Generaciones Ideales

Fethullah Gülen: Generaciones Ideales

En vísperas de los hermosos días del futuro, unos días cuyos amaneceres respiran fiesta, está claro que nos enfrentamos a una crisis aparentemente insuperable. Al igual las dificultades sociales, los problemas nacionales y los desastres naturales, las crisis que asedian a una sociedad no pueden ser superadas o resueltas aplicando recetas mundanas. Las soluciones para ese tipo de crisis pasan por que la visión, el conocimiento y la sabiduría se generalicen. No sirve de nada —de hecho, no es más que una mera pérdida de tiempo— tratar de resolver estas crisis con políticas carentes de dirección, limitadas y poco prometedoras, como lo son las estrategias políticas mundanas. Tanto en el pasado como en el presente, las gentes de espíritu, de esencia y visión, han resuelto las depresiones y las crisis más comunes y extendidas mediante sus amplias perspectivas, mediante su celo y con una facilidad inimaginable, usando y activando las fuentes actuales de poder pensando en el futuro. Alguna gente ignorante en estos temas cree que sus ingeniosas medidas son sobrehumanas y que por ello les han admirado y se han maravillado de ellos. Sin embargo, lo que hacen en realidad, como cualquier persona que tiene éxito, es utilizar plena y eficientemente la capacidad, el talento y las oportunidades que les ha concedido Dios Todopoderoso.

Las personas de discernimiento están siempre, en todos sus actos y actitudes, ocupados y preocupados con planes y proyectos para hoy y para mañana. Usan todo lo que tienen, todas las posibilidades y oportunidades, como un material para construir el puente que cruza hacia el futuro. Siempre sienten el dolor y la angustia de llevar el hoy hacia el mañana. Resolver los problemas depende, en cierta medida, de adelantarse al pasado o de superar el presente situándose más allá del tiempo. Es decir, depende de nuestra capacidad de ver, prever y evaluar el hoy y el mañana de la misma manera. Pueden llamar «ideal», si así lo desean, a un pensamiento de semejante alcance, un pensamiento que implica abrazar al mañana a partir del hoy y comprender el espíritu, la esencia y el contenido del futuro. Aquel que no dispone de un horizonte tan amplio no puede superar el conjunto de los problemas planteados ni puede prometer nada para el mañana. A pesar de que alguna gente simple ha asumido responsabilidades de estas proporciones, en el ambiente de lujo y magnificencia de los Faraones, los Nimrods, los Césares y los Napoleones, su ruidosa y agitada vida, que a tantos deslumbró, nunca llegó a ser, y no podrá llegar a ser, en ningún caso, prometedora para el futuro. Aquellas personas fueron unos pobres y miserables que sometieron la verdad a las exigencias de la fuerza, que siempre intentaron forjar vínculos sociales y de conveniencia en torno al interés personal y al beneficio, y que vivieron sus vidas como esclavos, sin aceptar la libertad a causa del rencor, el egoísmo y la sensualidad.

Por el contrario, en primer lugar los Cuatro Califas Rectos y más tarde los Otomanos realizaron obras tan enormes que sus consecuencias superaron este mundo y llegaron al otro, obras que, en esencia, son capaces de competir con los siglos. Su valor sólo puede ser apreciado por aquellos que no son engañados por transitorios eclipses. A pesar de que vivieron sus vidas, llevaron a cabo sus deberes con plenitud y ya murieron, siempre serán recordados, se hablará de ellos y encontrarán un lugar en nuestros corazones como una referencia buena y admirable. En todos los rincones de nuestro país, el espíritu y la esencia de personas como Alparslan, Melikşah, Osman Gazi, Fatih y muchos otros, flotan como el olor del incienso y, con su visión, fluyen en nuestro espíritu esperanzas y buenas nuevas.

César pisoteó el ideal de Roma con sus caprichos y deseos, Napoleón atrapó y mató el ideal de la Gran Francia en su red de codicia y ambición y Hitler consumió el objetivo de la Gran Alemania con su galopante locura. Por otro lado, el ideal de nuestra gente tiene garantizada su continuidad, pues su heroísmo expresa integridad y permanencia, siempre ha sido elevado, situándose por encima de toda mezquindad o vulgaridad, tanto en la victoria como la derrota. Se le teine cariño, amor, alta estima y se considera sagrado, cual bandera por la que se ofrece la vida. Bajo esa enseña, Fatih entró en Constantinopla, Solimán el Magnífico avanzó hacia Occidente y nuestra gente, durante la Primera Guerra Mundial y la Guerra de Independencia, mantuvo su lealtad y dio su vida para que esa bandera ondease para siempre.

Un ideal en manos de un hombre ideal alcanza los valores más elevados y se convierte en el gozo de la victoria y el logro. Si las personas que representan este ideal no son adecuadas para llevar adelante esa tarea, aquella bandera o estandarte se convierte en un banderín bajo el que se expresan los caprichos comunes y las bajas pasiones. Aunque este banderín sea capaz de reunir a los niños de la calle, haciéndoles que rocen los objetivos, como si de un juego se tratase, no será capaz de expresar las emociones y aspiraciones que residen en las profundidades de las almas de nuestra gente.

Una persona de ideales es, en primer lugar, un héroe del amor, un ser que ama Dios, Creador Todopoderoso, con devoción; que siente un profundo interés por toda la creación bajo las alas de ese amor; que abraza a todo y a todos con compasión, lleno de cariño por su país y por su pueblo. Cuida de los niños como si fuesen los brotes del futuro; aconseja a los jóvenes para que se conviertan en gente de ideales, proporcionándoles fines y objetivos elevados. Honra lo antiguo con gran consideración y estima, tendiendo puentes sobre abismos a fin de conectar y unir a los diferentes sectores de la sociedad y aplican todos sus esfuerzos para pulir a fondo toda la armonía que haya entre las personas.

Una verdadera persona de ideales es también una persona sabia. Mientras observa los hechos desde el ámbito global de la razón, también los evalúa con la medida de su corazón agradecido, con criterios de autocrítica y autoevaluación, amasándolos y conformándolos en el crisol de la razón e intentando siempre aunar el resplandor de la mente y la luz del corazón.

Las personas de ideales son un verdadero ejemplo de responsabilidad para la sociedad en la que vive. Para alcanzar sus objetivos, el primero de los cuales es, por supuesto, complacer a su Creador, sacrifican todo aquello que Dios les ha concedido, sin pensárselo dos veces. No tienen temor o preocupación alguna por lo mundano, pues sus corazones no está cautivos sino de Dios. No tienen ni ambición por la felicidad individual, ni preocupación por la infelicidad. Son salvadores, héroes del espíritu. No les importa estar en el fuego del infierno, siempre que sus ideales y su país sean eternamente firmes, estables y permanentes.

Las personas de ideales y de grandes cualidades sienten respeto por aquellos valores a los que se sienten vinculadas interiormente, realizan sus tareas con la alegría de la adoración y viven como héroes del amor y del entusiasmo. Acompasándose y cumpliendo con la verdad con minuciosa sensibilidad siempre hacen prevalecer sus preferencias por los ideales sublimes. Siempre están llevando a cabo, en las profundidades de su corazón, una lucha para llegar a ser dueños de sí mismos. Han sido condenados a ser esclavos de la verdad, son desinteresados e indiferentes ante las posiciones y los títulos, y ven en la fama, en la codicia y en la tendencia a la comodidad y a la facilidad, un veneno mortal. Por eso estas personas siempre ganan cuando tienen la oportunidad de hacerlo y convierten las circunstancias desfavorables en beneficiosas.

Caminando junto a los espíritus gloriosos, estas personas están tan sinceramente entregadas a la Voluntad de Dios que las tormentas de las ambiciones que les golpean intensifican y consolidan sus sentidos de corrección, justicia y sensatez. Los efluvios de odio, rencor y malicia excitan las fuentes de amor y compasión en sus almas. Hacen caso omiso y desprecian los dones y bendiciones en los que la gente común se halla atrapada y son contrarios a la venganza. Si meditamos en la verdadera dimensión de estos héroes de los ideales, un estado que causa perplejidad a nuestra mente, entonces seremos capaces de imaginar a una persona con una resolución casi profética. Fluyen por nuestros sentimientos, a través de las puertas que han sido abiertas por estas asociaciones, por unas imágenes sobrehumanas, y entonces la morada de nuestra imaginación se desborda con tantos ejemplos históricos de heroísmo. Entonces, quedamos absortos por la lealtad y la sinceridad de Uqba Ibn Nafi, en los desiertos de África. Quedamos cautivados por la valentía e intrepidez de Tariq ibn Ziyad, después de cruzar a Gibraltar. Nos perdemos en la admiración de Fatih (Mehmed II) y su resolución. Quedamos fascinados por Gazi Osman Pachá en Plevne. Y saludamos con reverencia a los leones de Gallipoli, sobre cuyas cabezas llovieron bombas y proyectiles y que se enfrentaron a los ataques con rostros sonrientes.

No necesitamos nada más que personas ejemplares de elevado carácter y altos ideales. Estas almas exaltadas, de altos ideales, harán realidad el restablecimiento de nuestra nación, durante los próximos años. Estas gentes heroicas, cuya existencia tiene como levadura la fe, el amor, la sabiduría y el conocimiento, no han cedido ni han sido sacudidas han sacudido por los numerosos ataques provenientes de dentro y de afuera durante más de diez siglos. Tal vez han encogido un poco y se han hecho un poco más pequeños. Sin embargo, al adquirir cierta fuerza y firmeza, han alcanzado un nivel desde donde pueden saldar sus cuentas con el futuro, han observado su época y han esperado su tiempo para asumir su obligación con una extraordinaria fuerza espiritual.

Es evidente que, durante los últimos años, el amor, la sabiduría, la perspicacia y la conciencia de responsabilidad se han reducido y los meros asuntos cotidianos han sustituido a los grandes ideales. Por supuesto, no se puede decir que no hayamos hecho nada en nombre de la reforma durante dicho período. Sin embargo, lo realizado no es más que una baja imitación y simples efectos sonoros. Esta imitación ciega, que es un disfraz para introducir el vicio y la inmoralidad en el pensamiento de la nación y un medio para llevarla a la destrucción de su espíritu, ha traído más mal que bien. Cuando la nación sangraba por las incesantes lesiones sufridas durante su resistencia, no se diagnosticó el verdadero problema, su cura y su terapia no fueron conocidas ni definidas y un incorrecto tratamiento y el intrusismo hicieron que las masas quedasen paralizadas. Los efectos de la crisis de los últimos años todavía se hacen sentir hoy en los estallidos, erupciones y explosiones centrífugas de rabia.

Por lo tanto, al igual que antaño, si no nos ocupamos de las verdaderas causas de los problemas, si no abordamos y tratamos los problemas individuales, familiares y sociales con la capacidad, sensibilidad y habilidad de los cirujanos, si no estamos a salvo de la ciénaga del vicio, de la inmoralidad y de los asuntos y negocios sucios contra los que hemos estado luchando para liberarnos de ellos durante los últimos siglos, cometeremos un error tras otro, mientras buscamos soluciones. Nuestra crisis se va a acentuar aún más y se va a hacer más profunda, y nunca nos libraremos del círculo vicioso de crisis y depresiones.

No importa si los que llevan las riendas continúan en su ancestral obstinación. Tenemos una profunda y absoluta confianza en estas generaciones llenas de ideales cuyos pensamientos, sentimientos y acciones están volcadas hacia el futuro; unas generaciones que están aferradas y dedicadas a su país, a su gente y a sus ideales; que están concentradas en servir y ayudar a la gente, de hecho, a toda la humanidad; que están tensas y listas para ser liberadas, como la cuerda de un arco, y así servir a todos con conocimiento y conciencia de la responsabilidad. Confiamos en que abordarán y superarán todo lo negativo y harán que las nuevas propuestas se hagan realidad. Llegará un día en que sus fuertes deseos y anhelos, su amor y su afán de servir a los demás penetrarán en todos los ámbitos de la sociedad y se convertirán en semillas que florecerán allá donde caigan. Este nuevo enfoque, que erradicará la denominada realidad del materialismo y la corporeidad, indudablemente bordará una vez más el lienzo de su espíritu con su propia visión del mundo y con un verdadero plan de actuación.

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