El Caos y el Mundo Místico de la Fe

Hoy en día, y como si estuviese programado para la violencia, todo el mundo respira resentimiento, se alimenta de odio y maldice con una pasión inquebrantable y decidida contra todo aquel a quien se considera enemigo. La tinta que fluye por las páginas de los periódicos, las imágenes que se emiten por televisión, las ondas electromagnéticas que resuenan en la radio, desgarran nuestros oídos como gritos de malos augurios que surgen de diversos lugares: de las montañas o del agua, de los valles o de las colinas; abofetean nuestros ojos como fotografías que producen escalofríos y abren heridas en nuestros corazones. Estas epopeyas del odio que oímos día y noche y que tanto nos sobresaltan, y todos esos alaridos de malos presagios, nos hacen enfermar; y sin embargo, la gente que busca la cura de estas enfermedades es realmente escasa. Sus pensamientos van en direcciones diferentes pero siempre parecen llegar a un mismo punto: el dinero, la prosperidad económica y el éxito.

… emociones bajas, consumido por el deseo,
El significado que se desborda de la mirada está lleno de desprecio hacia el vasallo de Dios.
Mehmed Akif Ersoy

Pocos son los que se libran de una visión tan turbulenta; no hay diferencia entre lo colectivo y lo que no lo es, entre el capitalismo y el comunismo, ni entre éstos y el liberalismo. La distancia, en lo que respecta a la naturaleza, entre los que basan sus vidas en la comida y la bebida, en el descanso, en la consecución de dinero y el disfrute en general y los otros seres que se ven obligados por el carácter inmutable de su naturaleza, se hace cada día más pequeña. Las diferencias básicas entre ambos bandos se desvanecen una tras otra y el género humano, a pesar de su naturaleza, busca nuevas direcciones.

La religión, la devoción, la moral, la libertad de pensamiento, nuestras propias percepciones del arte carecen de importancia; el poder tiene tantas llagas que es casi irreconocible, la fantasía se ha arrogado la imagen de unas ideas que, además de desagradables, se imponen a los demás. Debo confesar que yo mismo he tenido muchas dificultades a la hora de comprender el drama interno de un fanatismo tan terrible. Y hoy que gozamos de una ilustración muy extendida y existe un intelectualismo en pleno apogeo, el hecho de que la ciencia y la ignorancia confluyan en un mismo lugar, sin respetar la distancia que debería esperarse entre ambas, sugiere una oscura complicidad y pone en evidencia la existencia de un serio problema. Esta contradicción nos lleva a pensar que la voluntad emocional de algunas personas está muy por delante de su voluntad lógica e intelectual.

Yo creo que en un este tipo de período oscuro en el que los opuestos se entrelazan de esta manera, cuando vemos que en diferentes sectores de la sociedad existe caos sobre caos, cuando acciones lóbregas de diferentes orígenes han ensombrecido la faz de la Tierra, cuando lo que está debajo reina sobre lo que está arriba, cuando la polémica y la dialéctica se han convertido en algo tan extendido, cuando las habladurías –especialmente con el uso de los medios de comunicación− se reciben como mercancía admisible, cuando las vidas de los demás han empezado a ser el sustento de nuestra existencia, cuando el alma de la unidad ha sido sacudida y hay grupos diferentes dispersos por doquier, cuando las esperanzas están destruidas y las voluntades paralizadas, y cuando las almas abandonan la lucha contra el deseo, vemos también que existe una necesidad imperiosa de volvernos hacia nuestra propia esfera espiritual y prestar atención a nuestro mundo interno, de apartarnos de la oscura atmósfera del ámbito corporal para navegar hacia la atmósfera de una vida saludable y espiritual. Los que no caigan en el letargo y regresen a sí mismos lo antes posible sentirán la magia y el encanto de su mundo interior; los desgraciados que fracasen a la hora de volver y se queden en medio o en el otro lado, seguirán estando resentidos, odiando, calumniando, mintiendo y despreciando; y permanecerán en la desintegración y en la discordia obstinada que han sido su práctica hasta ahora; e incluso en aquellos climas donde el sol brilla continuamente, tendrán sueños lúgubres, mascullarán pensamientos sombríos y buscarán lugares oscuros donde esconderse y rincones tenebrosos donde vivir.

Lo que se espera de ellos es que puedan sentir la alegría de los días y las noches bendecidas que nosotros experimentamos y en los que diluvios de luz llegan a todas partes. Se espera que expulsen de sus corazones la herejía, el ateísmo, la disensión y la sedición para ¡poder respetar la comprensión y la posición que ha elegido cada alma! Es posible que algún día se cumplan estos deseos; pero los autoproclamados enemigos de Dios, de los profetas, de la religión y la piedad –al no haber respirado nada más que materialismo, al caer en la locura por negar la divinidad y haberse sumergido en las arenas movedizas de la anarquía y el nihilismo− nunca podrán inhalar este aire revitalizador. ¡Oh amado Señor, si tan solo quisieras darte a conocer y quitar las cadenas de sus corazones!

En cada comunidad y sociedad hay personas que se sienten inclinadas a abandonar su fe y ha habido muchas ocasiones en las que este tipo de gente ya no está bajo control; otras comunidades y sociedades no tienen los mismos lugares vigorosos que tenemos nosotros en los que refugiarse cuando se enfrentan a estos abismos y debilidades. La verdad es que tienen pensamientos que reconfortan, creencias que reconcilian, días y noches que vibran de alegría, además de fiestas y verbenas; pero esos días, esas noches, esas fiestas, esas verbenas carecen por completo de santidad alguna. Son como fuegos artificiales que brillan durante unos instantes y luego desaparecen produciendo un placer momentáneo; son efímeros y físicos y no prometen nada en lo que respecta a la alegría espiritual. La realidad es que en sus palabras no se siente la grandeza de la fe en Dios ni tampoco se puede sentir que las almas hayan trascendido los límites del tiempo y el espacio; todo comienza con una felicidad falsa y transitoria y ocurre en un delirio carnal. Y luego se transforma en memorias dolorosas, en sueños lamentables y esperanzas defraudadas hasta que, al final, todo desaparece.

En esta atmósfera espiritual en la que estamos estrechamente vinculados con Dios, cada sonido, cada palabra, cada acción se percibe como una canción infantil y se escucha como una melodía. Y cae sobre nosotros como si fuera lluvia; y nos empapamos con las virtudes de estos aguaceros. La luna cambia su forma cada noche como si señalase tiempos determinados y horas felices; el sol cambia de lugar en el horizonte cada vez que amanece, despertando nuestras emociones y pensamientos a un nuevo periodo de tiempo, haciendo que nuestros sueños lo sigan, presentándonos memorias que se parecen al río Kauzar que se nos promete en el Jardín. Las memorias pasadas se convierten en un velo de colores que se pone alrededor de nuestros ojos, el futuro feliz es la culminación de nuestros sueños que nos espera con los brazos abiertos, y nosotros, que hemos sido liberados de los estrechos límites del tiempo, vivimos la multiplicidad del ayer-hoy-mañana de forma simultánea y, como los ángeles, sentimos la alegría de atravesar el tiempo. Para los que no se alimentan de la misma fuente que nosotros, para aquellos que no comparten los mismos pensamientos y emociones que nosotros, es imposible sentir y comprender las profundidades sagradas en las que nos sumergimos o la felicidad y la alegría que bebemos a sorbos como si fueran los ríos del Paraíso.

Nuestra fe, nuestros horizontes de pensamiento y nuestra forma –características de los afortunados que, al mismo tiempo, pertenecen a una nación un tanto agraviada en esta parte del mundo− han llegado a ser, gracias a ser formadas y reformadas en el molde de la personalidad colectiva, enormemente refinadas y adornadas de valores universales; esta situación no existe en otras comunidades; y hasta tal punto es así que los que pasan un tiempo con nosotros no necesitan que éste sea demasiado largo para darse cuenta de esta diferencia. La verdad es que en estas diferencias se siente y se percibe la sagrada tristeza de nuestros corazones y el entusiasmo de nuestras almas que se parece al agua que fluye entre las rocas. Los que oyen lo que tenemos que decir escuchan las melodías del dolor de la separación que se expresan acompañadas de esperanza; en nuestro tono y manera oyen las notas de la reunión, de la búsqueda dulce y eterna del hogar. Mientras por un lado murmuramos «Oh aguador, me he quemado en las llamas del amor ¡dame un vaso de agua!», por el otro decimos «He metido el dedo y he degustado la miel del amor: ¡dame un vaso de agua!»; y así es como podremos transformar nuestra pena en sonrisas. A veces nuestras lenguas hablan del amor y en otras ocasiones lo hacen del cansancio; aunque el amor y el cansancio causan dolor a los demás, en ellos siempre oímos, como Rumi, el poema del anhelo por el reino que hemos abandonado para venir aquí. Para nosotros el amor y el cansancio son una especie de súplica de la lengua del alma que procede de un doloroso deseo de eternidad. Como nuestras creencias y sentimientos nos llevan a los mundos mágicos del más allá, casi siempre sentimos entrelazadas la tristeza con la alegría; oímos los sonidos del llanto y de la risa como notas diferentes de una misma melodía. Respondemos a la atormentada respiración de nuestros pechos con sonrisas en el rostro y, al tiempo que en nuestros ojos se desbordan las lágrimas, nuestra conciencia adquiere un tono carmesí con las rosas de los jardines de Iram[1].

A pesar de no ser fácil para todos los individuos, nuestra conexión con Dios es la actitud más natural que podemos adoptar; nuestra relación con Él es como el hechizo que transforma todos los momentos de nuestra vida en alegría y entusiasmo. Nuestros corazones laten con sentimientos hacia Él y se llenan de nuevo con el sueño de esta visión; en nuestro corazón somos capaces de vivir los otoños más duros porque albergamos la alegría de la primavera. Nuestras almas adoptan la actitud más envidiable con impulsos de emociones determinadas y con una alegría que son resultado de nuestro vínculo con el Glorificado; así transformados, hacen que sintamos un entusiasmo renovado, una nueva revelación y apertura, incluso en los momentos en que estamos llenos de tristeza y pesar. Placer o tristeza, revelación o pena, todas estas emociones sufren una metamorfosis en nuestros corazones cuando laten con fe y nos hablan de los placeres más naturales y de las expectativas más reales. También es una realidad el hecho de que experimentemos momentos consecutivos de facilidad y dificultad, semanas dulces y días amargos, luces y oscuridades que vienen y van como el día y la noche. Y sin embargo, bebemos a sorbos la insuperable benevolencia y las alegrías de manos de todas estas tribulaciones porque ¡tenemos nuestras creencias, nuestras esperanzas y nuestra conexión con el más Justo! Los que no reconocen que las pruebas y los placeres son producto de una misma voluntad se retorcerán en una agonía interminable mientras que nosotros, en nuestra propia atmósfera, vemos con claridad que todo se transforma en una profunda compasión. Ven y degusta toda una vida con sus facetas amargas y dulces como el Kauzar, en todo lo que comemos y bebemos, en todos los lugares donde vivimos, con todos los hermosos descubrimientos divinos de nuestro propio mundo interior, con todas sus diferentes longitudes de onda; siente cómo se contraen nuestras penas al enfrentarse a la felicidad, siente cómo se transforma nuestro dolor en placer y siente cómo nuestras vidas fluyen hacia aljibes esmaltados con un espectro de colores. Nuestra mortalidad se transforma en eternidad; y sonreímos incluso cuando lloramos.

En nuestro mundo, las creencias y expectativas que surgen del núcleo mismo de esas creencias, están tan entrelazadas con nuestras vidas que cada capítulo de las mismas nos presta las alas de la estación de la oración y nos lleva a las puertas de la Otra Vida. Nos lleva allí y permite que nuestros corazones beban de las bellezas del cielo. Así nos sentimos, como si estuviésemos oliendo los perfumes del Paraíso. Pero incluso si nos dejamos llevar por nuestras vidas cotidianas, todo lo que se desborda por las ventanas de las mezquitas, −las llamadas a la Oración, las canciones que ensalzan a Dios, las que Le dan gracias, la proclamación de Su Unicidad− nos atrae hacia su atmósfera inigualable; pintan nuestras almas con sus matices, proporcionan a nuestros corazones una voz como la del tambor, hacen suspirar a nuestras almas como la flauta y las estimulan con la felicidad de la música. Estos sonidos avivan nuestras almas y nos sentimos encantados con los misterios que pertenecen a Dios, un encanto que surge galopando desde las profundidades de nuestro mundo interior y que se propaga a todos nuestros sentidos, un encanto que colorea los jardines del cielo en nuestros pensamientos y fluye por nuestros labios como una cascada de inspiración. Y así, encantados, permanecemos sobrecogidos.

Este hechizo, este reconocimiento de los misterios que pertenecen a Dios, alcanza un grado supremo en los días y las noches bendecidas, cuando se derraman sobre nosotros una abundancia y una generosidad sin límites. Y esto es verdad hasta el punto de que todo lo que hay a nuestro alrededor asciende en un estado de alegría, cada rincón adquiere un matiz espiritual y la excitación de nuestras almas, que buscan los destinos metafísicos, alcanza su culminación o, como se dice en términos sufíes, nuestras almas alcanzan el cielo más elevado de la madurez. Y hasta tal punto es así que podemos oír todo lo que nos rodea y, nosotros también, nos regocijamos como niños que imaginan estar en los parques de atracciones de la alegría; y así es como experimentamos la felicidad y la alegría de un día festivo.

En este tipo de mundo, el rocío entra en nuestras casas por las puertas y las ventanas como un invitado al que se espera con expectación; la tarde entra en nuestras habitaciones privadas como si fuera un amante y se sienta con nosotros; la noche se aferra a nosotros con sus lazos de reunión con el Amigo Íntimo; y en cada valle se alzan las manos hacia Él en oración, dispuestas a recibir los regalos que proceden de Él y asumiendo un estado de tensión metafísica con el poder del alma al tiempo que suspiran y dicen: «Toma mi mano, querido Amigo, y sostenla porque no puedo estar sin Ti».

En ese mundo, la oración brama como las estentóreas voces de los himnos Gulbank[2] y resuena como la voz y el aliento de las profundidades divinas; la cálida soledad de la noche envuelve nuestras almas como si fuera seda; nuestros pulsos laten con la excitación del que ha recibido buenas noticias. Es posible que algunos de nosotros sigan cantando Sus alabanzas, bien llueva o haga sol, como el ruiseñor que se rompe el corazón tratando de encontrar la canción ideal para expresar sus emociones con el sonido más conmovedor. Sea como conclusión: todo el mundo tararea una melodía con una inacabable mezcla de dolor y alegría, con un amor y excitación que nunca se desvanecen, oyendo el estremecimiento de sus almas y permitiendo que otros también lo escuchen. Suspiran con la fiebre del amor y hacen que los demás también la sientan. Y conforme reflexionan sobre el entusiasmo en sus almas y sobre la inspiración en sus corazones y lo expresan por última vez, se convierten en portavoces de las emociones que todos comparten, y así son capaces de expresar los significados ocultos de aquellos que quieren hablar pero no pueden verbalizar.

El horizonte de vivir el ayer-hoy-mañana al mismo tiempo, con tal grado de fe y de esperanza, de amor y de reconocimiento de los misterios que pertenecen a Dios, otorga una profundidad tal a la vida, que cada corazón en la órbita de la Otra Vida se encuentra arropado en la melodía armoniosa de las emociones y de las ideas, y se halla libre de los efectos limitadores y sofocantes de la materia. Yo creo que la base más sólida de todas las relaciones humanas, el origen más puro de todos los placeres y la fuente de todo amor, anhelo, atracción y gravedad, son esta fe y esta esperanza. Cada discípulo del corazón que obtenga esta fe y esta esperanza podrá sentir y experimentar el estado de encontrarse más allá del tiempo y la posibilidad de sentir todas sus profundidades.

Y lo cierto es que, dependiendo de la magnitud con la que pueda alcanzarse esta visión, se puede sentir la existencia de manera distinta, valorar las cosas de manera también diferente y fundirse uno mismo con el color, el sabor, el aroma y la modulación de las manifestaciones del Eterno; estos atributos lo impregnan todo y el individuo puede llegar a tener una segunda existencia con un nuevo «nacimiento después de la muerte»[3]. En esas horas tan dichosas, cuando la mirada interna está concentrada en lo que está detrás de la escena visual de la existencia, se sienten todas las alegrías del existir. Se siente como si se hubiese tomado una ducha de sabiduría, como si nos aliviásemos del peso de todas aquellas cosas que nos son extrañas. Los cielos distantes derraman bendiciones sobre estos corazones, corazones sedientos de amor que galopan con anhelo y con afecto; todos los corazones que viven con el temor de secarse se ven del todo saciados. ¡Las flores celestiales florecen con estos aguaceros adornados de sueños!

Es posible que algunos de nosotros no comprendamos el estado –un estado que se convierte en una sucesión de amaneceres y de esfuerzos (por superar la oscuridad con toda su connotación)− de esta gente de la fe y el horizonte; pero todo esto son fenómenos del corazón, del alma y de las emociones. Al vivir a través de las innumerables revelaciones de la vida, sólo los héroes del amanecer y del gran combate pueden comprender este amor, entusiasmo, poesía y música que derrama sobre nuestras almas el Eterno. Los que no entienden esto tampoco podrán entendernos a nosotros. Los que permanecen alejados de esta vida fina y delicada viven en la oscuridad de esa distancia, mientras que la comprensión de aquellos que han encontrado un lugar desde el que pueden ver la verdad, de tal manera que parece tan evidente como lo es en realidad, sienten siempre este regalo en todas sus longitudes de onda, lo saborean como si fueran los ríos del Paraíso y viven sus vidas terrenales como si estuviesen en el Cielo.

¡Quién sabe cuántas veces más hablaremos de este eterno placer y de esta alegría contenidas en el deleite de una celebración, de un día festivo! Por mucho que hablemos de ello –dejando a un lado las faltas de expresión del orador− seguiremos escuchando con placer y trataremos de compartirlo con los demás.

* Este artículo apareció por primera vez en Işığın Göründüğü Ufuk [«El horizonte donde apareció la luz»], Nil, Estambul, 2000, págs. 21-28.
[1] Un lugar mencionado en el Corán: (Sura al–Fayr, 89: 7-8), «… (el pueblo de) Iram con edificios (monumentales) de numerosas columnas, cuyo igual no ha sido creado en esa tierra».
[2] Himnos y súplicas que la congregación recita en las mezquitas.
El cambio que se expresa en estas líneas no debe relacionarse con las nociones de la reencarnación.
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