Construyendo un Mundo Nuevo

La vida y el espíritu de la esperanza

Si la vida se contempla a través de la ventana de Quien ha dado la vida, la esperanza es la dinámica de la acción que no se desvanece. Es un alimento para aquellos que no piensan constantemente en sí mismos, sino más bien en los demás, para los que descubren su verdadera felicidad en la de los demás y para los que emplean toda una vida en mejorar las vidas de otras personas; es también una fuente de energía que nunca disminuye para quienes se han entregado al bendito ideal de llevar la vida al nivel del alma y del corazón, al haberse liberado de las prisiones del tiempo, el espacio, la materia, la corporeidad y el interés personal. En este sentido, en una época en la que casi todos creen que «todo se acabó», en una época en la que la gran forma de la nación ha sido doblegada hasta casi romperse, una época en la que la decisión y la voluntad, −ambas a la deriva y llenas de convulsiones, tormentas e inundaciones− están al borde de la muerte; en una época en la que aquellos que han llegado a depender de un puesto, de un título, de riqueza, de prosperidad y de poderes que no proceden del auténtico poseedor de la fuerza y el poder; aquellos que comienzan a desesperarse al no haber podido encontrar la verdad y han vinculado sus corazones a las estrellas, la Luna y el Sol, objetos que desaparecen en el cielo. Mientras tanto, la esperanza de la gente con ideales, esas personas que hemos descrito en las primeras líneas de este párrafo, adquiere una cualidad épica tal, que cualquier circunstancia les hace ser capaces de retar al universo. Prosiguen su camino inalteradas, aunque en sus cálculos y en sus planes se equivoquen cincuenta mil veces, y asumen una actitud de prosperidad aunque se enfrenten a la pobreza. Se convierten en la vida de las almas muertas y en la fortaleza de aquellos que se han doblegado.

Una persona de occidente dijo: «Cuando todos abandonan la esperanza, incluso de defenderse, es cuando empieza el ataque de la nación turca». Los brotes nuevos y tiernos que surgieron tras la invasión de los mongoles y la división de Anatolia, la reunificación del poder y la creciente vitalidad tras la derrota del Valle de Çubuklu, la Batalla de Çanakkale (Dardanelos) y, con posterioridad, la Guerra Nacional Turca, todas las cuales fueron luchadas hasta el punto de la aniquilación y sobre las cuales hay relatos épicos sin parangón en la historia− nos hacen tener la impresión de que la función esencial de nuestra nación en la historia, es escribir una y otra vez poemas épicos de regeneración basados en cimientos de fe y de esperanza.

Hoy, en gratitud a Dios, estoy intentando ser paciente ante una serie de problemas de salud que son bastante serios; estoy sufriendo la nostalgia que produce el estar tan lejos de mi patria, un lugar que amo más que la vida; lejos del agua, del aire, de las rocas, de la tierra, del cielo y de la gente de rostro sonrosado; a todos los echo muchísimo de menos. Esta nostalgia se refleja en mi alma como si fuese un pozo sin fondo. Contemplo en parte con preocupación y a la misma vez con esperanza lo que ocurre en mi tierra –a pesar de que sólo percibo destellos y solo puedo ver lo que hay en la superficie−, una tierra en la que muchos creen que es imposible vivir. Estoy intentando averiguar qué dirección tomarán las últimas tentativas de América, al tiempo que sigo manteniendo viva la esperanza en el mundo y en el género humano, una esperanza dulce como las hojas perennes, y sigo mirando hacia el mañana con una sonrisa en los labios.

La humanidad es la fuente de todo

El género humano, junto con todos sus atributos, es una creación difícil de entender. Como ocurre en todos los ámbitos, la esencia de todas las cosas creadas está presente en los seres humanos y, en cierto modo y dadas sus características, si se conoce a la humanidad es posible comprender toda la existencia mientras que, desde otro punto de vista, la comprensión de la existencia es lo que permite conocer a la humanidad. Lo cierto es que la misión principal de la humanidad es comprender al género humano ya que ésta es la ventana que se abre hacia la comprensión del Creador. Este es el motivo por el cual el deber primero y más importante de los seres humanos es descubrirse y conocerse a sí mismos para luego volver la mirada hacia su Señor con la lente de su nueva naturaleza iluminada. Pero es un hecho deplorable el que la mayoría de nosotros haya dejado de hacerlo. ¿Cuántas personas podemos decir que practican la autocrítica con suficiente frecuencia? ¿Cuántas personas podemos decir que se descubren a sí mismas de nuevo cada día, que hacen un nuevo descubrimiento de sus debilidades, de sus capacidades, de sus omisiones y de los orígenes de su fortaleza, junto con aquellas cosas que han perdido o ganado? ¿Cuántas personas pueden dar un paseo por su mundo interior? ¿Cuántas personas podemos decir que tratan de examinarse a sí mismas –no con una especie de temor pasajero o curiosidad casual, ni mirando con demasiada profundidad sus faltas y degradándose a sí mismas− sino más bien como lo haría un médico imparcial, profesional y racional ante el que se sentasen para ser examinadas con el deseo de investigar y familiarizarse con sus «yoes» verdaderos, intentando estudiarse de forma realista y así poder diagnosticar la enfermedad? Como esto no ha sucedido, el género humano no puede encontrar la felicidad que tan desesperadamente busca en este «paraíso perdido»; o, si hablamos con mayor precisión, la humanidad no puede encontrar el paraíso perdido.

El privilegio evidente de una pequeña minoría

Resulta imposible ignorar los resultados de la investigación científica, las maravillas de la civilización, los productos de la tecnología. Pero, ¿hemos triunfado a la hora de utilizar esta ciencia y esta tecnología –el resultado de todo ese esfuerzo y todo ese trabajo intelectual− y la velocidad y la globalización que producen, para ponerlas al servicio de propósitos más elevados? ¿Acaso el espacio –este mundo que está siendo comprimido cada día más hasta no ser más grande que un pueblo− y el tiempo –con gente que intenta reducirlo a cero− sirven a un propósito diferente a sí mismos? ¿O acaso ellos, a pesar de la gran mayoría, están al servicio de la prosperidad mundial de una pequeña minoría que tiene los «privilegios» de todo lo que hemos mencionado? Llegar a los rincones más lejanos del universo, investigar todo lo que existe, familiarizarse con el mundo como nosotros lo estamos con nuestro pueblo o nuestro barrio, descubrir información sobre los aspectos más ocultos de las cosas… si todo esto es más importante que las necesidades y los deseos de los seres humanos, si el respeto a los valores y a la privacidad del género humano se desarraiga y se deja a la deriva, todo ello significa que ha llegado la hora de considerar si es preferible vivir en un mundo con todos estos productos modernos o, sin ellos, en un mundo de épocas pasadas en las que los seres humanos eran más felices y donde la vida personal y social y el resto de relaciones estaban basadas en valores humanos.

Hasta ahora, la ciencia, la tecnología y la velocidad nunca han sido las necesidades principales de la humanidad. Pero no sería correcto oponerse a la ciencia y la tecnología con pensamientos «idealistas»; esta oposición no sería más que una forma de utopía. Vociferar contra las máquinas o maldecir las fábricas no reporta bien alguno al género humano. Las máquinas van a seguir funcionando y las fábricas seguirán echando humo por mucho que las maldigamos. Por esta razón, lo que se puede decir es que lo importante no es uno u otro tipo de tecnología sino quién controla la ciencia y la tecnología y cuál es su objetivo. Si están en manos de una minoría irresponsable, la ciencia y la tecnología pueden hacer que el mundo sea un infierno; si las mismas herramientas están en manos de los ángeles nadie sufrirá daño alguno. El género humano ha sufrido mucho a manos de los que creen estar en lo cierto por tener el poder y una ambición insaciable. La ciencia, la tecnología y la velocidad con la que nos dejan funcionar son sagradas y merecedoras de respeto en la medida en que dirigen a los seres humanos hacia sus objetivos, facilitan la consecución de estos objetivos, suscitan paz y felicidad, ponen fin al anhelo y al dolor de la separación, tratan una multitud de males antes de que se acabe el tiempo, sirven a la armonía general del mundo, consiguen el equilibrio entre Estados, participan en la solución de problemas mundanos y espirituales y prestan su impulso a la investigación y al establecimiento de los hechos que podrán mejorar nuestra comprensión. Pero cuando la ciencia y la tecnología se distancian de los objetivos mencionados y se convierten en valores en sí mismos, cuando se espera que solo sirvan a sí mismos o a los intereses de una pequeña minoría, cuando se llega a este punto, su ausencia es mucho mejor que su presencia.

Ciencia y tecnología al servicio de la humanidad

Yo creo que la ciencia y la tecnología deberían contemplarse desde esta perspectiva. Tenemos que preguntarnos a qué sirven la ciencia y la tecnología de nuestros días. ¿Sirven a las relaciones entre los individuos, entre el individuo y la sociedad, entre la sociedad y el Estado? ¿Están al servicio del amor, del respeto y la ayuda mutua en todo lo bueno, en la tolerancia, en la aceptación de todo el mundo en su propio contexto, a la verdad, la lealtad, al respeto a las cosas, o sirven más bien a la mendacidad, al engaño, a las conjeturas malévolas, a la calumnia y al interés antinatural en los errores y pecados de los demás, a la violación de la privacidad y al inmiscuirse en las vidas de otras personas? ¿Están al servicio verdadero de los derechos de todos –algo que debe ser protegido− como el derecho a la creencia, a la vida, a la propiedad privada, a la reproducción y a la salud física y mental? ¿Prestan servicio a las buenas intenciones y a la comprensión mutua? ¿Están al servicio de las relaciones entre Estados y naciones, de lo que es correcto, de lo que es justo? ¿Promueven el compartir, el evitar la explotación, el respeto a las libertades y los derechos humanos fundamentales, o están al servicio del capital y la fuerza bruta? Si la ciencia y la tecnología enfatizan los elementos negativos que se acaban de mencionar, estaremos en un escenario de pesadilla en lo que respecta al futuro.

Lo cierto es que si los valores que hoy son universalmente válidos y sobre los que se basa la globalización, son los aspectos negativos mencionados con anterioridad, la temible realidad de la humanidad es el hecho de que en nuestros días la mitad del mundo viva con dos dólares al día, que mil millones de personas sobrevivan incluso con menos, es el hecho de que una cuarta parte del mundo no tenga acceso al agua potable y de que la más terrible de las enfermedades, el SIDA, tenga una tendencia a propagarse rápidamente y constituya una amenaza para el género humano; el hecho de que la salud, que es la necesidad más imperiosa de la humanidad, se haya convertido en una industria con servicios extremadamente caros, el hecho de que el calentamiento y la polución del planeta se hayan generalizado, el hecho de que una elevada proporción del mundo esté viviendo sin derechos democráticos, el hecho de que se hayan convertido en norma las violaciones de los derechos humanos, el hecho de que las condiciones de vida en muchos lugares del mundo sean atroces y que los actos de terrorismo local e internacional sean un hecho inevitable.

Un musulmán no puede ser un terrorista

Debería empezar diciendo que, en la religión que Dios ha enviado, bien se llame Judaísmo, Cristianismo o Islam, no puede concebirse que se permita el terrorismo, y menos aún que lo prescriba. Para empezar, la vida tiene una importancia capital ante Dios. La existencia entera ha sido programada para generar la vida. La vida es el nombre de un misterio divino que hace que una cosa contenga todas las cosas. Una cosa sin vida es una cosa huérfana, aunque sea tan grande como una montaña, y su relación con lo que le rodea está limitada al lugar donde reside. Por otra parte, algo que tiene vida, aunque sea tan simple como una abeja, puede llamar al universo «mi jardín» y tomar a las flores como amigas. Esa abeja tiene conexiones y relaciones con muchos tipos de existencia, desde el sol hasta el aire, desde el aire hasta los humanos. Así pues, la vida es el punto donde convergen los Nombres del Excelso, un punto crucial para la manifestación simultánea de todos esos Atributos. Al haber dado tanta importancia a la vida, Dios ha determinado que sea uno de los cinco valores esenciales que están protegidos por la religión que Él ha enviado. El Islam considera que el asesinato de un solo individuo equivale al de todo el género humano, puesto que una vida representa la de todos los demás; en consecuencia, salvar la vida de una sola persona es lo mismo que salvar la vida de toda la humanidad. Y además, en lo que respecta a los derechos, se dice: «No hay derechos mayores y menores» lo cual implica que el derecho del individuo y el de la sociedad tienen la misma importancia. Uno no puede sacrificarse en beneficio del otro hasta el punto de que se ha decretado que «si una barca transporta a nueve asesinos y un inocente, la barca no puede hundirse para castigar a los nueve asesinos».

El terror no puede ser el medio para un fin islámico

En segundo lugar, y del mismo modo que el Islam prescribe que en todos los actos de los musulmanes el objetivo tiene que ser legítimo, insiste también en la legitimidad de los medios que se utilizan para lograrlo; y luego advierte a los que no actúan de esta manera que se encontrarán ante un resultado diametralmente opuesto al que buscaban. En consecuencia podemos afirmar que el terror no puede ser un medio para alcanzar un objetivo islámico. Por otra parte, el Islam jamás ha considerado la guerra de forma favorable, por mucho que ésta sea una realidad y uno de los hechos más relevantes en la historia de la humanidad; el Islam vincula la guerra al hecho defensivo para, más tarde, dentro del marco definido por el principio coránico que afirma que «incitar a la disensión es peor que el asesinato», definir la guerra como legítima si es para prevenir los conflictos y las disputas que llevan a ella, y para impedir el desorden, la opresión y el sometimiento. Estas son las condiciones que el Islam considera necesarias para emprender la guerra; por primera vez en la historia del género humano, el Islam ha introducido limitaciones y principios que regulan esta cuestión. Órdenes como las que mencionamos a continuación han pasado a formar parte de la historia:

«No permitáis que el temor de Dios abandone vuestros corazones. No olvidéis que no podréis hacer nada sin la ayuda de Dios y recordad que el Islam es la religión de la paz y del amor. La presencia de ánimo, la valentía del Mensajero de Dios y su acatamiento del camino que Dios ha ordenado deberían ser un modelo para vosotros. No asoléis los huertos ni las tierras de cultivo. Respetad a los sacerdotes y a los monjes que viven en los templos y a los que han entregado su vida a Dios; no les hagáis daño. No matéis a la población civil, no actuéis con las mujeres de manera indecorosa y no hiráis los sentimientos de los que han sido derrotados. No aceptéis regalos de la población local. No intentéis alojar a vuestros soldados en las casas de los vecinos. No dejad de hacer vuestras oraciones cinco veces al día. Temed a Dios y recordad que podéis encontraros con la muerte en cualquier momento, aunque sea a miles de kilómetros del campo de batalla. Estad siempre listos para morir».

Estas órdenes son las normas que los líderes de las naciones han recordado a sus jefes militares a lo largo de toda la historia islámica, órdenes que se han cumplido palabra por palabra. La guerra, que solo puede ponerse en práctica por un Estado y según el marco de ciertos principios, no puede ser declarada por individuos u organizaciones; lo que sí es evidente es que en el Islam no hay lugar alguno para las acciones de terror ilimitado, que tienen como objetivos valores humanos que deben ser respetados ni aquellos que destruyen la seguridad. En este sentido, y del mismo modo que el terrorista no puede ser un verdadero musulmán, el musulmán no puede ser un terrorista.

Un musulmán no puede ser un terrorista porque el Islam ordena que se apliquen los castigos más severos a todo aquello que tiene como objetivo las vidas y la seguridad de las personas; en la Otra Vida, los que niegan a Dios y Le atribuyen asociados, además de aquellos que asesinan a la gente y quitan la vida de forma deliberada, morarán eternamente en el Infierno. Una persona que sea musulmana y encarne las características de la fe y del Islam, jamás llevará a cabo una acción que tiene este tipo de castigo. En consecuencia, no es posible que el terrorista sea un verdadero musulmán del mismo modo que es imposible que el musulmán sea un terrorista.

Problemas de las sociedades islámicas

Si las acciones terroristas continúan produciéndose de esta manera, bien sea en las sociedades islámicas o en otros lugares, ha de hacerse en primer lugar un diagnóstico acertado de la situación para luego aplicar el tratamiento que éste exige. Relacionado con esto, la lista que se detalla a continuación muestra las razones principales por las que ciertos individuos del mundo islámico han caído, o han sido forzados a caer, en esa red del terrorismo y por qué el terrorismo es un problema muy serio a escala mundial.

1. Las sociedades islámicas entraron en el siglo veinte como el mundo de los oprimidos, los agraviados y los colonizados; la primera mitad del siglo fue testigo de numerosas guerras de liberación e independencia, guerras que ya se habían iniciado en el siglo diecinueve. En todas estas guerras, el Islam desempeñó un papel importante a la hora de unir a la gente e incitarla a la acción. Como estas guerras se libraban contra los que se consideraban invasores, llegó un momento en el que Islam, independencia nacional y liberación significaron la misma cosa. Pasado el tiempo, y una vez establecidos los Estados nacionales en esas partes del mundo, resultó que no eran compatibles con sus ciudadanos; lo que ocurrió fue que los Estados no enseñaron a los ciudadanos un Islam con su verdadera naturaleza e identidad y actuaron de manera que hacían caso omiso de los ciudadanos, de forma contraria a los valores y tradiciones del pueblo. Esto convirtió al Islam en un baluarte, en un refugio ante el gobierno. La consecuencia ha sido que, lamentablemente y para muchos, el Islam se ha convertido en una ideología política tradicional.

2. En muchas regiones de la geografía islámica los gobiernos que no prestan atención, denigran a los ciudadanos y son oligárquicos por naturaleza, se han dedicado a favorecer a las dinastías y familias de las que forman parte, en lugar de esforzarse por conseguir la prosperidad de su país e intentar establecer la unión entre el Estado y sus ciudadanos; el resultado ha sido que esos gobiernos han sido degradados y se les ha llegado a considerar meros opresores que merecen la animosidad a los ojos de la gente. Las masas pobres e incultas se han convertido en los enemigos de sus propios gobiernos.

3. Tanto en las sociedades islámicas como en otras naciones, las raíces del terror se han asentado siempre en la pobreza, la ignorancia y la falta de educación. Hay muchos lugares en los que aún persisten sistemas tribales y feudales y donde la gran mayoría de la población considera que los países desarrollados de Occidente, países que en un momento dado habían invadido y ocupado su territorio, son los protectores y valedores de sus gobiernos; la consecuencia de ello es que hacen responsables a estos países de los males y la opresión que sufren en su propio país.

4. En las sociedades islámicas, ni tampoco en otros territorios calificados como países del Tercer Mundo, jamás se han establecido por completo valores tales como la democracia, los derechos humanos básicos, la propagación del conocimiento y la educación para toda la sociedad, la prosperidad económica, la igualdad en la producción, la institucionalización de la renta y el consumo de manera que impida la formación de clases, y la supremacía de la ley y la justicia; valores que son generalmente aceptados en el mundo entero. No hay duda de que los principales responsables de esta situación son los gobernantes de estos países y los de esos países desarrollados de Occidente que les ayudan a mantenerse en el poder. Así pues, por mucho que éstos últimos presuman de ser defensores de los valores mencionados, en lo que respecta a los pueblos del Tercer Mundo no solo no se les considera sinceros sino que se les ve como países que transgreden dichos valores.

5. El mundo de nuestros días, como ya hemos mencionado brevemente y como resultado de los grandes desarrollos en las comunicaciones y en la forma de viajar, se ha reducido al tamaño de un pueblo grande. Todos los pueblos y países son ahora vecinos. Unos pocos de estos vecinos, una minoría en realidad, vive con todo lujo en un océano de abundancia mientras la gran mayoría es pobre, extremadamente pobre. El colonialismo y la explotación, que se practican de forma muy sutil y secreta, son considerados como unas de las causas más importantes de esta pobreza que hace que la gran mayoría tenga un grado tal de necesidad que es incapaz de satisfacer las necesidades más perentorias. Estos factores han producido sentimientos de rencor, de resentimiento y de enemistad. Y lo que es aún peor, es una terrible realidad comprobar que, hoy en día, las acciones ilegales son tan aceptadas como las legítimas. La corrupción, el fraude, el deseo de dinero fácil, el egoísmo, el individualismo, el juego a nivel internacional, el contrabando (principalmente de drogas y de armas) pueden encontrarse en casi todos los países del mundo contemporáneo. Las organizaciones mafiosas que hacen posible estas actividades, además de otras organizaciones similares como las grandes empresas, los cárteles y los consorcios, compiten a muerte entre sí y emplean asesinos sanguinarios y matones que representan la fuerza física bruta. El hecho de que estas organizaciones alienten y apoyen estas actividades es sin duda otro factor importante e innegable de la dimensión internacional del terrorismo.

6. Quizás más importante que todo lo anterior sea lo siguiente: la religión y los valores religiosos, −junto con la espiritualidad y la ética que están conectadas con ellos− han sido socavados a lo largo y ancho del mundo entero y son la fuente más importante del terrorismo y de otros problemas sociales de importancia que amenazan hoy en día a la humanidad. El mundo atraviesa una crisis espiritual; todos los pilares fundamentales que sostenían a la humanidad han colapsado y han sido destruidos. Filosofías de la depresión, satanismo, corrientes que son fundamentalmente materialistas y naturalistas pero que parecen espirituales (aparece una nueva cada día), y los así llamados cultos preparan el terreno para la violencia y el suicidio. Estos fenómenos son como ataques epilépticos que conmocionan a nuestro mundo o como las convulsiones de quien tiene una fiebre muy alta. Preguntarse por qué la gente se suicida, mata y se droga cuando ha perdido la esperanza, cuando ve el pasado como una tumba enorme y el futuro como un abismo sin fondo, cuando la vida carece por completo de sentido, es algo que debe achacarse a la ignorancia o a una supuesta pretensión de la misma.

7. Las palabras definitivas que deben pronunciarse sobre este tema son las siguientes: el que no haya hasta la fecha una definición o clasificación del terrorismo reconocida por todas las naciones, o al menos enunciada por las Naciones Unidas, constituye un serio problema. ¿Qué acciones deben ser consideradas bajo el término «actos terroristas» y cuáles no lo son? ¿Quién es un terrorista y quién no lo es? Cada uno tiene su propia respuesta a la pregunta. El terrorista según unos es para otros un defensor de la libertad; el luchador que para unos defiende sus ideales es para otros un mero terrorista. Si va a declararse la guerra contra el terror a escala internacional –y no hay duda de que debe ser una campaña seria y responsable− lo primero que parece necesario hacer es una definición del terrorismo que sea por lo menos aceptada por las Naciones Unidas. Una vez logrado este objetivo, una campaña internacional contra el terror tendría un estatus legal, un estatus aceptado por todos, una situación en la que nadie echaría la culpa al otro para así conseguir dar un primer paso en la prevención el terrorismo. Y tras haber hablado de los problemas principales y de las cuestiones que consideramos son sus causas, no es apenas necesario hablar de resoluciones y pronunciamientos: el diagnóstico del problema contiene en sí la solución.

El tejido principal de la vida social

El tejido principal de la vida social es el que está fundamentado en la religión, la ley, la sabiduría y el poder. Una persona o una sociedad sin religión no podrán durar mucho tiempo ni serán beneficiosas para los demás. Lo cierto es que la religión es un elemento esencial que ha sido determinado por encima de nuestras capacidades y que ha entrado en nuestras vidas, lo queramos o no. Y aunque seamos las criaturas más perfectas, engrandecidos con nuestro libre albedrío, hay todavía muchos elementos indispensables relacionados con nuestra vidas a los que estamos estrechamente vinculados. Sirva de ejemplo cuándo nacemos y cuándo y dónde dejaremos este mundo, hechos ambos cuya determinación trasciende nuestras posibilidades. Tampoco decidimos nuestra familia –tanto nuestra madre como nuestro padre−, nuestra raza, color o características físicas. Por otra parte, nuestro propio cuerpo funciona al margen de nuestra voluntad: no podemos evitar tener hambre, sed o incluso sueño. Y las formas y los medios con los que satisfacemos estas necesidades tampoco dependen de nosotros. En nuestras actividades cotidianas más sencillas, tales como comer y beber, nuestro único papel es obtener la comida y la bebida y tomar la decisión de hacer tal cosa: en cierto modo podría decirse que nuestro papel en la satisfacción de nuestras necesidades no es más de un mero uno por ciento. Esto significa, nos guste o no, que nuestras acciones están bajo la influencia de ciertas condiciones categóricas. La religión es una de estas condiciones determinantes. Queramos aceptarlo o no, la religión es uno de los elementos más esenciales de nuestras vidas, un elemento que no puede sustituirse por ninguna otra cosa. Y esto es así porque juega un papel fundamental en la organización y reglamentación de nuestras necesidades espirituales, necesidades que tienen un significado y una importancia superiores a las materiales. La religión no solo tiene importancia en sí misma, sino también en la organización de nuestra vida individual, doméstica y social, lo mismo que en la material. La religión tiene un papel fundamental a la hora de determinar e implementar las leyes que son los principios que regulan ciertos aspectos de nuestras vidas. El objetivo final no son las leyes o su aplicación; el valor de las mismas está relacionado con el grado de servicio que prestan a la humanidad y a la sociedad. En consecuencia, cuando se establecen las leyes hay que estar muy familiarizado con el género humano y sus peculiaridades, debiendo tenerse en cuenta su naturaleza más esencial. También se debe conocer la sociedad, que se compone de personas dotadas de conciencia y voluntad, las necesidades y los medios con los que esta sociedad las satisface y los tipos de relaciones que existen entre los individuos en el interior de dicha sociedad. Los individuos son como las partes de un conjunto, por lo que necesitamos ser consciente de las conexiones y de los vínculos que mantienen los individuos con el espíritu colectivo de la sociedad. Así pues, al estar familiarizada con la sociedad y con la gente que la compone, la religión desempeña una función esencial puesto que el Creador de la humanidad y Quien enseña la religión es Dios. El papel de la religión a la hora de comprender al género humano y a la sociedad es tan fundamental que resulta imposible evaluar su importancia.

La necesidad de la religión en el orden social

En segundo lugar, y del mismo modo que la fuerza desempeña un papel innegable en la aplicación de la ley, la importancia de la religión en este ámbito es enorme. La religión está basada en el hecho de implantar la creencia en la existencia de un Ser que observa a los seres humanos, los controla, sabe todo lo que hacen, lo que piensan, sus intenciones y sus objetivos. Y esta fe es algo consustancial al género humano; reside de forma latente en la conciencia de la humanidad y se hace notar en todas las ocasiones. Y aunque en esta Tierra pueda ser posible eludir la ley, la gestión y ejecución de la misma, resulta imposible traspasar los límites del divino escrutinio de Dios; la religión enseña que los humanos son responsables de lo que hacen en este mundo, que serán juzgados en Más Allá en lo que respecta a sus actos y que, según sea el resultado de dicho juicio, gozarán de la felicidad eterna o serán castigados para siempre. Así pues, al educar a los seres humanos para que se conviertan en paladines de la virtud en vez de en encarnaciones del mal, es impensable que cualquier otro sistema pueda sustituir a aquel que está basado en la creencia.

En tercer lugar, y a la hora de formar a la humanidad, los principios éticos de la religión tienen una prioridad que los hace ser insustituibles por cualquier otra cosa. Estos cánones éticos son la medida que han aceptado todas las sociedades a lo largo de los tiempos; esto es una verdad indiscutible. Estos criterios desafían tanto al tiempo como a la existencia. Que produzcan el impacto necesario en la gente depende del estado de la creencia religiosa y de su aplicación en la sociedad.

La religión en el mundo occidental de nuestros días

Hay personas que pueden pensar que la religión ya no tiene cabida en la vida social de los países desarrollados de América y de Europa occidental. Ante esta afirmación debemos inmediatamente señalar que no es cierta en absoluto, y que estos países tienen y están estrechamente vinculados a sus religiones. Tal y como hemos mencionado antes, por mucho que se hayan debilitado los valores religiosos en el mundo en los dos últimos siglos, la humanidad de hoy busca de nuevo la religión y se siente proclive a ella. Y aunque parezca que en Europa occidental la población es hasta cierto punto indiferente a la religión, los que ocupan puestos en el gobierno parecen ser, en general, bastante religiosos. Siempre ha habido personas religiosas en los niveles más altos de la administración y las sigue habiendo en nuestros días. Y aunque la norma en todos estos países sea el laicismo, nunca ha habido una mentalidad que dicte que la guía de la religión deba ser abandonada en la vida social o incluso política de un país. Los historiadores occidentales afirman que el Cristianismo es el elemento más importante en la formación de la moderna estructura social europea. Según estos historiadores, el Cristianismo ha desempeñado un papel que ha llegado a afectar al ámbito social y político, además de tener un papel fundamental en áreas más concretas, con leyes sintomáticas relacionadas con la blasfemia, las festividades religiosas y la adoración en grupo.

Ocurre lo mismo en países como EE.UU. y Canadá donde la mayoría de la población sigue su religión, por mucho que se diga lo contrario, y la religiosidad goza de la estima del público en general y de diversas instancias gubernamentales. Cuando nos fijamos en el conjunto de leyes de estos países es fácil constatar la influencia de la religión. En EE.UU. por ejemplo, los castigos por delitos como provocar la muerte de un ser humano pueden exceder en ocasiones la reparación que ordena el Islam. En segundo lugar, todas las naciones tienen una serie de características que surgen de su propia naturaleza, de su historia y de su cultura. Los turcos han sido musulmanes durante siglos y es imposible separarlos del Islam. En aquellas ocasiones en que se han distanciado del Islam jamás han encontrado paz o progreso; ha ocurrido justo lo contrario y ha dado lugar a una degeneración. Esto se debe a que el Islam no es como el resto de las religiones. Un judío no tiene que creer en Jesús o en la Biblia, ni tampoco en Muhammad ni en el Corán. A un judío se le considera creyente aunque no crea en estas cosas. De manera similar, a un cristiano se le considera religioso aunque no crea en Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, o en el Corán. Esto se debe a que estas religiones no aceptan los sistemas divinos y los Libros que les han seguido. La religión puede así encontrar un lugar en el vasto espectro de religiones divinas que surgen a partir del Judaísmo y el Cristianismo. En cada sistema hay un Libro y un Profeta vinculado con él, para que el sistema no se corrompa por completo; cuando alguien lo denigra puede que se agrie, como la leche, pero de la misma manera que ésta, el producto agrio puede utilizarse para otro propósito. Si queremos utilizar otra metáfora, la religión puede refugiarse en una de las numerosas habitaciones de un palacio y ser iluminada con la luz que hay en esa habitación. El Islam engloba a todas las religiones. Creer en Muhammad y en el Corán como la última y principal, y con ello creer en todos los Profetas y Escrituras Sagradas, es uno de los pilares del Islam. Dicho con otras palabras, el Islam es inclusivo, todo lo une. Si utilizamos de nuevo la metáfora del palacio, el Islam es el sistema eléctrico, el generador principal de todo el edificio. Si se abandona ese sistema, el mundo entero se sumirá en la oscuridad; ya no habrá luz que ilumine cosa alguna. Los que abandonan esta luz son los anarquistas que niegan todo orden.

En los últimos tres siglos, siglos que han sido años de sometimiento para los musulmanes, e incluso en los tiempos actuales, cuando el rostro del Islam ha sido ensombrecido por los que proclaman ser sus miembros más genuinos –en una época en la que el Islam se presenta como algo sombrío por sus enemigos− la cantidad de gente que se vuelve hacia el Islam sigue creciendo a un ritmo extraordinario mientras que el número de personas que se separan del Islam es todavía muy pequeño. Esto proporciona cierta indicación sobre aquello de lo que hemos estado hablando. La consecuencia es que aquellos que quieren que haya orden en Turquía y en el mundo deben abrazar el Islam y no dejarlo en manos de los que lo malinterpretan y abusan del mismo. En la estructura de una sociedad sana, la ley debe ponerse en manos de la sabiduría; esto quiere decir que no debe ir en contra de la naturaleza esencial del género humano y de la estructura de la naturaleza, esto es, de las leyes de la creación. La ley debe tener presente el carácter de la nación y los valores religiosos de la misma; debe prestar atención a las advertencias de la lógica y el sentido común y debe ser fácilmente aceptable por la mayoría. Y junto con la religión, la historia, las tradiciones y los valores nacionales, los principios fundamentales de la sociología, la antropología e incluso la física y la química, son extremadamente importantes a la hora de redactar e institucionalizar las leyes. La ley no es una ciencia independiente; es una ciencia que comprende la religión, la historia, la filosofía, la sociología, la sociología de la historia, la psicología, la antropología, la física, la química, etc.; y debe ser entendida de esta manera. De no ser así, las normas que se creen serán como un traje que no queda bien; necesitará cambios frecuentes. El material no es de buena calidad, el corte es poco atractivo, la talla no es la correcta. Esa prenda tendrá que ser cortada y cosida de nuevo, metiendo un poco aquí, recortando allí… una prenda que causará más perjuicio que beneficio a la configuración de la sociedad.

El poder no puede ser un fin en sí mismo

El poder es otro de los grandes elementos que conforman el tejido social. Y no cabe duda de que existe una razón divina que justifica la existencia del poder; del mismo modo que sin poder sería imposible la aplicación de la ley, sería también imposible proteger la seguridad del país, especialmente en aquello que se refiere a los poderes foráneos. El poder tiene también su lugar a la hora de garantizar la ley y el orden en el ámbito doméstico, razón de que deba ser respetado. Pero el poder no es un valor o un fin en sí mismo; puede, pero no debe ser el objetivo definitivo. El poder merece ser respetado en cuanto servidor de la justicia y de los derechos de las personas; el poder que ha perdido el control, al caer en manos de una minoría derrotada dominada por su egoísmo y sus ambiciones, no va a respetar ni los derechos ni la justicia; permitirá que no exista ley alguna, ni tampoco sabiduría. Siempre ha sido un problema para la humanidad que los derechos sean sacrificados por el poder, que las consideraciones egoístas predominen sobre los demás valores, que la amargura del racismo sustituya a los valores universales, que los intentos de resolver los problemas nacionales e internacionales se hagan por medio de la fuerza bruta. En una situación en la que los problemas se intentan resolver por la fuerza es imposible hablar del intelecto, del juicio, de los derechos, la justicia o la ley. Más bien todo lo contrario; en su lugar estarán la ilegalidad, la injusticia y la opresión. E incluso aunque el poder pudiera considerarse una fuerza potencial para la eliminación de problemas –en manos de los justos y bajo la guía de la lógica y el buen juicio− ha sido siempre un instrumento de destrucción en manos de la crueldad que surge del torbellino de las emociones. La brutalidad del poder que actúa asumiendo una libertad ilimitada es lo que no garantiza el valor de los derechos, la justicia, la ley, el intelecto o el juicio. Este error garrafal fue lo que causó aturdimiento a Alejandro y nubló su visión; fue lo que perjudicó el genio de Napoleón; fue lo que convirtió a Hitler en el loco más grande de su siglo. Así pues, no sería exagerado afirmar que la fuerza desenfrenada se halla detrás de la sucesión de descalabros y adversidades que sufrimos hoy en día. Y parece que este caos continuará hasta el momento en el que aquellos que representan el poder en el mundo se sometan a la justicia y en el momento en que las masas que siguen a esta gente adquieran una mejor comprensión de los acontecimientos de la vida cotidiana y contemplen el mundo a través del prisma de la justicia.

La política de guerra de los EE.UU.

Las cuestiones que hemos intentado abordar hasta ahora, en el marco de los principios básicos y de las reglas generales, se han expresado de forma lo suficientemente clara como para no exigir análisis más profundos o explicaciones detalladas. Pero si tenemos que comentar algo específico sobre los recientes acontecimientos podría decirse lo siguiente a fin de reiterar una verdad sociológica –una verdad que ha sido malinterpretada por algunos− y que ya he manifestado con anterioridad en muchas ocasiones: en el mundo siempre ha habido, y siempre lo habrá, un poder que ha mantenido el equilibrio. En su momento este poder fue Roma; luego, durante cierto tiempo, fue el Islam, primero con los árabes y después con los turcos musulmanes que asumieron ese papel. A principios del siglo diecinueve ha sido el mundo anglosajón el que ha asumido el papel de mantener el equilibrio mundial; quien lo hizo al principio fue el Imperio Británico seguido, tras la Segunda Guerra Mundial, por los Estados Unidos de América. Dios declara en el Sagrado Corán que Él da la riqueza a quien quiere y se la quita a quien quiere; eleva o degrada a quien Él quiere; y también dice que Él es Quien hace oscilar entre las naciones las victorias, las derrotas, el dominio y el sometimiento.

Esto quiere decir que el tiempo no sigue una línea recta sino más bien una órbita circular. Del mismo modo que la Tierra sigue una órbita en torno al Sol o el sistema solar va girando hacia un destino, el tiempo y la historia se acercan a un final relativo. Y es cierto que todo está determinado por Dios, pero la conducta y la forma en las que la humanidad haga actuar su voluntad pueden también tener un efecto hasta cierto punto. Si nos fijamos en lo que ocurre en el universo descubrimos los actos ejecutores de Aquel que ha creado y gestiona la existencia, eso que llamamos «leyes». Del mismo modo que algunas de las leyes de Dios se manifiestan en forma de religión, Él también tiene leyes que pertenecen a Sus actos ejecutores en la vida de la humanidad y del universo. Y si el obedecer o no a la religión y a sus decretos, a aquello que podemos llamar las leyes de la religión, tienen resultados en forma de recompensas y castigos que se manifestarán en parte en este mundo pero principalmente en la Otra Vida, el obedecer o ignorar las leyes de la ciencia como la física, la química, la biología y la astronomía también tiene recompensas y castigos que ocurren en su mayoría en este mundo y parte en la Otra Vida. Podemos tomar como ejemplo de las leyes que atañen a la vida en la Tierra, la consecución de un objetivo gracias a la paciente perseverancia o el hecho de quedar empantanado en el camino por culpa de la impaciencia. La riqueza es resultado del trabajo duro, la pobreza lo es de la pereza; el éxito es el resultado del estudio metódico y sistemático y el fracaso de todo lo contrario. Dios trata a la gente, a las sociedades, las naciones y los Estados según hayan o no obedecido leyes de otro tipo y, en consecuencia, los Estados y las naciones ocupan su lugar en la situación de equilibrio del mundo.

En la actualidad son los EE.UU. los que ocupan la posición de dominio en el equilibrio político del mundo. Y sin embargo, su dominio depende de que actúe basado en los derechos humanos y la justicia. Parece que, de momento, la maquinaria del sistema funciona bien en América. Pero del mismo modo que cada día abraza a su noche y cada primavera y cada verano llegan al invierno, si esta actuación lleva a una ceguera del sistema, si América empieza a ser desleal a valores tales como la democracia, los derechos humanos y las libertades fundamentales que tanto presume defender, si no ejerce el dominio que el destino ha puesto en sus manos en lo que respecta a los principios de la justicia y la protección de los derechos humanos, sus días se convertirán en noches y sus veranos en inviernos. Como ya hemos dicho anteriormente, no hay sistema que pueda perdurar basándose únicamente en la fuerza. El poder que no se base en los derechos y en la justicia acabará desviándose hacia la opresión para cavar así su propia tumba. El mundo de nuestros días está siendo convulsionado por problemas de gran magnitud que ya hemos analizado en parte. Además de esto, hay países como China y la India que, poseyendo antiguas civilizaciones y grandes poblaciones, están empezando a despertar. En la Europa Oriental, Rusia encarna otro gran poder. Europa va camino de convertirse en un Estado unificado, aunque todavía no está claro que sus esfuerzos tendrán éxito y si éste será duradero. Por otra parte, los países de Asia y África que sienten haber estado oprimidos durante siglos, tienen un potencial que debería tenerse en cuenta. Establecer en este mundo un sistema que dependa de la fuerza y asegurar su longevidad no es tarea sencilla. Espero y confío en que América no cometa un error lamentable que destruya el equilibrio actual al propiciar actuaciones que sumerjan al mundo en ríos de sangre.

El fin de los regímenes opresores

El hecho de que el mundo, al menos en ciertos aspectos y gracias a las tecnologías de la comunicación que están en constante desarrollo, se haya encogido hasta convertirse en un pueblo, crea una situación en la que los regímenes opresores, que implementan su soberanía basándose en la fuerza, no tienen demasiadas posibilidades de seguir existiendo sin enfrentarse a obstáculo alguno. El ser humano es una criatura noble; no puede soportar ser siervo o esclavo por mucho tiempo. Por su propio bien, es fundamental para todos los Estados y para las personas que trabajan en los gobiernos, establecer un sistema de gobierno que sirva a la gente y actúe según el principio de «el señor de un pueblo es aquel quien les sirve». Cada individuo tiene honor innato, autoestima y el carácter propio de un ser humano. Y si este honor, autoestima y carácter que el Creador ha otorgado a la persona no se tienen en consideración, será imposible establecer la paz y la seguridad en ningún país ni en el mundo entero. La creencia, vivir de la manera en que uno cree, pensar en términos liberales, expresar las opiniones personales y la libertad de desplazamiento y comunicación son derechos fundamentales de los seres humanos. Una sociedad que no pueda garantizar los derechos más básicos, −como el derecho a la vida, a la seguridad, la salud, al empleo y el ganarse la vida y al establecimiento de una familia− una sociedad donde no estén protegidos el compartir y consumir aquello que se produce y los valores básicos que la mantienen con vida, −como son los derechos, la justicia y el equilibrio−, en esta sociedad descrita, las virtudes como el amor, el respeto mutuo y la cooperación no podrán fructificar. Un gobierno jamás podrá subsistir mucho tiempo allá donde haya pobreza en lo que a estos valores atañe. Lo cierto es que cualquier gobierno o soberanía que carezca de estas características vitales se sentirá siempre inseguro y sufrirá un profundo desasosiego.

A pesar de que este hecho de considerar al mundo como un pueblo grande sea algo cada vez más firme y relevante, las diferentes creencias, razas, costumbres y tradiciones seguirán conviviendo juntas en este pueblo. Cada individuo es un reino único; en consecuencia, el deseo de que la humanidad sea homogénea es querer un imposible. Por esta razón la paz de este pueblo (global) ha de estar basada en el respeto a estas diferencias, en considerarlas partes de nuestra naturaleza y garantizar que los demás sepan apreciarlas y respetarlas. De no ser así, el mundo acabará devorándose a sí mismo en un entramado de conflictos, disputas, luchas, y en las guerras más sangrientas que prepararán el camino para darle fin.

* Esta sección procede del apéndice del libro preparado por Nevval Sevindi que tiene por título Fethullah Gülen ile Global Hoşgörü ve New York Sohbeti («Entrevista en Nueva York con Fethullah Gülen sobre la tolerancia global»), Timaş Yayınları, Abril, 2002.
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