Shawq e Ishtiyaq (Fervor Jubiloso y Anhelo)

Shawq e Ishtiyaq (Fervor Jubiloso y Anhelo)

Teniendo el significado literal de fuerte deseo, anhelo excesivo, júbilo que procede del saber, deleite y nostalgia, shawq (fervor jubiloso), es utilizado por los sufíes para expresar el deseo arrollador del corazón por encontrarse con el Amado al que no se puede abarcar y que se «desvanece» una vez «observado». Algunos lo han descrito como un deseo jubiloso, una excitación, y como el anhelo desbordado y sincero del amante por ver la «Faz» del Amado. Hay otros que lo describen como un fuego que reduce a cenizas todos los deseos, aspiraciones, anhelos e inclinaciones que no sean el amor y el interés por el Amado.

El fervor jubiloso tiene su origen en el amor. El remedio para el corazón que arde con el deseo de encontrarse con el Amado es reunirse con Él; y shawq son las alas de luz que llevan al amante a este encuentro. El fervor desaparece cuando el amante encuentra al Amado, mientras que el anhelo por Él (ishtiyaq) sigue en aumento. El que Le anhela nunca dejará de hacerlo y, cada vez que es favorecido con una manifestación especial de Su Esencia, quiere aún más. Esta es la manera en la que el príncipe de los Profetas, la paz y las bendiciones sean con él, y los más grandes de la humanidad, agraciados en cada instante con un nuevo resplandor de conocimiento, amor a Dios y deleite espiritual, viajaban sin cesar entre las cimas del amor, el fervor jubiloso y el anhelo, y solían suplicar: «¡Dios mío! Te pido fervor para contemplar Tu «Faz» de belleza perfecta y para reunirme contigo».[1]

Cuando escriben sobre el versículo «…los que verdaderamente creen son más firmes en su amor hacia Dios» (2:165), algunos comentaristas del Corán destacan que el fervor jubiloso se siente por las cosas que son en parte perceptibles y en parte imperceptibles, en parte comprensibles y en parte incomprensibles. Una persona no sentirá fervor hacia algo que no ha visto, o que no ha oído, ni hacia aquello de lo que no sabe nada en absoluto. Ni tampoco tendrá interés por algo que comprende o percibe por completo.

El fervor y el anhelo se pueden dividir en dos categorías. La primera es el anhelo que produce en el amante la separación del Amado tras haberse encontrado con Él y haberle contemplado en la preeternidad. Los suspiros que emite la flauta de caña de Rumi, y los chirridos, los sonidos dolorosos que producía la noria que oía Yunus Emre, expresan esta separación. Estos suspiros continuarán hasta que tenga lugar la unión final o el encuentro con Él.[2] La segunda categoría es cuando el amante ve al Amado desde detrás de un velo sin poder abarcarlo por completo. El creyente siente Su presencia pero no puede verle; mete el dedo una y otra vez en la miel del amor pero no se le permite ir más lejos. Consumido por la sed, el creyente se lamenta: «¡Estoy ardiendo con el fuego del amor! ¡Dame un poco de agua!»; pero no recibe respuesta alguna.

 El espíritu de todos los hombres y mujeres Le contemplaron, en una asamblea celebrada en la preeternidad, en la que Dios les preguntó: «¿Acaso no soy Yo vuestro Señor?». Y ellos contestaron: «Sí lo atestiguamos».[3] Tras esta asamblea y, bien porque la humanidad del género humano lo exigía o bien porque tenía que ser probado, —creer en Él sin verlo— todos hemos sido presa de los dolores de la separación. Esta es la razón de que soñemos con Él llevados por un anhelo consciente o inconsciente, y de que ardamos con el deseo de reunirnos con Él. Aún más importante es el anhelo del Ser Sagrado que sienten las almas puras, inocentes y sin adulterar; pero esto sólo ocurre de la manera que merece Su independencia fundamental con respecto a todos los seres. Estas ansias Divinas pueden ser la causa real del anhelo que entra en el corazón de la persona.

Fervor significa volverse hacia el Amado con todos los sentimientos, tanto externos como internos, y poner freno a todos los apetitos, excepto al deseo de reunirse con Él. En cuanto al anhelo, significa que la persona está rebosante de deseos y aspiraciones relacionadas con Él. El fervor y el anhelo alimentan al espíritu. Ambos son dolorosos pero estimulantes, angustiosos aunque prometedores.

No hay experiencia individual más angustiosa, ni tampoco hay alguien más feliz que aquel que arde de deseo y gime de fervor. Estas personas se vuelven tan espirituales, cuando están embelesadas con el pensamiento y la esperanza de encontrarse con Dios, que aunque les fuera permitido, no querrían entrar en el Paraíso en ese momento. Arden hasta tal punto en su interior con los dolores de la separación, que incluso las aguas del Paraíso no pueden apagar el fuego de sus corazones. Lo único que puede apagarlo es el encuentro con el Amigo. Aunque resulte paradójico, nunca piensan en librarse de este fuego porque, aunque se les ofreciera el refugio de los palacios del Paraíso para impedir que ardiesen con el fuego del fervor por el encuentro con el Amigo, esas personas gritarían como los moradores del Infierno que quieren salvarse del Fuego.

La gente mundana no puede saber lo que significa este fervor ni el estado de quienes lo sufren; por otra parte, la gente del fervor se asombra de la gente mundana y de su fascinación por los placeres y cuestiones materiales. Su asombro es natural, porque Dios Todopoderoso dijo al profeta David, la paz sea con él:

¡Oh David! Si los que aman y se ven atraídos por el mundo supiesen lo mucho que Me importan, cómo deseo que resistan las transgresiones y cómo deseo encontrarme con los seres humanos, morirían del deseo ferviente de encontrarse Conmigo.[4]

Cuando el deseo de encontrarse con Dios invade al ser del amante, éste se desborda con sentimientos de dolor y deleite, y con lamentos que dicen:

El fervor me ha aturdido, el fervor me ha quemado.
El fervor se ha interpuesto entre el sueño y mis ojos.
El fervor me ha invadido, el fervor me ha hechizado.
El fervor me ha abrumado, el fervor me ha sobrecogido.

Este grado de fervor hace que a veces el amante se levante, dance o gire en torno a sí mismo. Al amante se le deben perdonar estos movimientos, porque no puede resistirse a un estado espiritual de tal intensidad.

A quien intente impedir que el hombre de los éxtasis
Sea presa de los mismos, dile:
No has degustado el vino del amor con nosotros, así que vete y déjanos.
Cuando las almas rebosan con el fervor de encontrarse con el Amado,
Has de saber, oh tú que ignoras la espiritualidad,
Que los cuerpos comienzan a danzar.
Oh guía que enardeces a los amantes:
Levántate y haz que nos movamos con el nombre del Amado,
E infúndenos la vida.

Hay algunos que, incluso en nuestros días, prefieren servir al Corán y a la fe mediante el reconocimiento de su pobreza, desvalimiento e impotencia ante la Riqueza y el Poder de Dios, además de hacerlo con la gratitud y el fervor. En este contexto, fervor significa tener una esperanza constante y seguir sirviendo sin desánimo ni pérdida de fuerza. Significa también que se busca un aspecto de la misericordia Divina incluso en las condiciones más desfavorables, y que sólo se confía en Él a la hora de obtener Su ayuda y la victoria.

¡Dios mío! Te pido que suscites en mí fervor y anhelo para encontrarme Contigo, y concede paz y bendiciones sobre nuestro maestro Muhammad, el maestro de los que están llenos de este fervor y de este anhelo.

[1] An-Nasa’i, «Sahw», 62; Ibn Hanbal, Al-Musnad, 5: 191.

[2] Rumi dice que las notas de una ney (flauta de caña) son sus lamentos por estar separada del cañaveral. Para Yunus Emre, un poeta tradicional turco del siglo XIII, los chirridos que produce la noria de agua son sus quejidos por estar separada del bosque. Hablando de forma alegórica, ambos ejemplos sirven para hacer recordar a la gente su separación del Amado Eternamente tras haber estado reunido con Él en la «preeternidad». Esta frase se suele utilizar para transmitir el significado de la palabra árabe «‘azal»: el estado de no tener principio. Los versos con los que comienza el Maznawi de Rumi son:

¡Escucha este ney, cómo está cantando melancólicamente!
Por la separación, se está quejando:
«Desde que me arrancaron del cañaveral,
Todos los ojos que se fijan en mi llanto derraman lágrimas que jamás quedan secas.
Deseo un corazón rasgado, rasgado por la separación,
De modo que pueda compartir el dolor de la lamentación:
Todo aquél que se ha separado de su origen,
Añora siempre el momento del reencuentro...


[3] Esto se refiere al versículo coránico: «Y (recuerda, Oh Mensajero) cuando tu Señor sacó de las entrañas de los hijos de Adán a su propia descendencia y les hizo que testificasen contra sí mismos (preguntándoles:) “¿Acaso no soy Yo vuestro Señor?”. Contestaron: “Sí, lo atestiguamos”. (Esta alianza fue realizada) para que en el Día de la Resurrección no digáis “En verdad, nada sabíamos al especto (del hecho de que Tú eres nuestro Señor)”». (7: 172)

[4] Al-Qushayri, Ar-Risala, 332.

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