Tolerancia en la Vida del Individuo y de la Sociedad

En primer lugar me gustaría aclarar que la tolerancia no es algo que hayamos inventado nosotros. La tolerancia fue introducida por primera vez en esta Tierra por los Profetas cuyo Maestro es Dios. Incluso si no fuera correcto atribuir la tolerancia a Dios, Él tiene atributos que están enraizados en la tolerancia como son la indulgencia, el perdón de los pecados, la compasión y la misericordia con todas las criaturas y el cubrir la vergüenza y los errores de los demás. El Indulgente, El Compasivo y Aquel Quien encubre (los defectos y los pecados de Sus siervos), son algunos de los Nombres de Dios que se mencionan con mayor frecuencia en el Corán. La era de oro en la que la tolerancia apareció en su punto más elevado fue la Era de la Felicidad, y ahora quisiera poner algunos ejemplos verdaderos de ese período histórico, unos acontecimientos que siguen una línea que va desde ese «período de rosas» hasta nuestros días.

Un ejemplo de indulgencia

Como es de todos conocido, en el suceso histórico de «La Calumnia», los hipócritas pronunciaron acusaciones infamantes contra ‘A’isha, la casta esposa del Profeta y madre espiritual de todos los creyentes. ‘A’isha ocupa un lugar especial entre las puras esposas del Profeta porque él fue el primer hombre que conoció cuando llegó a ser mujer. En un período en el que se hacía plenamente consciente de su madurez, ‘A’isha se convirtió en miembro del puro hogar del Profeta, donde se respiraba una atmósfera de castidad y honor. ‘A’isha, ejemplo de castidad, sufrió en ese período una campaña de calumnias minuciosamente planeadas. Y tanto ella como su familia y el Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, sufrieron mucho por culpa de esas calumnias. Y sin embargo, el versículo que fue revelado un mes más tarde proclamaba la pureza e inocencia absolutas de ‘A’isha. Su padre, Abu Bakr, que había estado ayudando económicamente a uno de los que habían participado en la calumnia, juró no volver a ayudarlo a partir de ese momento. Pero el versículo que fue revelado advertía que el amigo más leal del Profeta, el Sultán de la Tolerancia, debería ser más indulgente.[1] Los versículos dicen:

«Aquellos de entre vosotros que son honrados con recursos que no juren que ya no darán más a los parientes, a los necesitados, y a los que han emigrado en la causa de Dios. Más bien, que perdonen y se abstengan. ¿No queréis que Dios os perdone? Dios es Indulgente, Compasivo». (An-Nur, 24:22)

Quisiera que os fijaseis especialmente en la expresión al final del versículo: «¿No queréis que Dios os perdone? Dios es Indulgente, Compasivo». La verdad es que el Dios Compasivo, cuya misericordia es inigualable y que, comparada con ella, toda la misericordia que existe en el mundo no es más que una gota en el océano, se mantiene siempre en secreto y, a pesar de todo, nos perdona, lo perdona todo, desde las palabras indecorosas que entran por nuestros oídos y oscurecen nuestros espíritus, hasta la suciedad que fluye hacia nosotros desde el universo y luego regresa a la sociedad que hemos contaminado. Su pregunta «¿No queréis que Dios os perdone?» dirigida a gente como nosotros, que siempre estamos necesitados de purificación, es una pregunta muy sincera y muy sutil que merece ser cuidada como un tesoro. Con este versículo, Dios nos indica que del mismo modo que Él nos perdona, deberíamos perdonarnos entre nosotros por los errores que cometemos; y esto es algo que se nos muestra como una virtud coránica personificada en el carácter de Abu Bakr.

En los mensajes de los Profetas que proceden de fuentes divinas y celestiales, se da gran importancia al perdón y a la indulgencia. Un Profeta tiene el deber de educar y enseñar a los demás. Pero para que las verdades que transmite influencien los corazones de los otros, su propio corazón debe latir al ritmo del perdón y la indulgencia. Cuando algunas de las faltas, aquellas que son consecuencia de la naturaleza de la persona, chocan con la atmósfera tolerante de una de las personas de la verdad, se derriten y dispersan como un meteorito. En vez de abrirle a alguien la cabeza, las legiones de la luz, que se parecen a las lámparas que se encienden en las noches festivas, dan alivio a los ojos y alegría al corazón. Como ya he mencionado antes, esa virtud divina aparece recomendada en un hadiz de nuestro Profeta: «Incorpora en vosotros mismos la virtud de Dios».[2] ¿Acaso el mismo Dios no perdona siempre a los que Le niegan? En el ámbito cósmico esta negación es un crimen imperdonable y una rebelión. Pero fijaos en la inmensidad del perdón de Dios y en Su indulgencia. A pesar de la ingratitud de Sus siervos, Él dice: «No cabe duda de que Mi Misericordia precede a Mi Ira.»[3] y «Mi Misericordia abarca todas las cosas.» (Al-A’raf, 7:156)

Con Su atributo de la Misericordia, y sin mostrar prejuicio alguno, Él mantiene y protege a todos los seres humanos, en realidad a todas las criaturas vivas, y Él continúa proporcionando sustento incluso a los que Le niegan.

En estos momentos es imposible contemplar a todos los Profetas desde la misma perspectiva y proporcionar ejemplos de todos y cada uno de ellos; baste con dar unos pocos del Profeta Muhammad, la esencia de la existencia, la paz y las bendiciones sean con él.

Hamza era uno de los Compañeros más amados por el Profeta. Y además no era un Compañero cualquiera, pues era tío del Profeta y ambos habían sido amamantados por la misma ama de cría. Conteniendo su orgullo y su honor, este gigante con el corazón de un león entró en la atmósfera espiritual del Orgullo de la Humanidad, la paz y las bendiciones sean con él. Al prestar su apoyo a su sobrino y decirle «estoy contigo» en un momento crítico por lo escaso de su número, Hamza aumentó la valía de los musulmanes en gran medida. Y así fue como, al demostrar las cualidades de su cercanía en el plano espiritual, lo mismo que en el físico, fue capaz de alcanzar lo que parecía ser una inalcanzable cima de grandeza. Y sobra decir que la lealtad de este gran héroe fue recompensada por el Profeta. Murió mártir el día que luchaba en la batalla de Uhud. Sus sangrientos asesinos habían jurado tomar Medina y acabar con la vida de todo hombre y de toda mujer. En manos de sus asesinos, individuos con las manos, los ojos y los pensamientos llenos de sangre, Hamza fue cortado en pedazos. Sus sagrados ojos fueron sacados de sus cuencas, sus orejas y sus labios fueron cortados, le abrieron en canal, sacaron el hígado y lo mordieron. Al Mensajero de Dios, la paz y las bendiciones sean con él, cuyo pecho estaba lleno de misericordia y compasión, cuando vio lo ocurrido los ojos se le llenaron de lágrimas, como si tuvieran nubes repletas de lluvia. En la batalla de Uhud hubo setenta mártires –el número de heridos fue el doble− mujeres que se quedaron viudas y niños que pasaron a ser huérfanos. Cuando contemplaba esta escena con la compasión de un Profeta, le resultaba casi insoportable. Los hijos de Hamza y los hijos de otros mártires aparecieron ante el Profeta, temblando como polluelos recién nacidos. Tal y como recogen los textos que hablan de su biografía, nada más cruzar su mente el pensamiento «como desquite por lo que han hecho…», se reveló el versículo siguiente:

«Si tenéis que responder a un mal, responded (solamente) en la medida en que os ha sido hecho. Pero si aguantáis pacientemente, eso es en verdad mejor para los pacientes.» (An-Nahl, 16: 126)

En este versículo, el Profeta estaba siendo dirigido a un horizonte de comprensión que estaba acorde con su nivel y, dicho con otras palabras, se le dijo: «No debes pensar de esa manera». Ese sol de benignidad y tolerancia, la paz y las bendiciones sean con él, enterró todo el dolor en su pecho y así eligió el camino de la paciencia.

Lo cierto es que el Profeta entretejió toda su vida, no sólo ese momento, basándose en la tolerancia. Los idólatras no hicieron nada para evitarle molestias o torturas. Lo expulsaron de su tierra, reclutaron ejércitos y le atacaron. Pero incluso, tras la conquista de La Meca, cuando los paganos esperaban con ansiedad conocer la forma en que serían tratados, el Profeta, demostrando su enorme misericordia y compasión, dijo:

«Hoy os diré lo que José dijo a sus hermanos: “Ningún reproche en este día para vosotros. Que Dios os perdone pues Él es el Más Misericordioso de los misericordiosos”. Podéis iros; sois libres.»[4]

El Corán es la fuente de la benignidad y la tolerancia; y como estos conceptos han llegado hasta nosotros como un manantial espléndido que procede del transmisor del Corán, la paz y las bendiciones sean con él, no podemos pensar de manera distinta. Una idea contraria significaría que no conocemos el Corán ni tampoco al Mensajero de Dios. Desde esta perspectiva, y por proceder del Corán y la Sunna, la tolerancia es una virtud natural del musulmán y, dadas las características de las fuentes de las que procede, es permanente. El convenio que el Mensajero de Dios presentó a los cristianos y a los judíos merece toda nuestra atención (el texto original se guarda actualmente en Inglaterra). Si se compara con los principios que promulgó nuestro Profeta, podemos ver que la humanidad de nuestros días no ha llegado a ese nivel, ni siquiera con las declaraciones de los derechos humanos proclamadas en La Haya o Estrasburgo ni tampoco en la de Helsinki. Ese Hombre de la Gran Abnegación vivió muy estrechamente en Medina con la Gente del Libro. La verdad es que era capaz de encontrar puntos de concordia incluso con aquellas almas oscuras que, a pesar de decir «somos musulmanes», estaban siempre causando discordia y creando situaciones con las que enfrentar entre sí a los que tenían una conciencia clara. Lograba englobarlos a todos gracias a la abnegación y la templanza. Cuando murió Abdullah ibn Ubayy, enemigo acérrimo del Profeta durante toda su vida, el Mensajero de Dios dio su propia camisa para que se utilizase como mortaja al tiempo que decía: «A no ser que haya una revelación que me lo prohíba, yo asistiré a su funeral»; y solía mostrar sus respetos a los que habían fallecido.[5] No hay mensaje igual, ni tan siquiera parecido, al que el Profeta Muhammad ha dado a la humanidad. Esta es la razón de que no sea posible para los que intentan seguir al «Ejemplo Más Hermoso» pensar de forma diferente a la que él pensaba.

En lo que respecta a esta cuestión, nos resulta imposible pensar en la tolerancia como algo que está separado de nosotros; es un color y tono distintos de nuestros sentimientos y pensamientos. A partir de este momento deberían implantarse en nuestra sociedad plataformas para fomentar la tolerancia. La tolerancia debe ser recompensada, se le debe dar prioridad en toda situación y los que se comportan con indulgencia con respecto a los demás deberían tener la posibilidad de expresarse.

Premios a la Tolerancia

Reunidos en torno a estas ideas y sentimientos, la Fundación de Escritores y Periodistas instituyó un comité y, en fechas recientes, otorgó premios a la tolerancia a una serie de personas que se han caracterizado por haber hecho una contribución importante a la reconciliación social. Esta iniciativa recibió una respuesta afirmativa de casi todos los ámbitos sociales, desde políticos hasta gente relacionada con las artes, desde académicos a periodistas, escritores y gente de la calle. Hubo un grupo marginal que, al no estar sincronizado con el público en general, por tener una visión del mundo diferente, manifestó su disconformidad ante una actividad que todos los demás habían suscrito; cometieron el error de amonestar a los individuos e instituciones que habían respondido afirmativamente a este consenso.

Dejemos que digan lo que quieran. En una época en la que el mundo es como un pueblo grande y en un punto en el que nuestra sociedad está al borde de grandes cambios y transformaciones, si estamos hablando del diálogo con otras naciones no será posible justificar esas desavenencias. En este sentido, la tolerancia es un valor que debe ser recompensado y también debería, por este mismo motivo, permear toda la sociedad. Hasta tal punto es así que en las universidades se debería respirar tolerancia, los políticos deberían hablar sobre la tolerancia, la gente del mundo musical deberían escribir letras de canciones sobre la tolerancia y los medios de comunicación deberían prestar su apoyo a los desarrollos positivos relacionados con la tolerancia.

Tolerancia no significa ser influenciado por los demás o unirse a ellos; significa aceptar a los demás tal y como son y saber cómo tratarlos. Nadie tiene derecho a decir cosa alguna sobre este tipo de tolerancia; todo el mundo en este país tiene su propio punto de vista. La gente que tiene ideas o pensamientos contrarios habrán de buscar la manera de llevarse bien utilizando la reconciliación o se verán luchando sin descanso contra los demás. Siempre han habido personas que pensaban de forma diferente y siempre las habrá. Mi humilde opinión es que esas personas, que son los voceros de ciertos grupos marginales que no creen en las Escrituras Divinas ni tampoco en las realidades de nuestros días, y que inician todo tipo de peleas a la menor ocasión, tendrían que revisar sus posturas una vez más. ¿Sus exigencias son en nombre de los valores humanos o en nombre de la destrucción de los valores humanos?

Hoy en día, y más que ninguna otra cosa, nuestra sociedad necesita tolerancia. La verdad es que nuestra nación debería adoptar esta dinámica y darle prioridad; debería representar la tolerancia ante el mundo porque nuestros gloriosos ancestros cautivaron los corazones de la gente gracias a la tolerancia y porque se convirtieron en los protectores de la paz en general. El período más largo de paz en los Balcanes y en el Oriente Medio, zonas que siempre han sido muy inestables, tuvo lugar gracias a la persistente tolerancia de nuestros antepasados. Cuando esa tolerancia y esos grandes embajadores de la misma abandonaron la historia, esa región se quedó sin paz y sin contento. Por la gracia de Dios y tras varios siglos viviendo en el limbo, esta gran nación ha emprendido el camino hacia la resurrección. Este gran «árbol» cuyas hojas comienzan a brotar en el seno de Anatolia, con la gracia y la magnificencia de Dios, será de nuevo un aliento de tolerancia y enseñará a los demás a respirar tolerancia.

Por esta misma razón, nuestros ciudadanos en los países europeos solo podrán vivir en armonía en esas tierras gracias a una vasta atmósfera de tolerancia.

Llegados aquí, me gustaría subrayar una cuestión. Ser tolerante no significa renunciar a las tradiciones que proceden de nuestra religión, de nuestra nación o de nuestra historia; la tolerancia es algo que siempre ha existido. Los otomanos seguían con lealtad su religión y otros valores y, al mismo tiempo, eran una gran nación que podía llevarse bien con otros Estados del mundo. Si las gentes de hoy en día, que son civilizadas, bien informadas y abiertas al mundo, no llegan al nivel de las que vivieron en ese período, quiere decir que no han entendido esta época. En este sentido y como individuos, como familias y como sociedad, tenemos que agilizar un proceso que ya ha comenzado. Yo creo, desde un punto de vista personal, que incluso las personas que no comparten nuestros sentimientos y pensamientos se ablandarán cuando vayamos a verlos. De esta manera, y en nombre del diálogo, podremos unirnos con una serie de intereses comunes y estrechar la mano de todos ellos. Y esto es así porque las cosas que Dios más valora en los seres humanos son el amor y la compasión.

El Valor que el Mensajero de Dios daba a la humanidad

Más que a ninguna otra cosa, y gracias a la enseñanza que recibió de su Señor, el Orgullo de la Humanidad, la paz y las bendiciones sean con él, respetaba el valor de todo ser humano, ya fuera éste musulmán, cristiano o judío. Antes de hablar sobre el valor que daba a la humanidad, sería muy beneficioso comprobar el tipo de hombre visionario que era el Profeta. Era el Orgullo de la Humanidad: su espíritu era el comienzo del libro de la existencia y su mensaje era el final. Esto es algo obvio para los que conocen la misión del Profeta. Le conocemos como aquél con cuya luz se puede observar el universo y leerlo como si fuera un libro. Por mucho que los seres humanos, los seguidores del Profeta en concreto, se enorgullezcan de su conexión con el Profeta de la Misericordia, nunca será suficiente. Tal y como dijo uno que le amaba: «¡Qué afortunados somos de estar conectados con él!». En lo que respecta a la gran bendición que recibió, el Mensajero de Dios Dijo: «Lo primero que creó Dios –la primera semilla que fue plantada en el seno de la no-existencia− fue mi luz».[6]

Y esto es verdad porque él es la semilla, la esencia y el compendio de toda la existencia. Si expresamos este mismo sentimiento en el lenguaje de los sufíes, la existencia de Muhammad fue la razón para ambas cosas: su creación y su objetivo final. La existencia se creó para que él pudiese aparecer en la misma como encarnación de todos los valores humanos y como escenario donde apareciesen todas las manifestaciones de los Nombres de Dios.

Como ya he mencionado en otras ocasiones y en otros contextos, el Orgullo de la Humanidad, el objetivo de la creación y el Príncipe de los Profetas, se levantó un día cuando pasó ante él un cortejo fúnebre judío. Uno de los Compañeros que estaba a su lado le dijo: «Oh Mensajero de Dios, es un judío». Sin cambiar de actitud ni alterar una sola línea de su rostro, el Príncipe de los Profetas dijo lo siguiente: «¡Pero es un ser humano!».[7] ¡Ojalá resuenen estas palabras en los oídos de esos seguidores que no le conocen en estos aspectos y de esos defensores de los derechos humanos que desconocen el mensaje universal que trajo en nombre del género humano! No puedo añadir nada a estas palabras, pero si somos discípulos del glorioso Profeta que pronunció esas palabras, no es posible que pensemos de otra manera. En consecuencia sería muy beneficioso, para todos aquellos que se oponen a las actividades recientes en nombre del diálogo y la tolerancia, que revisaran sus situaciones en lo que respecta al descuido y la obstinación que han impregnado sus personalidades y sus espíritus.

Tolerancia y Democracia

La democracia es un sistema que permite, a todo el que se encuentra bajo su influencia, la posibilidad de vivir y expresar sus propios sentimientos y opiniones. La tolerancia juega un papel importante en este asunto. La verdad es que incluso puede decirse que la democracia carece de sentido en aquellos lugares donde no existe la tolerancia. Pero qué decir de esos que, por un lado, hablan de democracia pero que luego, al mismo tiempo, quieren que se seque el manantial que la alimenta. En un país democrático todo el mundo debería poder beneficiarse de los derechos y responsabilidades de la democracia. Si a un segmento de la sociedad le molesta la existencia de otro se pone de manifiesto la falta de sinceridad, dicho sea de paso, de aquellos que se molestan cuando declaran: «somos demócratas y defensores de la democracia». Como ya he mencionado, la democracia no puede echar raíces allí donde no existe la tolerancia. Lo cierto es que los que abogan por la democracia deben aceptar incluso a aquellos que no comparten sus opiniones y deben abrir sus corazones a los demás.

En este momento es beneficioso enfatizar esta cuestión. Aceptar a todo el mundo como es, sin que importe lo que sean, no significa poner a los creyentes y a los incrédulos en el mismo plato de la balanza. Según nuestra forma de pensar, la situación de los creyentes y los incrédulos tiene su propio valor específico. El Orgullo de la Humanidad tiene una posición especial y el lugar que ocupa en nuestro corazón está aparte y por encima de todos los demás. En lo que respecta a este tema en concreto me gustaría hablar de mis propios sentimientos. Tras regresar de una visita al lugar de descanso de nuestro Profeta, yo estaba muy triste por no haber muerto en ese lugar. Pensaba que si lo hubiese amado de verdad me habría aferrado a la verja de hierro para caer muerto al instante. Hasta ese día yo pensaba que mi afecto por el Profeta tenía esa enorme magnitud. Es evidente que él ocupa un lugar muy elevado en nuestros corazones y no queremos que nadie le cause daño alguno; pero a pesar de que tengo estos sentimientos y pensamientos tan claros y definidos con respecto a él, esto no impide que participe en un diálogo con alguien que no piense ni crea como yo.

Tolerancia y Futuro

A pesar de tener sentimientos y opiniones diferentes, todos somos parte de esta sociedad. A pesar de no tener intereses comunes en algunas cuestiones, todos vivimos en este mundo y somos pasajeros del mismo barco. Con respecto a este tema, hay muchos puntos comunes que pueden ser compartidos y analizados con la gente de cada uno de los sectores de la sociedad.

Es muy probable que el tiempo lo aclare todo y demuestre que los que iniciaron esta tendencia hacia la tolerancia tenían razón. Una vez más, el tiempo dejará a un lado los sentimientos y los pensamientos que contenían rencor y ganas de venganza. Sólo persistirán las emociones alimentadas con amor, perdón, tolerancia y diálogo. La gente de la tolerancia va a construir un mundo basado en la tolerancia. Y aquellos cuyo sino no sea esta tolerancia, se ahogarán en su propia malicia, odio e ira en el pozo de la intolerancia. Mi deseo es que la gente de este tipo se despierte y no se ahogue en la ciénaga en la que han caído. De lo contrario, también tendremos que llorar por ellos. ¡Es un dolor que ya puedo sentir y que me angustia!

* Hay ocasiones en las que el autor da discursos improvisados a grupos que lo visitan, además de responder a preguntas sobre temas diversos. Esta sección es uno de esos discursos grabado el 13 de enero de 1996.
[1] Bujari, «Shahada», 15:30; Muslim, «Tawba», 56.
[2] Mansur Ali Nasif, al-Tac, 1:13.
[3] Bujari, «Tawhid», 15, 22, 28, 55: «Badi’ul-Halk», 1; Muslim, «Tawba», 14, (2751); Tirmizi, «Daawat», 109, (3537).
[4] Ibn al-Azir, Usd al-Ghaba, 1:528-532.
[5] Bujari, «Yanaiz», 85; «Tafsir al-Baraa», 12; Muslim, «Fadail as-Sahaba», 25.
[6] Ayluni, Kashf al-Jafa’, 1:266.
[7] Bujari, «Yanaiz», 50; Muslim, «Yanaiz», 81; Nasai, «Yanaiz», 46.
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