Dhikr (Recitación de los Nombres de Dios)

Dhikr (Recitación de los Nombres de Dios)

Aunque literalmente significa mencionar, recordar y rememorar, en la terminología de los sufíes la palabra dhikr indica la recitación equilibrada de uno o varios de los Nombres de Dios en un momento determinado. Algunas órdenes espirituales o sufíes prefieren recitar Allah (el Nombre propio del Ser Divino); otros recitan La ilaha illallah (No hay más deidad que Dios [Allah]) que es la declaración de la Unidad Divina. Y hay otros que recitan uno o algunos de los otros Nombres, según lo indique el maestro de la Orden.

Lo mismo que la gratitud, esta recitación es un deber propio de la servidumbre que debe hacerse de forma verbal y activa, además de con el corazón y con otras facultades de la conciencia. La recitación verbal abarca lo siguiente: mencionar a Dios Todopoderoso con todos Sus Nombres Más Bellos y sagrados Atributos; alabar, ensalzar y glorificar a Dios; proclamar en la oración y en las súplicas la impotencia y desvalimiento de la persona ante Él; recitar y seguir Su Libro (el Corán); promulgar Sus signos en la naturaleza y Su sello en cada objeto y acontecimiento.

La recitación con las facultades de la conciencia, con el corazón en primer lugar, consiste en reflexionar sobre las pruebas de Su Existencia y de Su Unidad, sobre Sus Nombres Más Bellos y Sus Atributos que resplandecen en el libro de la creación (el universo); meditar sobre Sus órdenes y prohibiciones, Sus promesas y amenazas, y acerca de la recompensa y el castigo que emanan de Su Señorío para que así diseñemos u ordenemos nuestras vidas; y tratar de penetrar los misterios que se ocultan tras el velo de la existencia visible mediante el estudio de la creación y la práctica de determinadas disciplinas espirituales. Además de todo esto, la persona puede observar repetidamente las bellezas celestiales que se manifiestan como resultado de tal observación. Al final se llega a la conclusión de que todo lo que existe en el universo late con mensajes del mundo celestial más elevado, manifiesta el significado del Reino de la Manifestación Transcendental de la Divinidad y funciona como una ventana que se abre hacia la Verdad de las verdades.

Los que sienten este constante latir de la existencia y oyen hablar con elocuencia al Reino de la Manifestación Transcendental de la Divinidad, y luego observan las manifestaciones de la Gracia y la Majestuosidad a través de esas ventanas, están tan extasiados con esos deleites espirituales inimaginables, que una hora que se pasa con tal deleite es igual a cientos de años en los que éste no existiera. El resultado es que avanzan en su camino hacia la eternidad rodeados de regalos Divinos y gozos espirituales. Cuando el que recita siente la luz de Su Gloriosa Faz que abarca toda la existencia, se ve recompensado con la visión de escenas indescriptibles y, al ser consciente del conjunto de seres que recitan los Nombres de Dios con el mismo lenguaje, también él empieza a recitar Sus Nombres.

Recitar los Nombres de Dios hace que, en ciertas ocasiones, la persona que los recita entre en una especie de trance y su «yo» se quede absorto. Los que entran en este estado de arrobo o de contemplación extasiada dicen frases como éstas: «No existe nada excepto Él; No se atestigua u observa nada que exista excepto Él», y también «No hay más deidad que Dios». Hay otros que, expresando y teniendo en cuenta todos los Nombres Divinos, según sea el carácter abarcador de su conciencia, sólo dicen «excepto Dios» y siguen declarando Su Unidad. Estos instantes que se pasan en esta atmósfera de cercanía a Dios y en Su compañía, segundos de luz y brillantez, son de una felicidad y recompensa mayores —en lo que respecta a la vida eterna (a la Otra Vida)— que años vividos sin esta luz. A esto se refieren las palabras atribuidas al Profeta, la paz y las bendiciones sean con él: «Yo paso unos momentos con mi Dios en los que no hay ángel, de los más cercanos a Él, ni Profeta enviado como Mensajero, que pueda competir conmigo».[1]

La recitación activa o corporal consiste en practicar la religión con extremo cuidado, cumplir con entusiasmo todas las obligaciones y abstenerse de manera consciente de todas las prohibiciones. La profundidad verbal y la percepción dependen en gran medida de la recitación activa, la cual también implica estar llamando a las puertas de la Divinidad, intentando conseguir permiso para entrar, al tiempo que se proclama la propia impotencia y desvalimiento, y se busca refugio en la Riqueza y el Poder Divinos.

Aquel que de forma regular y repetida menciona a Dios, o recita uno o alguno de Sus Nombres, pasa a estar bajo Su protección y es sustentado por Él, como si hubiese suscrito un contrato con Dios. El versículo: «Así pues recordadme y mencionadme siempre (cuando Me vayáis a servir) que Yo os recordaré y os mencionaré» (2: 152) expresa este grado de recitación hecho por alguien cuyo sentimiento y reconocimiento sincero de su desvalimiento innato ante Dios se convierte en una fuente de riqueza, al tiempo que la impotencia se transforma en una fuente de poder. El versículo significa también que el recuerdo y la adoración perseverante de Dios tendrán como resultado que Él conceda favores y recompensas.

Invocar e implorar a Dios hace que lleguen Sus favores. Quien Le recuerda, incluso cuando está en medio de sus ocupaciones y preocupaciones cotidianas, verá que se eliminan todos los obstáculos en este mundo y en el otro. Sentirá siempre la compañía de Dios y Él será amigo del que está solo y necesita la amistad. Si alguien Le recuerda e invoca en los momentos de facilidad y bienestar, conseguirá que Su Misericordia le alcance en los momentos de angustia y aflicción. Los que se esfuerzan en Su camino y difunden Su Nombre, se verán a salvo de la humillación en este mundo y en la Otra Vida. Estos esfuerzos sinceros se verán recompensados con favores y rangos especiales que ni siquiera se pueden imaginar.[2]

El deseo de mencionar a Dios y recitar Sus Nombres se verá recompensado con la ayuda Divina, de forma que, tanto esas actividades como la guía se verán incrementadas. La continuación del versículo mencionado antes (2: 152), que dice así: «y agradecerme y no seáis ingratos Conmigo», sugiere la existencia de un ciclo en el que el creyente pasa de la recitación a la gratitud y de la gratitud a la recitación.

La recitación es la esencia de todos los tipos o actos de adoración, y el origen de esta esencia es el Corán. Le siguen las palabras luminosas y celebradas del Profeta que estableció la Shari’a islámica. Toda recitación, ya sea en voz alta o en silencio, atrae y encarna las manifestaciones de la luz de la Glorificada «Faz» de Dios. Es también la proclamación de Dios ante todos los seres humanos y los genios, y la difusión de Su Nombre por todo el mundo, para así demostrar la gratitud por Sus favores ocultos y manifiestos. Cuando no quede casi nadie para proclamar Su Nombre, la existencia carecerá de sentido. Según dijo el Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, la destrucción total del universo tendrá lugar cuando apenas quede alguien que proclame Su Nombre.[3]

La recitación, independientemente de cuál sea su forma, es el camino más seguro y convincente para ir hacia Dios. Sin recitación es difícil llegar a Él. Cuando el viajero Le recuerda en su conciencia, y expresa este recuerdo mediante palabras y otras facultades, se descubre una fuente inagotable de ayuda y provisión (espiritual).

La recitación significa que se viaja hacia Él. Cuando se comienza a mencionarle o a recitar Sus Nombres, tanto verbalmente como mediante los sentimientos y las acciones —lo mismo que en el corazón, como si fuese un coro— se entra en un vehículo misterioso que sube a los reinos donde vuelan los espíritus. Y a través de las puertas entreabiertas de los cielos se podrán ver escenas indescriptibles.

No hay un tiempo específico para recitar los Nombres de Dios. A pesar de que las cinco oraciones diarias prescritas, el acto principal de adoración, se hacen en cinco momentos determinados, habiendo otros en los que no se pueden hacer (por ejemplo, durante la salida y la puesta del sol y al mediodía, cuando está en su cenit), el creyente puede invocar a Dios y recitar Sus Nombres cuando le venga en gana: «Conmemoran y mencionan a Dios (con sus lenguas y corazones) de pie, sentados y recostados (durante la Oración o no) y reflexionan sobre la creación de los Cielos y de la Tierra» (3: 191). No hay restricción alguna con respecto al momento o la manera de recitar los Nombres de Dios.

Es difícil encontrar en el Corán, la Sunna y en los textos de los primeros eruditos correctos, algo más recomendado que la recitación de los Nombres de Dios. Desde las oraciones diarias a la lucha en Su camino, es como el alma o la sangre de toda adoración. La profundidad de la recitación es proporcional a lo que se siente por Dios. Los sufíes lo llaman «tranquilidad del corazón», «visión» u «observación espiritual».

Hay algunos que invocan a Dios Todopoderoso y llegan a Él en sus corazones a través de caminos misteriosos; otros Le conocen con sus conciencias y sienten Su compañía constantemente, valiéndose de los puntos de dependencia y buscando ayuda en sus mundos interiores. Como Le recuerdan sin interrupción alguna, Le invocan con su corazón y con su conciencia, Le sienten en su ser y viven con plena conciencia Su constante presencia, considerando a veces que invocar a Dios verbalmente es una muestra de descuido y de que no se Le conoce. El que ha llegado a ese grado del dhikr dice: «Dios sabe que yo no Le invoco y recuerdo sólo ahora. ¿Cómo puedo recordarle e invocarle ahora, si jamás Le he olvidado?».

¡Dios mío! Haz que sea de los que Te invocan mucho, Te agradecen mucho, Te temen mucho, están ansiosos de Ti y son devotos de Ti, y haz que me vuelva siempre a Ti con arrepentimiento y penitencia. Y concede paz y bendiciones a Muhammad, el que siempre Te recordaba e invocaba; y a su Familia y Compañeros, devotos y arrepentidos.

[1] Al-‘Ayluni, Kashfu’l-Jafa’, 2: 226; ‘Alliyu’l-Qari, Al-Asraru’l-Marfu’a, 299.
[2] Bujari, «Bad’ul-Jalq», 8, «Tafsiru Sura 32» 1, «Tawhid», 35; Muslim, «Iman», 39, «Yanna», 5-6.
[3] Muslim, «Iman», 234; Tirmizi, «Fitan», 35.

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