Muhasaba (La autocrítica y la autointerrogación)

Muhasaba (La autocrítica y la autointerrogación)

Muhasaba significa, literalmente, cómputo, ajuste de cuentas y autointerrogación. En un contexto espiritual indica que el creyente analiza constantemente sus acciones y pensamientos, agradeciendo a Dios por todo lo bueno que Él le ha permitido hacer, y que intenta desembarazarse de sus pecados y desviaciones pidiendo a Dios perdón, al tiempo que corrige sus errores y transgresiones valiéndose del remordimiento y el arrepentimiento. Muhasaba es un intento muy serio e importante de establecer la lealtad de la persona hacia Dios.

Muhyid-Din ibnu’l-‘Arabi[1], autor de Al-Futuhatu’l-Makkiya («Las Revelaciones de La Meca»), ha transmitido que durante los primeros siglos del Islam, las personas rectas registraban o memorizaban sus acciones cotidianas, pensamientos y palabras, y que luego las analizaban y criticaban para ver si habían cometido alguna maldad o transgresión. Lo hacían para protegerse de las tormentas de la vanidad y de las turbulencias del orgullo. Finalizado el análisis, pedían perdón a Dios y se arrepentían con toda sinceridad para guardarse de errores y desviaciones futuras. Luego se postraban agradecidos ante Dios por las palabras o acciones meritorias que el Todopoderoso había creado para ellos.

La autocrítica puede describirse también como la búsqueda y descubrimiento de la profundidad interna y espiritual de la persona, además de una aplicación del esfuerzo espiritual e intelectual necesario para obtener los verdaderos valores humanos y desarrollar los sentimientos que los alientan y alimentan. Esta es la forma de distinguir entre el bien y el mal, entre lo beneficioso y lo perjudicial, y de mantener un corazón recto y honesto. Además, permite al creyente evaluar el presente y prepararse para el futuro. La autocrítica posibilita que el creyente repare los errores del pasado y quede absuelto ante Dios, puesto que proporciona una renovación constante del mundo interior de la persona. Esta práctica permite lograr una relación estable con Dios, al depender ésta de la capacidad del creyente para tener una vida espiritual y ser consciente de lo que ocurre en su mundo interior. El éxito consiste en conservar la naturaleza celestial de la persona como ser humano auténtico mediante la regeneración continua de sus emociones y sentidos internos.

El creyente, tanto en su vida espiritual como cotidiana, no puede permanecer indiferente ante la autocrítica. Por un lado, intenta renacer de sus fracasos pasados estimulado por las brisas de la esperanza y la misericordia, y en alas de llamadas Divinas del tipo: «Oh creyentes, dirigiros a Dios todos juntos en arrepentimiento…» (24: 31) y: «Tornaros a vuestro Señor en contrición» (39: 54), que proceden de los mundos del más allá y que resuenan en su conciencia. Por otra parte, amonestaciones terroríficas como los rayos y estimulantes como la misericordia, que aparecen contenidas en este otro tipo de versículos: «¡Oh vosotros que creéis! Apartaos de la desobediencia a Dios con veneración a Él y piedad para merecer Su protección, y que cada persona considere lo que ha anticipado para el día de mañana. » (59: 18), hacen que el creyente recobre el juicio y esté alerta ante la posibilidad de cometer nuevas transgresiones. En esta situación, el creyente está protegido de todo tipo de maldades, como si se hallase tras puertas cerradas con siete llaves.

Viviendo cada momento de la existencia como ese tiempo primaveral en el que germinan todas las cosas, el creyente busca una mayor hondura en su espíritu y en su corazón, utilizando la conciencia y la percepción que surgen de la creencia. Pero incluso en el caso del creyente que, en ocasiones, titubea al verse arrastrado por la dimensión carnal de su ser, aquél estará siempre alerta, tal y como se dice: «Aquellos que se apartan de la desobediencia a Dios con veneración a Él y la piedad: cuando una incitación de Satanás les desazona, se hallan conscientes de Dios y Le recuerdan y entonces, poseen claro discernimiento». (7: 201).

La autocrítica se asemeja a una lámpara en el corazón del creyente, a un amonestador y consejero bien intencionado que reside en su conciencia. Cada creyente la utiliza para distinguir entre el bien y el mal, lo bello y lo desagradable, lo que complace o desagrada a Dios. Gracias a la guía de este consejero bien intencionado, el creyente supera todos los obstáculos, por muy infranqueables que parezcan, y alcanza el destino tan deseado.

La autocrítica atrae la misericordia y el favor Divinos con los que se profundiza en la creencia y en la servidumbre, se tiene éxito a la hora de practicar el Islam y se logra la cercanía a Dios y la felicidad eterna. También impide caer en la desesperanza que, en último término, hace que se confíe en los actos personales de adoración para salvarse del castigo Divino en la Otra Vida.[2]

Conforme la autocrítica va abriendo las puertas a la tranquilidad y a la paz espiritual, va haciendo también que se tema a Dios y a Su castigo. En los corazones de aquellos que ejercen una autocrítica constante y vigilan el ajuste de cuentas, resuena la amonestación profética: «Si supierais lo que yo sé, reiríais poco y lloraríais mucho».[3] La autocrítica que hace surgir en el corazón la tranquilidad y el temor, inspira una ansiedad constante en aquellos que son plenamente conscientes de sus responsabilidades; este tipo de ansiedad se expresa de la siguiente manera: «Quisiera ser un árbol que ha sido cortado en pedazos».[4]

La autocrítica hace que el creyente sienta constantemente el desasosiego y el temor que se expresan en: «...La Tierra fue demasiado estrecha para ellos a pesar de su vastedad, sus propias almas les parecían sumamente constreñidas...» (9: 118). El versículo: «...bien reveléis lo que ocultáis en vosotros mismos (vuestras intenciones o planes) bien lo guardéis, Dios os llamará para que rindáis cuenta de ello...», (2: 284) resuena en cada una de las células de sus cerebros y se quejan con expresiones tales como: «¡Quisiera que mi madre no me hubiese parido!»[5]

A pesar de que es difícil que todos alcancen este grado de autocrítica, también lo es para quienes no logran estar seguros de que hoy vivirán mejor que ayer, o que mañana será mejor que hoy. Quienes viven aplastados por las ruedas del tiempo, y cuyo día no es mejor que el anterior, no podrán cumplir bien con los deberes que conciernen a la Otra Vida.

La autocrítica y la autocensura permanentes muestran la perfección de la creencia. Todos aquellos que han planificado su existencia con la intención de alcanzar el horizonte del ser humano perfecto y universal, son conscientes de esta vida y la pasan luchando consigo mismos. Este tipo de persona exige una contraseña a todo aquello que quiere entrar en su corazón o en su mente. Practica la autodisciplina ante las tentaciones de Satán o ante la vehemencia del temperamento, y vigila muy de cerca las palabras y los actos. La autocrítica es constante, incluso con aquellas acciones aparentemente aceptables y sensatas. Tiene como norma revisar por la noche las palabras y acciones que ha dicho o hecho durante el día, del mismo modo en que, por la mañana, pone la intención de evitar las transgresiones. El creyente teje el «encaje de su vida» con las «hebras» de la autocrítica y la autocensura.

Siempre que el creyente muestre esta lealtad y fidelidad al Señor y viva con esa humildad, las puertas del cielo se le abrirán de par en par y recibirá la siguiente invitación: «Ven, oh creyente fiel. Gozas de Nuestra intimidad. Esta es la estación de la intimidad. Hemos visto que eres de los leales». Cada día es honrado con un nuevo viaje celestial que hace con el espíritu. Es Dios Quien jura en nombre de un alma tan purificada cuando dice: «¡Y juro por el alma humana que se acusa a sí misma!» (75: 2).

¡Oh Dios nuestro! ¡Oh el más Compasivo de los compasivos! Líbranos del mayor de los desastres y concede la paz y las bendiciones a nuestro maestro Muhammad, nuestro intercesor en el Día del Juicio, y a todos y cada uno de sus nobles y piadosos Compañeros.

[1] Muhyid-Din ibnu’l-‘Arabi (1165–1240): Uno de los maestros sufíes más conocidos. Su doctrina de la Unidad Trascendental del Ser, que la mayoría han confundido con el monismo o el panteísmo, le convirtieron en centro de incesantes polémicas. Escribió muchos libros, siendo los más célebres Fususu’l-Hikam y Al-Futuhatu’l-Makkiyya.
[2] Si por los pecados cometidos se desespera (de la misericordia Divina), en lo que respecta a la vida eterna, se buscará evitar el castigo Divino. La persona empezará entonces a confiar en las buenas acciones del pasado, algo que lleva al engreimiento. No obstante, la salvación siempre es posible gracias a la misericordia Divina.
[3] Al-Bujari, «Kusuf», 2; Muslim, «Kusuf», 1.
[4] Estas palabras fueron dichas por Abu Zarr, un Compañero del Profeta. At-Tirmizi, As- Sunan, «Zuhd», 9.
[5] ‘Umar, el segundo Califa, fue quien lo dijo. Muhammad Ibn Sa‘d, At-Tabaqatu’l-Kubra, (Beirut, 1980), 3: 360.

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