido tachados de reaccionarios, fanáticos y fundamentalistas. Parece mentira que haya gente que no sepa distinguir entre la verdadera religiosidad y el ciego fanatismo.

No se puede hablar de ideas comunes o conciencia colectiva en comunidades donde los individuos no se tratan con tolerancia o en países donde el espíritu de templanza no se ha establecido por completo. En ese tipo de países, las ideas se devorarán entre sí en la maraña del conflicto. El trabajo de los pensadores será inútil y no será posible establecer una forma de pensar fiable, o la libertad de creencia u opinión. No se permitirá que florezcan estas cosas. Y lo cierto es que no se puede ni tan siquiera decir que en ese país el Estado esté basado en un sistema verdadero de justicia; y aunque parezca que sí lo está, no es más que un engaño. En un lugar donde no hay tolerancia no se puede hablar de unos medios de comunicación sanos, de pensamiento académico ni tampoco de actividades culturales relevantes. Cuando nos fijamos en las cosas que llevan ese tipo de nombres, lo que vemos no son más que esfuerzos infructuosos y unilaterales que se hacen siguiendo un cierto tipo de pensamiento y de filosofía; esperar que produzcan algo fresco, beneficioso y prometedor para el futuro es algo que carece de sentido.

* Este artículo fue escrito en 1996 y apareció por primera vez en Yeşeren Düşünceler [«Los pensamientos que crecen para dar fruto»], Kaynak, Izmir, 1996, págs. 19-22.
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