Sakina e Itmi’nan (Serenidad y Sosiego)

Sakina e Itmi’nan (Serenidad y Sosiego)

Significando de forma literal calma, silencio, estabilidad, solemnidad, familiaridad, aplacarse las olas y tranquilidad, sakina (serenidad) es lo opuesto de la inconstancia, el desasosiego, el titubeo o la indecisión. En el lenguaje del sufismo, serenidad significa que un corazón llega al descanso de forma gradual al ir experimentando los regalos que proceden del mundo Invisible. Este corazón apacible espera siempre las brisas que vienen de los reinos del Más Allá, razón de que viaje en un estado de itmi’nan (sosiego), con sumo cuidado y dueño de sí mismo. Este rango es también el comienzo del rango de la certeza que procede de la visión o la observación. La confusión que resulta al mezclarse los regalos que proceden del conocimiento con los regalos «obtenidos» mediante la clarividencia, empaña el horizonte cuando se observan las verdades secretas y da lugar a conclusiones erróneas sobre la realidad de las cosas.

En ciertas ocasiones, la serenidad llega en forma de signos perceptibles o imperceptibles, y hay otras veces en las que se manifiesta con tal claridad que incluso la gente común la puede identificar. Tanto si la serenidad en sí, como sus signos, se asemejan a un hálito espiritual que se instila en el oído de la conciencia como una brisa Divina que sólo se percibe con suma atención, como si se manifiesta de forma tan clara y milagrosa que todo el mundo puede verla —como fue el caso de los Hijos de Israel en los días del profeta Moisés y el caso de Usayd ibn Judayr, un Compañero del Profeta Muhammad al que le llegaba como una especie de vapor cuando estaba recitando el Corán[1]—, en todos esos casos la serenidad es una confirmación Divina para aquellos creyentes que son conscientes de su impotencia y desvalimiento ante Dios, además de un medio que propicia la gratitud y el entusiasmo. Tal y como declara el siguiente versículo del Corán, es Dios Quien la envía: «Él es Quien hizo descender Su (regalo de) paz interior y consuelo en los corazones de los creyentes, de modo que añadan fe sobre su fe» (48: 4).

La serenidad suele aparecer para fortalecer la voluntad de los creyentes, afirmar su creencia y darles ánimo. El creyente que tiene el regalo de la serenidad no se ve alterado por el miedo al mundo, la aflicción o la ansiedad, y encuentra la paz, la entereza y la armonía entre su mundo interno y el externo. Esta persona se verá dignificada, equilibrada, confiada, solemne, segura y dueña de sí misma en sus relaciones con Dios Todopoderoso. El egoísmo, la vanidad y el orgullo se abandonan aquí; todos los regalos espirituales que se reciben se atribuyen a Dios; la humildad y la autodisciplina es lo que se muestra, al tiempo que se Le dan las gracias; y todo el descontento y desasosiego se atribuyen a la debilidad de la persona y ésta se somete a la autocrítica.

En lo que respecta a itmi’nan (sosiego), se define como una satisfacción total y como el estado de sentirse totalmente tranquilo sin interrupción. Es un estado espiritual que va más allá de la serenidad. Si la serenidad es el comienzo del librarse del conocimiento teórico y el despertar a la verdad, el sosiego es su punto o estación final.

Los rangos o estaciones de radiya (estar complacido con Dios con resignación) y mardiya (gozar de la complacencia de Dios) son dos dimensiones del sosiego que pertenecen a los creyentes buenos y virtuosos y son lo más profundo de la resignación. Los rangos de mulhama (ser inspirado por Dios) y zakiya (ser purificado por Dios) son otros dos grados del sosiego difíciles de percibir y están relacionados con aquellos que han sido acercados a Dios. Los regalos que emanan de todos ellos son puros y abundantes.

Mientras que en las almas serenas pueden aparecer algunos pensamientos e inclinaciones que desagradan a Dios, en las que están sosegadas y tranquilas sólo existe una calma perfecta. Los corazones sosegados siempre buscan la complacencia o el beneplácito de Dios, y la «aguja de la brújula» de su conciencia jamás se desvía. El sosiego es un rango tan elevado de la certeza que el alma que viaje valiéndose de él podrá ver en cada estación el significado de: «…para que mi corazón se tranquilice» (2: 260) y tendrá regalos como recompensa. Dondequiera que esté el creyente, sentirá el hálito de: «…no tendrán que temer ni se entristecerán» (2: 62); oirá las siguientes buenas nuevas: «No temáis ni os aflijáis, sino regocijaros por las buenas nuevas del Paraíso que os ha sido prometido» (41: 30); degustará el agua dulce y revitalizante: «Que sepáis que es con la remembranza y la devoción incondicional a Dios que los corazones hallan reposo y satisfacción» (13: 28); y la materialidad será trascendida.

El sosiego se alcanza cuando los creyentes trascienden los medios y las causas materiales. En este punto finaliza el viaje de la razón y los espíritus quedan libres de las ansiedades de este mundo. Aquí es cuando las emociones encuentran lo que buscan y se transforman en algo tan profundo, amplio y sosegado como un océano en calma. Los que han obtenido este rango encuentran el mayor de los sosiegos al sentir la compañía de Dios. Son conscientes de la Belleza y la Gracia Divinas en sus corazones, se sienten atraídos hacia Él para encontrarse con Él, son conscientes de que la existencia subsiste gracias a la Existencia de Dios y de que el poder del habla existe porque Él tiene el Habla. Y, a través de esta ventana que se abre y a pesar de sus limitaciones, adquieren el poder de ver y oír con una capacidad extraordinaria. En el torbellino de los aconteceres más complejos, cuando los demás se quedan perplejos y titubean, esta gente viaja con seguridad y logra escapar del torbellino.

Además de quedar libre de las ansiedades de este mundo, el creyente de corazón sosegado da la bienvenida con una sonrisa a la muerte y a los obstáculos que le siguen, y es capaz de oír las siguientes felicitaciones y parabienes Divinos: «¡Oh tú alma que está en reposo (contenta con las verdades de la fe y las órdenes de Dios y Su trato con Sus criaturas)! Regresa a tu Señor, complacida (con Él y Su trato contigo), y digna de Su complacencia. Entra, entonces, entre Mis siervos (muy contentos con la servidumbre hacia Mí) ¡Y entra en Mi Paraíso!» (89: 27-30). Entonces contempla la muerte como el resultado más deseado y placentero de la vida. Cuando su vida llega a la muerte, en cada una de las estaciones que atraviesa tras ella, oye los mismos parabienes Divinos, o Decretos, que se oían en la tumba de Ibn ‘Abbas: «¡Oh tú alma que está en reposo (contenta con las verdades de la fe y las órdenes de Dios y Su trato con Sus criaturas)! Regresa a tu Señor, complacida (con Él y Su trato contigo), y digna de Su complacencia. Entra, entonces, entre Mis siervos (muy contentos con la servidumbre hacia Mí) ¡Y entra en Mi Paraíso!».

Este tipo de personas pasan su vida en la tumba en las «laderas» del Paraíso, experimentando la Reunión Suprema con admiración y maravilla, contemplando la Evaluación Suprema de las Acciones de la gente con temor y asombro, pasan sobre el Puente —sólo porque tienen que pasarlo— y llegan por fin al Paraíso, la morada última y eterna de aquellos cuyos corazones están sosegados o han encontrado la paz y la tranquilidad. Para esa persona, el mundo es un ‘Arafat[2] que ha sido dispuesto en el camino que lleva hacia el perdón eterno de Dios. La vida de este mundo es la víspera de la festividad, y la Otra Vida es el día festivo.

¡Dios Nuestro! Concédenos de este mundo lo que es bueno y de la Otra Vida lo que es bueno y líbranos del castigo del Fuego. Y concede paz y bendiciones a nuestro maestro Muhammad, el Profeta, el Elegido; y a su Familia y Compañeros, los nobles y virtuosos.

[1] Cuando recitaba el Corán, Usayd ibn Judayr se veía inmerso en una especie de nube de vapor y se sentía lleno de un gran alborozo.
[2] La llanura donde los peregrinos musulmanes permanecen durante un tiempo el día anterior a la Fiesta del Sacrificio y que es uno de los pilares de la peregrinación.

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